¿Sabía Havelock de finanzas? (Ficcionalización de un presente #3)

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El onanismo cultural occidental recubre con moho su médula sangrienta.

 

Estudios de televisión Alfa Siete. Alrededor de una mesa se encuentran el famoso entrevistador P. de Juan (P punto, como todo el mundo le conoce) y sus tres invitados del día. El resto es solo público a escasos metros, marcado por flashes de luz que deslumbran aquí y allá.

P. de Juan se dirige a sus tres invitados para indicarles que el programa va a comenzar;

P punto; –Silencio que arrancamos, por favor. –Su mano se eleva en el aire y su mirada cambia al intuir el objetivo de la cámara centrándose en él.

P punto; –Hoy tenemos con nosotros un trío francamente interesante. A diferencia de otras ocasiones, nuestros invitados no se conocen. O, mejor dicho, no se conocían, porque ahora ya se han presentado y han tenido ocasión de intercambiar algunas palabras.

Los tres personajes sentados en el estudio frente al comentarista se miran sonrientes, protagonistas conscientes del momento.

P punto; –Y junto a ellos podrán observar un asiento vacío. Un lugar de un invitado que no ha podido unirse a esta tertulia.

P punto; –El plan es el siguiente: Primero les contaré la historia del invitado ausente. Luego daremos entrada a cada uno de ellos. Pero hoy no voy a presentarlos. Pretendo que cada cual se retrate y espero que el público los vaya reconociendo. Un pequeño reto que ustedes también pueden aceptar en sus casas; así les hago trabajar un poco y de paso disfrutar.

El murmullo en las gradas confirma que la idea ha resultado afortunada. El público se prepara para adivinar la identidad de los tres hombres –dos mayores y uno joven– y algunos avanzan ya sus apuestas por lo bajo a pesar de carecer de toda información.

P punto; –El invitado que nos falta es muy representativo de lo que hoy vamos a oír aquí. De este sí daremos toda la información. Su nombre es Onán, hermano de Er, y su historia, ya que no nos la puede contar, la leeremos directamente de la Biblia; Génesis, 38–7. Leo textualmente;

Abriendo una biblia de formato grande que reposa en la mesa, se ajusta las gafas y recita con voz algo teatral;

 

Er desagradó al Señor, y el Señor lo hizo morir.

Judá dijo entonces a Onán: «Únete a la viuda de Er,

para cumplir con tus deberes de cuñado y asegurar una

descendencia a tu hermano».

Pero Onán, sabiendo que la descendencia no le

pertenecería, cada vez que se unía con ella, derramaba la

semilla en la tierra para evitar que su hermano tuviera

una descendencia.

Su manera de proceder desagradó al Señor, que lo

hizo morir también a él.

 

P punto cierra el texto con parsimonia buscando captar el efecto que sus palabras hayan tenido en la audiencia.

P punto; –Es un texto bello. Una intensa narración en pocas líneas. Se diría que no sobra palabra, pero tan poco falta. Dos muertes en 10 líneas y un drama familiar. De la primera ejecución sabemos poco, parece solo una introducción; La segunda es más trascendente y ha generado mucha literatura. El término onanismo procede de Onán, el protagonista. La ley tribal le obligaba a fecundar a la viuda de su hermano, pero cualquier hijo no se consideraría legalmente suyo sino del difunto.

Una breve pausa que deja en evidencia el silencio del estudio.

–Y al no ser suyo, aquél hijo recibiría la herencia que de otra forma le correspondería a Onán. –El entrevistador disfruta avanzando con fingida cautela.

P punto; –¿Alguien puede darle nombre a esta forma de proceder?

–¡Pecaminosa!, salta una voz masculina desde el público.

–¡Prevaricación! anuncia otra.

P punto; –No, no me refiero a los juicios religiosos, que tampoco están de más, si no a los laicos. No es prevaricar; Onán no emite juicio de ninguna clase contra nadie. ¿Alguien más?

Nuevo silencio.

P punto; –Onán es víctima de lo que hoy se llama conflicto de intereses. Judá, que dicta la ley de su pueblo, quiere que haga algo que va en contra suyo, así que Onán no lo hace; aparenta hacerlo porque está obligado a ello, pero evita el embarazo de la mujer porque no le conviene. Un conflicto de intereses que en economía se conoce como el problema del agente y el principal. Agente es Onán, que ejecuta y principal Judá, que ordena. Algo común en muchas empresas y en otras muchas situaciones.

Algunas personas del público, aliviadas por la explicación, aplauden.

