Rusos rebeldes en el Don

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La casa de Antón Chéjov en Taganrog. 2019. Foto: Alina Vozna. Fuente: Wikimedia Commons

Una vez, en los años noventa, estuve unos días en Rostove del Don, al sur de Rusia. Fui a visitar a una amiga con la que me escribía. Me encontré a las cuatro de la mañana solo en un aeropuerto solitario. Un taxista aceptaba euros, pero quería cobrarme diez veces más. Me llevó a un hotel donde no me querían dar habitación si no representaba a alguna empresa.

Pero eso me recuerda que en la desembocadura del Don vivieron una serie de escritores que cuestionaron de algún modo la idea imperial rusa. Y la grandiosidad y la prepotencia. Por ejemplo, Soljenitsin. Y además leo que es el 50 aniversario de la publicación de Archipiélago Gulag, la gran andanada contra el monolito soviético. Quisieron hacernos creer que Soljenitsin solo era un predicador antisoviético, un autor de soflamas. Tal vez porque los que mostraban solo soflamas simplistas y rutinarias eran quienes lo descartaban. Pero resulta que era un gran escritor, profundo y visionario, comparable a Dostoievski. El Archipiélago era un documento humano impresionante. Pero ‘El primer círculo’ se podía comparar en fuerza con Dante. Los infiernos soviéticos no podían acabar con todos los matices del hombre. Pero sí aparecían estalinistas aplastados, disidentes sin querer, que seguían creyendo en Stalin. Se parecían a Job discutiendo con Dios, pero creyendo ciegamente en Dios. Hijos del papá Stalin que admitían el vergajazo y la humillación porque el Gorila era el Padre que sabía allá lejos lo que hacía.

Pero el personaje Kostoglotov, con toda su densidad humana, con toda su espontaneidad y sus contradicciones, se parecía a esos seres de Dostoievski con una parte de su ser por debajo de nuestras mediciones. Y estaba tan vivo y tan sorprendente. Nunca podré olvidar aquella escena en que va a ver con flores a una mujer, la mujer lo deja plantado, y él le regala sus flores a otra mujer. Por pura admiración a la vida. Y la mujer se da cuenta de eso y las acepta.

Se equivocaban, Soljenitsin era un genio de la literatura, con su tono profético y espiritualismo se oponía a la mecanización y la tabla rasa de las personas, igual que los planes quinquenales o los traslados masivos de población de los Grandes Diseñadores hacían tabla rasa de la población. Lo del “hombre nuevo” solo era una muestra de desprecio absoluto y de prepotencia absoluta. La misma que ahora quieren mostrar en Ucrania.

Pero siempre hubo rusos simbolistas y portadores de sueños. De la ambigüedad y libertad de los sueños, que comprende los sueños de los demás.

Y también en ese tramo final del Don se desarrolla la novela El Don apacible, de Mijail Sholojov. Lo pusieron como el autor oficial soviético, como la respuesta a Soljenitsin. Pero esa novela tan larga era otra forma de rebeldía.

Recuerdo cuando la leía en días sin fin, anchos y largos, en Compostela. Yo vivía solo en un piso de muchas habitaciones, que parecía mi Palacio de Invierno. Con unas huertas detrás. Y aquella novela me lo ensanchaba aún más.

Una vez hablaba en el café Gijón de Madrid con un estalinista histórico, escritor de éxito. Uno que decía que Finlandia era de Rusia y hablaba con cinismo del “centralismo democrático”. Me decía que esa novela era el gran logro de la literatura soviética. Yo le dije que en ella había mucha más complejidad y matices que en la literatura oficial soviética. Y él me dijo con cierto cinismo: Se lo podía permitir. Todo es cuestión de si te lo puedes permitir, todo es cuestión de poder.

Pero esa novela sobre Grigori Melejov, descendiente de una mujer a la que acusaron de bruja, y sus amores misteriosos e incontrolables por la mujer de otro, desbordaba todas las consignas y era literatura de verdad. Mostraba la vida de los cosacos indómitos en su vida junto al agua, renuentes a entrar en las filas del sovietismo. Al final oficialmente se considera que entran, y santas pascuas. Pero Grigori era renuente y contradictorio, difícil de sujetar, apegado al agua y sus cambios, indómito como todos los cosacos. La novela era la epopeya del río, su primer título era algo así como Canto al Don.

