Santificado sea tu nombre

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Outsiders es un laberinto con diferentes entradas y salidas. Galerías y pasillos disfrazados de novela negra. Si este es su primer capítulo, adelante, lea que no se pierde. Outsiders es una red. En los link encontrará nodos de lectura.

Durante la tormenta de la noche, y antes de empujarlo al carro, le ajustaron una capucha negra.

El golpe. El dolor. La inconciencia.

Cuando despertó, estaba desorientado. La camioneta atravesando avenidas. Llantas escupiendo láminas de agua. El rumor de tormenta. Con la capucha casi ahogándolo era más consiente de cada minuto. LaPerra creía que había pasado mucho tiempo.

Por más profesional que sea en este negocio, tener las manos amarradas causa angustia. Y más con un trapo negro en la cabeza.

No dejaba de recordar las imágenes del pobre Marlon. Compinche de CarlosCebolla. Marcas negras en la piel. Grabados de electrodos y sellos de hierro caliente. Marlon lo habría resistido. Tal vez lloró, pero no abrió el pico. Acabaron con él y lo tiraron desnudo en una calle de Envigado. En la autopsia encontraron restos de lidocaína. Lidocaína para evitar que su corazón se detuviera. Y siguiera bombeando. Pero sobre todo, para mantenerlo consciente del dolor.

Aquí se gana mucha plata. Y también se come mucha mierda.

La camioneta se detuvo. Motor apagado. El silencio. Empujón. Caer de rodillas. LaPerra esperó escuchar alguna de estas cosas:

Cerrojo de fusil.

Resorte percutor de pistola.

Motor de sierra eléctrica.

—Quítele la capucha.

Los mismos agentes, las mismas caras, las mismas gorras. El patio. Los guardias en las garitas. Militares con fusiles y cartucheras. Aves de carroña.

Una soga.

Carajo. Muchas veces se lo había planteado. Y ahora iba en dirección de la horca. Alzar la barbilla, alzar la barbilla. Olor a lluvia. El olor de un mundo que concluía. En un pensamiento reflejo, tal vez recordando su infancia, pensó: “santificado sea tu nombre”. Recordó su hija. La imaginó en su cama, tranquila, segura. La vida es un teatro, un decorado mal teñido. Y entonces corrigió: “maldito sea tu nombre”.

En el patio lo empujaron a uno de los edificios. Pasillos que amplificaron pasos. Olor a polvo y abandono. La maldita soga, esta vez, no había sido para él.

Imaginó a los sujetos colgados allí y luego mutilados, desaparecidos sus cuerpos. Una maravilla el Estado narco-paramilitar.

―Abajo, pendejo ―y otro empujón por escaleras estrechas.

Hedor a orín. Hedor a mierda. Humedad. Los presos cagaban y meaban en los rincones.

Los de gorra y chaqueta negra lo empujaron al agujero. Dos guardias militares entraron también al hueco. Caras de puñal. Lo sentaron y le soltaron las manos. Una bombilla desnuda iluminaba la fetidez del sótano.

Sentarse. Pensar. Maldecir.

¿Qué estaba pasando? Todo era una gran putada. No había valido de nada haberlo intentando. Cambiar de estilo de vida. Y de negocio. ¿Quién había sido el pendejo que había dicho eso de “sigue tus sueños que el universo se encargará de abrir las puertas para ti”? Lo que sí abrió fue el paquete de cigarrillos.

Encerrado, pensó en Eliza. En su abrazo. La mirada rabiosa de Clara.  Y ambas expuestas.

Cuando dejó de vivir con ellas fue su época más difícil. Intentó una nueva vida. Los domingos llevaba a la niña de paseo. Cine, parques, zonas verdes, árboles. Cargaba a la niña en los hombros y corrían por juegos infantiles. Entonces ambos eran vaqueros.

Inventaban también una de piratas.

La niña veía televisión, cosa que le gustaba mucho a LaPerra. Así aprendía las aventuras. Eliza conocía diferentes épocas. Romanos y persas. Astronautas, vikingos y el hombre de la caverna. La televisión era muy provechosa. Eso decía LaPerra.

En el clásico juego de “La mamá”, y según las reglas, Julián tenía que acostarse en el prado. La sombra de un árbol. Comportarse como un recién nacido. Encoger las piernas y chupar dedo. Era un niño juicioso. No podía moverse y tenía que abrir la boca para recibir la sopa.

Una tarde, le dijo a la niña:

―Soy un bebé que estira las piernas y pone las manos atrás de la cabeza.

―Así no son los bebés, papá.

Entonces la niña decía que era la mamá. Salía a trabajar. Buscaba y traía hojas secas. Palitos. La cena. Así muchas veces, en una sola tarde. La mamá salía y luego volvía con la comida. Era “el juego de la mamá”. Julián quedaba agotado. La niña, feliz.

Dicen que los papás educan a los hijos. No es así. Sucede al contrario.