P punto; ­­–Queremos mostrar con este caso cómo la historia cultural trata problemas económicos, lo que acaba por servir para mejorar las prácticas comerciales. No podría ser de otra forma, pero frecuentemente tomamos la cultura y la economía como campos disjuntos, aunque no es ese el caso, como veremos en el resto de situaciones que nos vamos a topar.

Dirige su mirada a sus contertulios y deja la biblia sobre la mesa. Aprovecha para colar unos segundos de silencio, ese líquido elemento que sabe dosificar con habilidad para secuenciar la tensión en el programa.

P punto; —Y ahora, a por nuestros invitados: No quiero usar nombres pero digamos, y seguro que me entiende el susodicho, que damos la palabra al invitado siguiendo el orden cronológico natural.—  Uno de los dos mayores se agita en el asiento y pierde la sonrisa; es su turno.

Personaje 1; —Buenas tardes, buenas tardes. No sé bien por dónde comenzar. Creo que me han traído aquí para que hable del origen. De los orígenes. Soy un personaje de la historia cultural más que de la historia real. Soy un origen. Origen de muchas historias. Mi nombre…

P punto le interrumpe con celeridad; —¡No!, nada de nombres por ahora. Creo que nos quedamos con eso que ha señalado; es un origen y origen de muchas historias; es más una historia que historia. Con eso basta por ahora. Demos paso al segundo personaje, aunque vamos a cometer la falta de cortesía de saltarnos la edad para proseguir con el orden cronológico.

El joven se endereza, carraspea, junta las manos y arranca; —Pues yo soy más historia que otra cosa, también por varios motivos. Soy parte de la cultura universal y local y conmigo se componen historias.

P punto; —Gracias, gracias. Pasemos al tercer invitado que luego será el primero en la siguiente ronda.

Personaje 3; —Buenas a todos y gracias por invitarme a estar aquí. Aunque acostumbrado a que me deslumbren los focos reconozco que hoy estoy nervioso, tal vez por la compañía. Yo no soy comienzo de nada y tampoco historia. Más bien parte de una historia que parte de la historia. Soy solo eso, un personaje. Reconocido y nunca admirado sino todo lo contrario. Se me juzga mal y se me juzgó peor.

P punto; —Muy bien, ya hemos escuchado a los tres. Ahora voy a proceder a hacerles unas preguntas y espero que sus respuestas vayan desvelando sus identidades.

Un arranque de aplausos se escapa en una parte del público.

P punto; —Voy a comenzar por enunciar algunas palabras. Me gustaría saber qué reacción les produce oírlas. ¿De acuerdo?

Los tres invitados asienten con la cabeza. Parecen concentrarse en la voz que les va a examinar.

P punto; —Prime término; Inocente mesura. ¿Está claro?; Inocente, todos sabemos bien qué es ser inocente. O lo recordamos —se escuchan risas del público que corea la gracia de su entrevistador favorito. –Y mesura, esto es, comedimiento, ausencia de exceso. Algo que podría llegar a relacionarse con la templanza.

De nuevo silencio durante unos segundos que P punto deja trascurrir para que los personajes vayan cavilando una respuesta en sus cabezas.

P punto; —Comenzamos por el último de la ronda anterior, como dijimos. Adelante.

Personaje 3; —Bueno, no sé muy bien cómo enfocarlo. Sí, ahora me veo que fui un hombre inocente y perdí la inocencia en varios frentes: Cuando descubrí el engaño; cuando me topé con el fraude que se cometía conmigo; cuando caí en el profundo pozo de la nada inocente justicia.

El Personaje carraspea, un tic que le permite anticipar mentalmente sus siguientes frases: ­–Mesura, comedimiento, avaricia, insatisfacción: Creo que también fui víctima de la ausencia de medida, pero en ello era, al unísono, verdugo y víctima.

P punto; –Por lo que yo sé, bien respondido: Gracias. ¿Personaje 2?

Personaje 2; —Soy el hombre de en medio cuando debiera ser el primero en todo. Inocente no. Fui todo menos inocente. Mesurado, menos. Para mí el mundo está para servirse de él ya que no se puede servir a un buen señor. Y al hacerlo caen muchos muros y más prejuicios. Inocente no. Nunca. Mesurado, ni después de muerto. de ello hice en parte mi grandeza.

P punto; —Hoy vamos bien. Creo que hay sinceridad y acierto en las respuestas. ¿Nuestro amigo…?

Personaje 1; —Yo fui inocente a la vez que todo lo contrario; astuto. La astucia es inocencia labrada a base de experiencia. Astucia en exceso es defecto de inocencia. Pero nunca perdí la inocencia del todo. Aunque otros la perdieron por mí.

