Samir Kassir

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Samir Kassir, periodista del diario libanés An-Nahar, escritor, historiador y hombre de profundísima cultura, un equivalente en España a… nadie, moría hace 10 años en Beirut cuando su coche voló por los aires una mañana de junio.

 

La delegación de la Unión Europea en Líbano, cansada ya de condenar la pobreza, el terrorismo, la exclusión social, a Hizbolá, a Putin, y todo lo que se le ponga por delante, organiza anualmente los premios Samir Kassir para la libertad de prensa, esa cosa que reclaman a gritos los periodistas para poder venderse sin remilgos al mejor postor. Kassir, periodista del diario libanés An-Nahar, escritor, historiador y hombre de profundísima cultura, un equivalente en España a… nadie, moría hace 10 años en Beirut cuando su coche voló por los aires una mañana de junio.

 

En un país de grandes clásicos como el Líbano si a los personajes molestos se los quitan de en medio con el coche bomba de rigor, el de toda la vida, seguro, certero y que lo limpia todo cual excelso detergente, entre el jurado que otorga los premios no podía faltar el reportero secuestrado que aporta cierto caché aventurero a una retransmisión tan trepidante como los documentales de apareamiento animal de cualquier sobremesa de verano.

 

La viuda de Kassir, a la que se le nota la pérdida de horas de sueño pensando en el código deontológico de la prensa, pronuncia un discurso de corte metafísico bajo la atenta supervisión de la embajadora europea, una madura de carácter a la que te imaginas cuando  sube al escenario lanzándose con alguna de Whitney Houston. Por mucho que la organización haya insistido en la puntualidad de los asistentes, un viejo con pinta de cortar mucho bacalao llega escoltado por su guardaespaldas a mitad de la conexión. Nadie le tose no vaya a ser que mañana te explote algo debajo del asiento del conductor.

 

Suena una marcha digna de la doma de potros, es el himno libanés, se continúa con el himno a la alegría de la que en Europa vamos sobrados. La primera fila se reserva a los peces gordos libaneses, políticos, diputados, editores y demás morralla que te apaña un acto de gran categoría intelectual. Al otro lado, diplomáticos europeos, embajadores, una puta rubia, puta como sustantivo para designar profesión liberal, y salvadores de la onu varios.

 

Con los premiados te pasa lo mismo que con la posición de España en el festival de Eurovisión: nunca hay sorpresas. El galardón al mejor artículo de opinión es para un sirio, por supuesto oprimido a perpetuidad por la dictadura de los Assad no vaya a ser que a algún hijo de puta se le ocurra plantearle a la UE que el mundo no es en blanco y negro, y que en su candor infantil osó un día deslizar una pegatina en forma de rosa sobre la cara del malvado Hafez. El autor se felicita porque el mundo cambió, criatura…, el día en que un vendedor ambulante tunecino se prendió fuego dando el pistoletazo de salida a las llamadas primaveras árabes, esos eventos de nombre rimbombante que quedan más lustrosos en un artículo necesitado de lectores que en la realidad. A mi lado, un romántico me recuerda que, efectivamente, ya somos demasiado viejos como para sentir aprecio por algo tan insignificante como una idea mientras los libaneses de la primera fila aplauden con la satisfacción que da saber que después hay whisky gratis.

 

El espectáculo prosigue con el premio al mejor artículo de investigación, en esta ocasión para un egipcio que desvela como las cremas de menos de un dólar compradas en cualquier sótano de El Cairo pueden destrozarte y quemarte a la cara, una conclusión a la que, sin ánimo de resultar presuntuosa, habría llegado yo en medio segundo y sin necesidad de investigar nada.

 

El calor aprieta pero los asistentes esperan pacientemente a que la señora embajadora saque las botellas de la bodega y deje de premiar a países de desgraciados. El último reconocimiento, el audiovisual, es para un artista palestino que perpetra una conmovedora escena filmada en el campo de refugiados de Yarmuk, en Siria. Un chaval toca el piano entre las ruinas acompañado por un coro de desharrapados que entona una canción, se intuye que sobre la libertad o alguna de esas grandes causas que jamás han hecho al hombre más libre. Inesperadamente, una ráfaga de disparos de fondo alerta a los improvisados cantantes de que la contienda se halla cerca y que esta, quizás, puede ser la última de las veces que se encuentran en medio de los escombros a un tío tocando un piano perfectamente afinado, varios cámaras, iluminadores y tal vez hasta a un maquillador.

 

Cumplido el regocijo moral que produce saber que hay árabes buenos que se comportan como nosotros es necesario regresar a las guerras. Para que los ilustres puedan volver a condenarlas.