Salomé en Mérida y pocas palabras

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La función de Salomé del miércoles, estreno en el teatro romano de Mérida, provocó una considerable y peligrosa tormenta por toda España en cuanto terminó y, lo que es mejor, que el público teatral se callase.

 

SalomeMerida

 

Con el público de teatro que acude a la ópera viene a ocurrir lo mismo que con el público del Sur que sale de su entorno: que aplauden distinto, que aplauden extraño a nuestros oídos. Los unos, porque están acostumbrados a los usos y costumbres del teatro de prosa, que no al musical; y los otros, porque no suelen lograr contener el ritmo voluble y delicioso que llevan en el cuerpo, tan distinto a nuestro rígido y acompasado martilleo norteño.

 

El efecto prosa, llamémoslo así, hizo que en la noche del pasado miércoles, cuando comenzó la función de Salomé que abría el sexuagésimo festival de Mérida, a mi alrededor hubiera: una pareja que se reía con aquella mujer que cantaba tan alto; otra que tenía frío y se daba arrumacos (había llovido hasta un par de horas antes); y un niño ocioso, odioso, al que por algún motivo alguien había considerado que era buena idea llevar a ver semejante barbaridad.

 

Herodes, por suerte, andaba por las inmediaciones cuando a mí Strauss ya me tenía agarrado por la pechera con su partitura imposible, pero a toda aquella gente, acostumbrada al declamado y al texto, no parecía terminar de decirle mucho la ensalada de sangre y música que se desparramaba desde el escenario. No obstante, a la altura de la muerte de Juan Bautista, allí donde se termina el diapasón del primer contrabajo, el arco rasgó el aire y Salomé emergió con su cabeza (de cabellos iguales a racimos de uvas negras, con la boca más roja, etc. que dice Oscar Wilde). Se hizo un silencio atronador, de los que pocas veces se viven, de los que dan valor a todas las horas y kilómetros previos (y posteriores). De los que cobran sentido, solo, por oposición al murmullo que venía del graderío y la excelencia que provenía del foso.

 

El niño no hablaba, la brisa se había parado. Aquellos ya no tenían frío, pero temblaban, y supongo que a los que se reían se les acababa de cortar todo, de golpe, porque enmudecieron. Fuera, lejos, empezaba a tronar, pero no sin que antes todo el anfiteatro se pusiese en pie para despedir a la compañía.

 

Salí en silencio y corrí, que no se puede llamar de otro modo, para evitar el chunda chunda que salía del chill out del propio recinto. Un joven se me acercó a las puertas a venderme una cena, un menú, algo, a gritos sonrientes. Le agarré por los hombros y le supliqué que se callase, que me dejase saborear un poco más la sangre del Bautista que llevaba en los labios.

 

Esa sangre corrió por las entrañas del teatro, pero también por las venas de una orquesta untada sobre la piedra vieja, por la de unos cantantes al límite, por una noche inusualmente fresca y turbadora. Estos días, hoy mismo, que es la segunda función y a lo largo del fin de semana, habrá oportunidad de hablar largo y tendido sobre los detalles, sobre la tarea del director de escena (Paco Azorín) y su equipo o sobre el buen hacer de la orquesta.

 

Pero da igual. Supongo que todos tenemos nuestros momentos, más o menos una vez al año, para hundir las manos en el agua y limpiar, ponderar, equilibrar lo sucedido y lo que está por suceder. Strauss, con su Salomé (y el acorde del compás 360) metida en uno de los espacios más alucinantes de España y buena parte del extranjero, supone una oportunidad de oro para hacerlo: recorrer con la cabeza gacha los angostos pasillos que llevan a los asientos, sentarse, callarse, intentar caber, volver por la autopista y ver rayos y truenos a cincuenta kilómetros romper el cielo, abrazar a los amigos que han metido sangre y fuego, desde hace meses, por hacer esto posible…

 

Todo eso, por muy mal que hubiera salido todo, es indestructible, es inevitable. Es un sabor tan dulce, concentrado y contundente que, como experiencia, nadie debería perderse pero desafortunadamente no todo el mundo es capaz de disfrutar. Por muchos motivos (entre los cuales no se cuenta el dinero, no nos equivoquemos), pero que, quien tenga la fortuna de sentir, no podrá superar con facilidad.

 

Es todo. Es el trasero sobre la pìedra y un teatro que misteriosamente sigue en pie. Es pasión, es un trallazo, una confirmación. Es tan inexplicable que no queda más remedio que ir, oír y rendirse. De esas veces que sirven para recordarte lo mejor e inspirarte más incluso. Salomé, en pocas palabras. O mejor, en ninguna: esto solo es ópera. Solo…

Alejandro Carantoña (Oviedo, 1988) escribe y hace ópera. Se prepara para debutar como director de escena: ha colaborado con diversos teatros (especialmente, la Ópera de Oviedo) en varias áreas, es sobretitulador, ha escrito en varios medios sobre ópera y ha publicado Cuestión de oficio. Unas memorias artísticas de Emilio Sagi (TREA, 2014). Es semifinalista del 8th European Opera-Directing Prize.