P punto; —¡Bravo!. Un aplauso a los tres.

Aplauso que retumba en el estudio.

P punto; —Vayamos a por otra pregunta. Hagámoslo más candente, algo más arriesgado y así iremos aproximando la identidad de nuestros invitados.

Desde las gradas se escucha un grito de mujer; ¡Adán! ¡El viejo es Adán!.

Sigue un instante de confusión en que todas las caras se vuelven hacia un lugar indeterminado en el centro de las gradas.

P punto; —¿Adán? ¿Quién dice que es Adán?

Una mujer de mediana edad se pone en pie y un foco la ilumina. Aunque sin estridencias, la mujer ríe su ocurrencia mientras se levanta. Algún amigo cercano le secunda.

P punto; —Gracias por intervenir. ¿Su nombre es…?

—Luisa.

P punto; —Luisa, gracias por arriesgarse así. Tampoco queremos que todo el mundo se lance a la pista. Pero no, no es Adán.

Más risas generales.

P punto; —Así que escuchemos algo más, a ver si logramos centrar el tiro. Gracias Luisa, gracias de nuevo. Siéntese.

P punto inicia un amago de aplauso que es suficiente para encender el seguimiento de toda la grada en el estudio. Luisa se sienta entre divertida y algo avergonzada.

P punto; —Volvamos entonces: Decía que algo más arriesgado. ¿Qué tal si me dicen qué les inspira el binomio Cultura y Sabiduría? Así, como doblete, emparejados. —Y con un gesto invita al más joven a comenzar.

Personaje 2; —No sabría. Quiero decir, no sabría cómo ponerlos juntos. Dicho así suenan a primos, a hermanos, a comandita. Y, sin embargo, qué lejos queda la cultura de lo otro. Casi tanto como la tierra del mar.

P punto; —Desde su lugar de sujeto. Queremos que nos de la respuesta como sujeto, sin olvidar quién es usted.

Personaje 2; —Nunca olvido quién soy. Sería difícil o dejaría de ser yo mismo. Insisto; cultura es un embalse repleto de detritus pero desbordante de agua. Sabiduría es lo que se salva tras pasar por la depuradora. Depuradora de la historia. Depuradora de la humanidad. Esa que hace migas cuanto no fluye con facilidad por las turbinas de la razón.

P punto; —Muy bien. Me gusta como despacha los miuras. Tan joven y ya dominando.

El personaje 3 se arranca obedeciendo a la entrada que le ofrecen; —Para mí hay poco que las ate. Existen sabios cultos e incultos sabios. Pero en mi caso he de decir que yo tuve poca sabiduría aunque acabase siendo tribuno de la cultura. Cualquier hombre culto me conoce tal y como se me recuerda. Pero cualquier sabio me conoce sin haberme conocido.

P punto; —Expeditivo. Comenzamos a acumular acertijos. Tendrán que responder de ellos. —Y pasa a señalar al tercero.

Personaje 1; —A mí me gusta esta terna, que no llega a serlo. Yo también soy parte de la cultura, pero represento a la sabiduría. Para disfrutar está la cultura. Para vivir, mejor la sabiduría.

Personaje 2; —Perdón, quisiera añadir algo.

P punto; —Adelante.

Personaje 2, inclinándose hacia delante como para mostrar su propia zambullida en la conversación; —Hay una anécdota famosa que ilustra bien la distinción. La del investigador que, tras dedicar su vida al estudio de los cocodrilos, decide visitar África. Al toparse por primer vez con un cocodrilo real, huye trepando a un árbol. Pero el animal le sigue hacia las alturas; ¡Ah!, dice el botánico de biblioteca; ¡Pero si los cocodrilos no suben a los árboles!.

Risas en las gradas y algún aplauso suelto.

P punto; —Buena historia, buena; la historia muerde, la sabiduría mata. Pero esto no ha dado para tanto como yo esperaba, así que voy a arriesgar aún más, al límite; ¿Cultura y Finanzas?. Comencemos del revés esta vez, dado que el término es muy moderno.

Personaje 3; —Me ha tocado en la médula; ¡bingo!. Las tres en raya. La gente cree –perdón, pero no me resisto; qué gran termino es este de creer…– la gente cree, y es una creencia generalizada, que la cultura va por su camino mientras las finanzas toman un atajo. No son conscientes de hasta qué punto las finanzas preñan la cultura y la cultura acuna las finanzas. En mi caso, sin finanzas no existo, y cuando existo soy cultura. En términos muy concretos, sin irnos por las ramas. Hablamos aquí de cultura a lo Primer Folio.

