Se llamaba Piedad

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La compasión es una trampa. Normalmente, de hecho, no es ni compasión, sino una broma de mal gusto. Dios me libre de la falsa y demoníaca misericordia que algunos venden como caridad. Qué peligro tienen los que viven a la caza de dramas ajenos; qué ansia de santidad. El respeto se muestra en silencio, sin aspavientos. Satán se viste de piedad.

La compasión, además, está sobrevalorada. Ya lo dijo Kant: cuando alguien se compadece, sufren dos al precio de uno. ¿De qué sirve eso? También Spinoza cuestionó lo que llamó tristeza compartida, manifestando que promovía la pasividad y disminuía la capacidad de obrar. La compasión solo cobra sentido si mueve a actuar, a luchar contra el sufrimiento ajeno; es decir, si no se salpimienta, está sosa.

Aun así, como digo, suele ser puro teatro, una cuestión de vanidad. «Aquí me tienes para lo que necesites», dicen algunos, y en su afán por alcanzar la beatitud, hasta zarandean a sus víctimas e insisten: «¡Para lo que necesites, eh! ¡Lo que sea!». Luego basta pedir dinero para que les entre la risa.

Qué mal queda esa efusividad. Incluso por una cuestión estética, la ostentación de caridad debería prohibirse. Esto provocaría que muchos ejercitaran la moderación, lo cual, sin duda, embellecería el mundo. Y es que las calles están llenas de fariseos dispuestos a cualquier cosa con tal de pregonar sus virtudes. Por eso conviene saber identificarlos, porque pueden arruinarle a uno la tarde.

El diablo puede aparecer en cualquier lugar, aunque es cierto que algunos sitios le gustan más que otros. Los cementerios o los tanatorios, por ejemplo, le fascinan. Ahí puede desplegar todos sus encantos. Qué pena, qué joven, qué injusto: cualquier cosa, ya sabes. Y no necesita ni tener un poco de confianza para soltar su retahíla. Como para no quedarse sin palabras.

Los entierros son eventos más proclives al drama, ciertamente; aun así, cualquier momento es bueno para un santo. La última vez que me crucé con alguien con sed de compasión, de hecho, fue en una boda. Apenas había hablado con ella; lo más cerca que estuvimos de conversar fue un día que me preguntó de qué quería la copa. Y me quedé mudo. Venga abrazos, venga apretujones: qué despliegue. La vi tan animada que estuve a punto de preguntarle si tenía algún muerto por el que pudiera compadecerme yo. Pero al final solo me salió pedirle que me recordara su nombre: se llamaba Piedad.

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