Y la naturaleza desbordaba, totalmente fuera de las fórmulas del materialismo oficial, como las lianas en el agua en las películas de Tarkovski. Y es que hay algo en el espiritualismo y simbolismo rusos que ningún esquematismo materialista puede aplastar. Largas páginas de Sholojov evocaban todas esas sugerencias del agua y de los bosques cercanos.

Mientras estaba en Rostov del Don me acerqué en un tren a Taganrog, la ciudad de Antón Chejov. Visité su casa, una pequeña construcción de madera verde. Entré en su habitación, donde unos visillos delicados protegían una cama sencilla sin pretensiones. Una empleada me dejó acercarme como si fuera un favor único para mí, y después llegó otro visitante y le hizo lo mismo. Y recordé toda la atmósfera intimista y sin grandilocuencias de Chejov.

Las obras de Chejov son de modo implícito otra protesta contra todo imperialismo y grandilocuencia, contra las grandes palabras y los grandes gestos retóricos. Lo cuestiona todo con su actitud humilde y apegada al instante. Los personajes que saborean las cerezas o el caer de la tarde desconfían de las grandezas imperiales y de los grandes autores que lo resuelven todo.

Pensé en la gaviota que sueña con vivir tantas cosas y regresa a su pueblo con desilusión, en el tío Vania que paga de manera callada todas las culpas de los demás, y encima los consuela, en las aristócratas en decadencia que se quedan mirando con ternura el jardín de los cerezos. O en ese paciente de la habitación número 6 del hospital que va mirando instante por instante cómo se le pasa la vida, mientras le mienten o le ocultan la vida. Los diseñadores que lo manejan y lo pueden todo.

Chejov con su visión humilde, con su comprensión de médico de las miserias humanas, es una rebeldía implícita contra toda grandilocuencia imperial, contra toda abstracción deshumanizadora. Podrán soltar soflamas en los desfiles, pero él examina la piel de sus pacientes y sabe en cada instante lo que sufren o gozan. No le ciegan las palabras, lo alumbra como una pequeña lámpara la literatura.

El Don ha sido un río de rebeldía de algún modo, un foco de resistencia contra las grandes palabras que encajonan o aplastan a los hombres. Allí, al final de ese río apacible y rebelde, donde no valen tormentas artificiales, la gente se libera un poco de simplismos y discursos. Y se convierte un poco en gaviota o en sabor de cerezas. Recuerdo cómo iba disfrutando en el tren de las orillas del río y toda su vida de barcos y de cargas. El ferrocarril iba paralelo al río y yo iba viendo todos los espejeos del agua. Todas las sugerencias cambiantes que no cabían en ninguna fórmula.

Curiosamente en Rostov del Don el río estaba muy lejos, no llegué a verlo en esa ciudad. Había construcciones prepotentes de carácter soviético y había barrios como hormigueros donde los grandes diseñadores metían masivamente a las personas. Barrios de ladrillo donde se repetían invariablemente los mismos ángulos.

Mientras tanto en la casa de mi amiga veían con toda pasión una serie brasileña sobre pasiones. Al llegar cierta hora lo paraban todo y se ponían todos delante de la televisión. Lo traducían al ruso, pero yo seguía los diálogos en portugués. Y esa era su forma precaria de escapar de consignas y simplificaciones. Cuando todo es fórmula, te permiten un poco de simulación de vida en la televisión.

Y ahora me gusta pensar en que el Don del Sur de Rusia siempre fue un foco de resistencia a las grandes palabras y a los grandes diseños. Aunque mis amigos de Rostov hacían bloque con el poder. Y para ellos todo era culpa de los extranjeros que no comprendían a Rusia. También aquel personaje de Soljenitisin en el círculo del infierno estalinista consideraba a pesar de todo que Stalin era su padre. Pero se rebelaba contra él solo por estar vivo. Como está vivo el Don.