El personaje 1, sin aguardar a que le den entrada, se arranca; –En algún origen cultura y finanzas eran indistinguibles. Tanto que yo no supe diferenciarlas hasta que no se les dio nombre. Todo es cuestión de usar los términos adecuados en los momentos correctos.

P punto; –Hablando de momentos; Acabemos esta ronda, que nos llega la pausa de publicidad; ¿Qué dice usted? para acabar.

Personaje 2; —Escucho extasiado. Pero para no irme por las ramas, ya que estamos subidos al árbol, como el zoólogo de biblioteca, diré solo que, para mí, cultura y finanzas son las dos caras de una misma moneda. Y de una moneda bien cara. Yo, que existo en términos de cultura, soy como el cocodrilo; si hay que comer, acometo. Si hay que atrapar, me entrampo. No sabría poner la línea; sin aire no respiro, sin respirar no pienso, sin pensar no vivo. Vivir es ir haciendo triples de quiniela. La sabiduría lo sabe. Y sabe de azar, y el azar es finanzas al igual que pharmakos es, para los filósofos, un medio instrumental.

P punto; —Me temo que no hemos terminado con este dueto. Pero atención, cortamos para la publicidad.—P punto eleva su brazo derecho y una luz verde se enciende en el andamiaje del estudio, sobre su cabeza.

Todos se ponen en pie pare estirar las piernas. P punto aprovecha para comentar a sus invitados; —Ahora entramos en lo concreto. Vamos a comenzar a soltar lastre, a poner las cartas bocarriba. ¿De acuerdo?

Personaje 1; —Oiga, ¿puedo ir al baño?

P punto; —Puede, pero rápido. Tenemos que volver a escena. La cámara no enfocara su sitio hasta que vuelva; Elena, acompaña a este señor.

Una joven alta y sonriente se acerca a por el personaje 1 y le conduce hacia la salida.

P punto; —A sus sitios que empezamos.

La gente recupera los asientos y un técnico pide silencio.

P punto; —Encaramos el último tramo de nuestro programa y, aunque sabemos mucho, poco hemos concretado. Yo quiero pedir a nuestros invitados que se definan con dos palabras también; una que los identifique en el plano histórico y otra en el geográfico. Así que, sin más… —Señalando al Personaje 3, que duda unos segundos antes de comenzar.

Personaje 3; —Curioso cómo todo lo dicho resulta tan evidente y a la vez tan oscuro. Si he de escoger un lugar, no sabría con cuál quedarme, porque hay dos que podrían cumplir su cometido, lo que hoy llamaríamos geolocalización. Digamos, simplemente, que tanto monta, monta tanto, Rialto como Avon. Históricamente también tengo dónde escoger y puesto que ya he hablado del primer folio, con insistir me retrato.

Una ovación cerrada arranca en el estudio a la vez que un par de voces gritan, la una ¡Shylock!, la otra ¡El Mercader!. Una tercera queda opacada con los gritos y no se llega a entender lo que pronuncia.

P punto sonríe complacido. Buena idea, piensa, haber invitado a un público de profesores de instituto. Nada mejor para acompañar este episodio de su programa.

P punto; – ¡Muy bien, muy bien!, ya veo que no hay forma de despistarles. Shylock, sí. El Mercader de Venecia. El judío que no supo toparse con la justicia, y la justicia que se le negó.

El personaje 3 se pone en pie y saluda. Más aplausos llueven.

P punto; —Tal vez nos pueda aclarar ahora sus menciones más señaladas; ¿Por qué dijo que cualquier sabio le conoce sin haberle conocido?

Shylock; –Bueno, todo hombre sabio ha perdido la inocencia. Incluso podríamos decir que sabiduría e inocencia son antitéticas, aunque el milagro ocurre cuando la verdadera sabiduría trae consigo una nueva forma de inocencia. Algo así como una purificación.

P punto; —¿Y por que dijo que las finanzas preñan la sabiduría y la cultura?

Shylock; —No, no; que las finanzas preñan la cultura y la cultura acuna las finanzas: El Mercader es una obra que narra varias historias pero solo muestra una cosa; la inocencia desposeída a causa de la ingenuidad. Principalmente la mía; acepto como colateral de un préstamo la prenda de un derecho; poder cortar una libra de carne del cuerpo de mi deudor si este no cumple con la devolución del préstamo que le hago.

P punto; —Y el tribunal le reconoce ese derecho. El abogado defensor le insta a que corte la libra de carne del cuerpo de su defendido.

