¡Santa Semana!

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Carga y descarga. Esa es la señal que debería aparecer en todo cartelón de Semana Santa que se precie. Cargamos el coche, el ipod, el móvil, a los pequeños a cuestas, a derecha o a izquierda y hasta los hay que se atreven con un paso, que en falso ningún cofrade te perdonaría.


   Cuando acaban los cuatro días necesitamos que nos lleven en andas. En nuestro descargo hay que decir que descargar los malos rollos y las fatigas del trabajo es mejor hacerlo en santa compaña, y ya sabemos cómo acaba ésta.


   Los hay que llegan muy ‘cargaos’ a casa. En ese momento, una descarga eléctrica les recorre el espinazo cuando la parienta pregunta: «¿Ya has estado con los amigos?». Mejor no mentir, porque en estos años se han cargado de experiencia y son más eficientes que la prueba del polígrafo. 


   Pero la gran descarga, la verdadera descarga (¡y por favor, dejen de perseguir a sus mujeres que no hablamos de esa!) llega con el regreso: y descargamos el coche, las maletas, el mal humor contra aquel que nos diga la tontería de «ya queda menos para las de agosto» y las ganas. Bueno, las ganas se descargan solas, como el móvil, el iPod, el iPhone y todo estos i-nventos. 


   Con la batería off dejamos que toda la carga recaiga en la lavadora, la única colada que no lleva un atasco incorporado (hasta la hora de planchar).

 


 

Si tuviera un título noveliario sería de suspense o de humor y si pudiera viejar me gustaría llegar a los 90 con buena salud. Mi madre siempre me regañaba por ser un optimista, no por ver el vaso medio lleno o medio vacío, sino por creer que podía beber directamente de la botella. También desde pequeño empecé a desarrollar el gusto por la música, ya que carezco de oído y tacto para tocar cualquier instrumento. Me confieso disléxico habitual, de los que van al cine a leer y devora los bocadillos de los cómics. Así que, bienavenidos a este viaje en blogo porque la realidad que nos rodea es diferente según el cristal con el que se mira, pero quizá, haciendo la vista gorda, podamos verla sin cristal. Por tanto, lo que nos queda es tomarnos la vida con mucho rumor, que la certeza absoluta nunca la vamos a tener e, iluminados por la lámpara del genio, veamos las coincidencias y las coinfusiones cotidianas. Que ustedes lo pacen bien.