En la celda, el humo del cigarrillo reducía el asqueroso olor. Las rejas, el sótano, el olor. LaPerra tenía la seguridad de que Damato había ordenado su captura. No era algo que tuviera que pensarse demasiado. No había otra causa. La pregunta era: ¿por qué? Y entonces esto lo remordía, carajo. ¿Para qué? ¿Cuál era la razón para que le vida lo obligara a detenerse al borde del abismo? Y solo tener una opción: saltar.

LaPerra lo vio bajando por las escalas. Era Bedoya. Jueputa vida, no podía estar pasando. Desde el servicio militar LaPerra sabía que Bedoya quedaría convertido en un paramilitar. Uniforme en parches grises. Camuflado de guerra urbana. Botas, pistola al cinto y ese horroroso lunar en la frente. Lunar entre ceja y ceja.

El comandante Bedoya sonreía. Venía acompañado de dos guardias.

―Pero, por favor, si acá está LaPerraGómez.

―Cuánto tiempo ―contestó.

―Entonces ya no sos Cartagena, pues, porque a mí me gustaba Julián Cartagena, recluta Cartagena, soldado Cartagena, cuando ese miserable sabotaje.

Julián callado, mirándose las puntas de los zapatos.

―Ya sos Gómez.

Julián se rascó la cabeza.

―No, pues, tan perro el hijueputa ―dijo Bedoya―. O tan perra.

―Cómo sea ―dijo Julián Cartagena ahora Julián Gómez ¿Hace cuánto?

―Desde que dejaste de ser un buen soldado ―dijo Bedoya borrándosele la risa irónica e implantándosele el odio y la rabia.

―Qué va, hombre, la última vez que te vi estabas pudriéndote en una celda en el manicomio.

Bedoya recordó la celda donde estuvo recluido en el Batallón Bomboná, un recinto blanco y sofocante.

―Te vas enterando entonces ―contestó Bedoya, apenas con un hilo de voz.

Luego de la tortura en la Policía Militar, y restando un mes para finalizar el periodo militar, Bedoya fue diagnosticado por el servicio médico. Bedoya, el recluta pendejo, el mismo que pasó a ser un comandante en la cárcel de Picamadero. Asesino del soldado Flórez. Se dijo que pretendía robarle el fusil. Solo faltaban treinta días para terminar el servicio militar obligatorio y a Bedoya le quitaron el armamento y lo internaron en una celda.

Esperaban diagnosticar a Bedoya para tener claridad sobre su destino: la cárcel o el manicomio. En Picamadero Julián le hubiera preguntado a Bedoya su historia, pero resultaba imposible. Bedoya hecho odio y rencor.

En el último mes del servicio militar, a punto de volver a la vida civil, lejos de las filas militares, Bedoya fue aislado en un agujero siquiátrico. Desde allí gritaba “Damato”, gritaba mi nombre. Del sanatorio militar, y devuelto a las filas, había salido hecho una máquina de guerra.

―¿Enterarse de qué? ―dejó caer Julián que sentado contra la pared, mirándose los zapatos dijo:

―Sigues siendo un títere, pero ahora, peligrosamente sin atar.

―Ya, ya ―dijo Bedoya.

Pensaba yendo de un lado a otro.

Giró y ordenó que abrieran la celda. Le indicó a Julián que saliera. LaPerra se levantó y se puso al frente. El comandante sacó un puñetazo directo al estómago. Julián doblado en la mitad.

Podían pegarle pero no morderlo. A ver, corrijo: podían pegarle también morderlo y masticarlo. En rápida reacción, el primer guardia batió un bastonazo contra la espalda de LaPerra. El segundo guardia sacudió otro en las costillas. LaPerra reducido. Los guardias resoplaron.

Años atrás, había llegado a pensar que ya todo estaba arreglado, en paz y salvo, en el olvido. Patrañas. El resentimiento es una repulsión de largo alcance.

LaPerra de pie, doblado en la mitad. Los guardias y los garrotes en alto. Bedoya se inclinó y le dijo respirándole en el cuello:

―Nunca se me olvida lo que hiciste en compañía de mi teniente Damato.

Otros presos miraban desde los rincones de otras celdas.

El resentimiento es un líquido inflamable congelado en el tiempo. Hielo envenenado. El militar sacó un rodillazo contra el rostro de Julián que lo encajó como si un martillo le hubiera golpeado la boca. Los dos guardias descargaron sus potentes garrotes a cada lado de las costillas. Cayó al piso. Respiraba y tragaba sangre.

―Te voy a llevar a un sitio muy lindo ―dijo el comandante―, a ver si de allá te saca mi teniente Damato, ese teniente de mierda.

Julián intentaba volver a coger aire.

¿Todo estaba arreglado?

Pocas cosas tan eficientes para alimentar la memoria como el resentimiento. Y Bedoya lo sentía porque sabía que por más esfuerzo, por más potencia que implantara en su vida, nunca lograría el talento militar de LaPerra.

Fin

Esta historia continuará…

Lea otro capítulo de Outsiders: La Perra Gómez

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