Shylock; —Judío vejado, judío amansado. El juez me recuerda que aquel no creyente que derrame una gota de sangre de un cristiano pagará con su hacienda. O, en otras palabras, la prenda no es ejecutable más que a un coste prohibitivo. ¡Argucias de picapleitos!.

P punto; —¿Y dónde entra la sabiduría?

Shylock; —Soy, hoy, menos rico pero mucho más sabio. Sabio y cuidadoso con mis negocios. En el puente de Rialto se firman contratos que dan más tranquilidad a las partes después de haber vivido esa experiencia. Pero eso no quita para que, culturalmente, la razón de ser de la obra sea tan poética como financiera. Y no me refiero a que el autor quisiera ganar dinero con ella. Es financiera en su esencia, en su trastienda. En su día eso se entendía muy bien; era una comedia en que el judío, que soy yo, era objeto de burla a través de su incompetencia comercial y eso estaba en la base de su éxito. Tanto o más que su buen verso. Shakespeare lo sabía muy bien.

Aplausos que, de nuevo, llenan todo el estudio. Mientras, el Personaje 2 ha vuelto a su asiento sin que las cámaras hayan revelado su ausencia.

P punto; —Interesante. Así que, efectivamente, la obra no solo habla de amores y engaños corteses sino que tiene una parte que juega con las prácticas habituales, aunque exageradas, de una sociedad comercial que comenzaba a evolucionar como sociedad financiera.

Shylock; —Que eso fuese habitual en Venecia tiene sentido, pero no olvidemos que el autor no pisó Italia y su trabajo se desarrolla en Londres. Curioso, dado el pedigrí financiero de la City.

P punto; —Muy bien; Ahora a por el Personaje 2, que es, puedo afirmarlo ya, la otra cara de la moneda. Adelante…

Personaje 2; —Sí, gracias. Si, la otra cara. No yo pero sí mí historia. Digamos que de Rialto pasamos a Castilla. El siglo XVI es un continuo guerrear de Venecia contra el Imperio Otomano. No era, por tanto, como hoy, un destino artístico para turistas ni viajeros. Más bien era una base de otras fronteras sometida a continuas violencias. Incluso hubo un momento en que sus habitantes abandonaron la ciudad, que fue ocupada por los turcos. Lo digo por ubicarme yo más que Shylock, que le he visto muy bien ubicado.

P punto; —¿Y la suya? ¿Su ubicación en las dos coordenadas?

Personaje 2; —Sí, claro. A eso iba: Yo en Castilla, viviendo también tiempos convulsos. Otra base de otra frontera. Antes que Shylock, antes que Venecia. Pero igualmente convulsos. Y no por los turcos, pero casi. Digamos que por sus primos hermanos. El Mediterráneo continental del norte contra el mediterráneo continental del sur. Ya lo he dicho; Castilla antes de Shylock, pero no lejos de Shylock.

Se abre un silencio mientras P punto observa al público divertido.

P punto; – ¿Alguna sugerencia? A ver esos conocimientos de nuestra historia.

Una voz de hombre aventura una pregunta desde las gradas; -¿Personaje verdadero o personaje de ficción?. – Casi a la vez se escucha gritar ¡Un comunero!.

Personaje 2; — ¿Puedo?

—Por favor…

—No, no soy comunero, aunque podría decirse que soy un buen precedente. Abuelo,—cuenta con los dedos, —habría que saltar al menos cuatro o cinco generaciones para eso. No, comunero no. ¿Ficción, realidad? Pues soy una realidad que dio paso a la ficción, como tantas veces. Y así me convertí en hito de la cultura, muerto y vivo. Y muerto seguí dando mucho que hablar, a lomos de la blanca pureza.

Una voz de mujer interrumpe entre el público con un chasquido, un grito; ¡El Cid! es el Cid Campeador.

Alborozo en el estudio. –¡El Cid!, –repite P punto: —Sí señor. Muy bien hecho. —Y el presentador se suma al aplauso

Ovación que no cesa. La mujer que ha acertado se abraza con su vecina de asiento. Los tres invitados se dirigen divertidos comentarios que no se llegan a escuchar en pantalla por el ruido general.

P punto pide orden; —¡Orden!, orden y silencio que aún queda uno más.

No hay forma de acallar las voces. Un técnico se planta delante del público pero al margen de la cámara y les insta a mantener silencio.

P punto; —Pero antes de pasar al último invitado quiero aclarar por qué Mío Cid es el reverso de la moneda.

Mío Cid; –Bueno, el Cantar narra la historia con detalle. Expulsado de Burgos me encontré sin fondos con que pagar a la tropa que me acompañaba, y que me seguía en mi exilio como un solo hombre. Ni para alimentarlos tenía. Triste, muy triste, a causa de un mal rey que así me señaló. Entonces tuve la suerte de que apareciese un caballero burgalés, Martín Antolínez. Juntos urdimos un plan: Ofrecimos a dos prestamistas de la ciudadela del castillo unos arcones con el oro acumulado en mis conquistas en garantía de un préstamo en dinero contante y sonante con el que poder liquidar sus sueldos a las mesnadas. No podía, les dijimos, pagar a los soldados con oro porque eran piezas que no e podían dividir. Así conseguimos el dinero para continuar nuestra gesta.

P punto; —Solo que no había oro en los arcones…

Mío Cid; —Bueno, sí. Ese es un detalle de la historia pero que en nada ensombrece la gloria de mis logros. No teníamos oro. Realmente el oro llegaría más tarde, con las conquistas. Y llegó. Mucho cayó. Así que llenamos las arcas de arena e hicimos parte del trato la condición de que no pudiesen ser abiertas salvo en caso de que defraudásemos nuestra obligación de pago.

P punto; —Pero es bien sabido que no coló. Los prestamistas volvieron raudos al día siguiente a deshacer el trato. Sin duda había descubierto el fiasco.

Mío Cid; —Sin duda habían violado el compromiso de no abrir las arcas. Habían incumplido su compromiso. Así que nosotros nos sentimos liberarnos de la obligación del nuestro.

Shylock; aprovecha para colar su apostilla; —Una vez más, judío vejado judío amansado.

P punto; —No suena muy equilibrado, pero supongo que ellos se lo buscaron al aceptar una garantía sin comprobar su valor. Les cegó el afán de ganancias; su codicia. La falta de mesura…

Mío Cid; —Sí, la letra es la letra y los pactos son los pactos. A diferencia de Shylock nosotros hicimos un pacto transparente que ellos aceptaron libremente. Solo que lo violaron. No hizo falta ir muy lejos, a ningún tribunal de justicia. Era evidente.

P punto; —Por eso decía que si hay que comer, acomete.

Mío Cid; —Yo soy un hombre de acción; Si hay que atrapar, me entrampo. Pero nunca fue mi intención estafarlos.

Aplausos de nuevo. El Cid sonríe cara a la galería.

P punto; —De nuevo cultura y finanzas; ¡cómo no entender que el poema del Cid es cultura en estado puro cual el oro de los arcones!.

Shylock; —¡Que acaba en arena!

P punto; —No, no quería decir eso. Cultura de la de verdad. Eso es el poema.

Nuevo aplauso en las gradas, esta vez dirigido oportunamente por las señas de un ayudante del presentador que está al quite porque ya ha tenido que sacarle en otras ocasiones de más de una como ésta.

P punto; —Bueno, pues solo nos queda ya un personaje. Yo diría que el más fácil, aunque también el más intrincado. Veamos su forma de ubicarse. —Con la mano hace un gesto al último invitado.

Personaje 1; —Ante estas dos muestras de sagacidad en que las finanzas, por las que tanto nos preguntaba, se entremezclan en dos obras culturales de tal nivel, lo mío va a resultar insípido. Yo no tengo engaños que contar, ni fraude de ley, ni juicios ni peleas. Lo mío es más suave, si suave es un término que podemos aplicar a la cultura.

Shylock; —¡La Cultura puede llegar a atragantarse!

Algunas risas acompañan el comentario.

Personaje 1; —En el tiempo. Primero ubiquemos el tiempo. Yo soy muy anterior. Tan lejos estamos hoy de Cristo como lo está El Cid de mí historia. Y ni el puente sobre el Arlanzón de Castilla ni el Rialto de Venecia. Nada de eso existía. Lo mío es más bien el mar abierto. Soy fruto de otras contiendas y aunque no hay, repito, engaño en mi historia, si que se me atribuyen otras argucias, hasta el punto de que se me cuelga siempre el sambenito de ser la encarnación del ingenio.

–¿Gilgamesh? – adelanta una voz desde las gradas, que suena más insegura que tímida.

El coro de otras voces le contesta; Nooooo….

–¿Akenaton? – otro espontaneo se lanza.

–¡Teseo!

–¡Ulises!

P punto; —¿Quien dijo Ulises?

Una mujer mayor se pone en pie. Es menuda y su voz no le corresponde porque resuena con fuerza aunque algo atiplada.

P punto; —Usted ha dado en el clavo. ¿Díganos qué cree, en su opinión, que le ha dado la pista de que fuese Ulises?

La mujer contesta sin tener que pensárselo mucho; —Ulises se acuesta con su madre y mata al padre para hacerse con la herencia.

El público estalla en risas.

P punto; —Azar, ¡lo bello que es siempre el azar!. No, no. Bueno, sí, es Ulises, pero Ulises no mató a su padre ni se acostó con su madre. Ulises luchó en Troya y luego, camino de casa, rumbo a Ítaca, vivió todo tipo de aventuras. Mientras, su mujer, Penélope, le aguardaba rechazando moscones que le acechaban.

Ulises; —Así es. Yo viví todo tipo de aventuras. De hecho, soy el primer héroe de libros de aventuras del mundo. Cultura popular. Me paseé por el Mediterráneo camino a casa y no hubo mal que no sufriese y superase a base de ingenio. Y en ese ir y venir descubrí algo importante. Algo que algunos dicen que es el origen de la economía financiera.

P punto; —Cultura y finanzas una vez más.

Ulises; —Precisamente; recibí asistencia en más de un sitio. Se me trató con deferencia, incluso con afecto. Fui auxiliado y al recibir auxilio quedé eternamente en deuda con aquellos que me asistieron. Una vieja tradición mediterránea obliga a dar asilo al viajero, dar acogida al que transita por la vida. Y eso se paga con un cheque en blanco que queda siempre por cobrar para cuando el que ha sabido comportarse lo pueda necesitar. Un principio de reciprocidad que va más allá del intercambio, del comercio. No es un “te doy esto por aquello”. Es, y esta es la parte importante; “te doy esto hoy por aquello mañana”.

P punto; —El tiempo; se juega con el tiempo. Sí, suena como la inauguración de la economía financiera. Toda una fiesta de cosas que le acabaron sucediendo y hoy tenemos borrachera, jaqueca a cuenta de los mercados de futuros; los pagarés; las hipotecas; las acciones preferentes…; el no va más.

El publico se ríe. Le suena aquello y le resulta ingeniosa la mención.

Ulises; —Ese es uno de los grandes fundamentos de la Odisea. El otro es sicológico; la vuelta al origen, la vuelta al hogar. El ciclo de la vida completado. El resto, como dice el título de ese libro sobre la historia de la música, el resto es ruido. Un esqueleto que se podía haber rellenado con cualquier otra cosa.

P punto; —La Odisea; sí. ¿Pero no hay algo también en la Ilíada?

Silencio.

P punto; —¿Algo más del mismo corte que ya se da en la Ilíada?

Ulises; —No sé a qué se refiere.

P punto; —Bueno, tengo aquí una carta, una nota que he recibido y que me gustaría leer en voz alta.

Ulises no parpadea.

–Dice así; estimado señor P. de Juan; tomo conocimiento por un amigo que planea usted realizar un programa sobre temas de antiguo y que piensa invitar a Ulises a una entrevista. Llevo tiempo denunciando que ese señor es un estafador profesional. Se lo digo no solo para que tome precauciones, sino porque me parecería de justicia que se diesen a conocer sus tropelías. Una artificiosa campaña de marketing y relaciones publicas a lo largo de la historia ha conseguido dar alas al ínclito Ulises vendiendo la falsa versión de que es un hombre recto y cumplidor, haciéndole aparecer cual héroe, hombre honrado, amante de su familia y sus amigos y fiel servidor de sus jefes. Pero eso es una distorsión de la verdad. A mí ese hombre me arruinó la vida, y no solo la mía si no la de mi hija, a pesar de estar en deuda de la suya para conmigo. Firmado, Hécuba, reina de Troya.

Ulises empalidece. Está rígido y apenas parpadea.

P punto; —¿Qué nos dice de estos cargos? ¿Hay algo de verdad en todo ello?

Shylock; —¿Vamos a volver a encontrar al judío aprendido?

Ulises; —No estaba preparado para esto. —Algo vacilante; —Cierto es que Hécuba me perdonó la vida. Me encontró inspeccionando la ciudad de Troya donde había logrado entrar de noche y a escondidas para espiar. Ella, ante mis súplicas, no dio la voz de alarma y aquello, sin duda, me salvó la vida. Pero luego, cuando cayó la ciudad y entramos como vencedores en una lucha justa y limpia, quiso que aquella deuda que yo había contraído con ella la cobrase su hija, que era ya esclava cautiva.

P punto; —No suena descabellado.

Ulises; —No ahora, en la distancia. Pero allí, en su tiempo, en el fragor de la victoria, ¿perdonar a una cautiva por el amor de una madre?. No era mi deuda con aquella sino con su madre. Así se lo expliqué a Hécuba que no entraba en razón. Las deudas no se saldan con otras de terceros.

Shylock; —¡Lo sabía! El judío engañado, entrampado por la letra pequeña. Siempre es igual. ¡Pobre mujer!

Ulises; —¡Pobre asesina!

P punto; —Me he tomado la molestia de confirmar estas acusaciones, y parecen correctas. Usted estaba en deuda con ella. Pero me parece aún más interesante este extremo de que se acepte saldar deudas con otros pasivos de terceros. La titularidad y la mercabilidad de las deudas; cultura y finanzas de nuevo. Cobrar en derecho o cobrar de fato…

Ulises; —Y bien que se la cobró, a base de asesinatos. Cayo ella con las mujeres de su corte contra sus cautivadores y provocaron una masacre sin razón.

Shylock; —¿Sin razón? ¡Vamos hombre!

Ulises; —¡Sin ninguna razón! Son las leyes de la guerra.

Shylock; —¡También lo era haberla denunciado cuando lo descubrió en la ciudad!  Hubiese muerto. Usted hubiese muerto y, probablemente, merecía haber muerto.

Ulises; —Ella sí mereció morir. ¿O por qué la sitúa Dante en el Infierno? Por su odio, por su sed de venganza, que le perdió. Falta de mesura total.

Shylock; —Si usted hubiese perdido a su hijo, asesinado a manos de un reyezuelo traidor, si hubiese visto a sus hijas cedidas como esclavas, a su marido, rey de Troya, caer perdido, ¿qué habría hecho? ¡Usted si es un tramposo y un asesino!

Ulises se pone en pie; —¡No tengo por qué aguantar esto!. —Ulises abandona el plató a paso rápido y la cámara le sigue hasta que atraviesa la puerta.

Silencio espantado.

P punto se muestra desconcertado. Hay mucha tensión en el aire.

Mío Cid; —Yo no he querido intervenir, pero entiendo que cuando se trata de las hijas podemos perder el juicio y algo más.

P punto; —Queridos amigos, queridos telespectadores, ya lo han visto ustedes. Todo ello inesperado pero muy vivo y muy real. No queríamos llegar a este punto y esperamos que no vuelva a ocurrir. Me debo disculpar porque tal vez la lectura de la carta que he recibido ha desencadenado una situación incontrolable.

Shylock; —No se disculpe. No es culpa suya. Es, más bien, lo que ya había reconocido él mismo; Odiseo el sagaz, el ingenioso. Le hemos visto en acción; dándose por ofendido ha eludido tener que hacer frente a su falta.

Mío Cid; —Así es: Vea que es el único de los tres que es realmente responsable de un incumplimiento.

Shylock; —Él y Onán.

Mío Cid; —Solo que Onán tuvo su castigo.

P punto; —Esa afirmación es difícil de aceptar así, sin más. Si nos paramos a pensar tal vez sea Shylock la mano más inocente. Pero quisiera, al menos, cerrar este programa con una ovación a nuestros invitados; los que quedan aquí y los que nos han abandonado.

—Antes de acabar, ¿puedo? —Mío Cid le interrumpe.

—Claro.

—¿Por qué ha titulado este programa ¿Sabía Havelock de finanzas?

P punto; —Ah, ¿eso? Eso lo podremos desvelar en el siguiente programa.

El público, animado por un técnico que les hace indicaciones con las manos, inicia un aplauso que no acaba de cuajar. La cámara enfoca a los invitados en pie conversando con P punto. Los títulos del programa comienzan a rodar por la pantalla. Se acabó la emisión.

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Teodoro Millán es economista de formación, financiero de profesión y escritor de vocación. Doctor y profesor titular en excedencia, ha desarrollado su carrera en el ámbito académico y de asesoramiento financiero, habiendo promovido proyectos de emprendimiento en medios convencionales y digitales. Su labor docente incluye conferencias, seminarios y programas de master y de doctorado. Ha publicado trabajos de investigación en revistas especializadas internacionales, artículos de opinión económica en El País, Expansión y Cinco Días, y generales en República, Diario Abierto y Ctx. Su interés se centra en la actualidad en las formas de coordinación de 7.500 millones de personas, que a pesar de compartir miles de años de memoria histórica y lenguajes comunes aún discrepan en mucho de lo fundamental. Comenzando por la propia definición de qué es ser persona, que sea el lenguaje y en qué consiste lo fundamental. Aficionado al ensayo y al teatro, declara su admiración por la prosa que escriben los poetas.

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