¿Se puede matar el viento?

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Uno ha creído ver un titular en un consejo publicitario, que es otro eufemismo europeo. Eufemismo a eufemismo se va pudriendo Europa...

 

Se abre la portada de El Mundo digital y se lee: “Limpieza total” encima de las fotografías de los asesinos sospechosos de París. Por un momento el subconsciente le ha hecho creer que alguien empezaba a llamarle a las cosas por su nombre, cada uno a su modo como el de Charlie Hebdo, pero en realidad era el anuncio de una marca de productos de limpieza para el hogar.

 

Para aumentar la confusión, junto a los dos retratos aparece la imagen de un furgón policial en una gasolinera acordonada con el suelo brillante de lluvia como si lo hubiesen fregado. Al Pequeño Nicolás Raúl del Pozo le avisaba: “Nicolás, te van a fregar…”, pero de los que matan en nombre de Dios nadie escribe que les vayan a fregar no tanto por prudencia, esa prudencia multicultural occidental que es como una censura consentida y peor: autoimpuesta (uno, después de lo de ayer, se siente como un prisionero de animales en una suerte de planeta de los simios, igual que si no pudiera hablar para que no se despierte el canario y se ponga a cantar como un loco, con el riesgo de que salga de su jaula y le saque los ojos), sino por convencimiento; a sabiendas de que a esos individuos nadie los va a fregar ni con un titular.

 

Uno ha creído ver un titular en un consejo publicitario, que es otro eufemismo europeo. Eufemismo a eufemismo se va pudriendo Europa, y apenas alguien se había dado cuenta de que esos periodistas, dibujantes y humoristas libertarios estaban sosteniendo su dignidad.

 

A uno le resultó innecesario, vulgar, soez y ofensivo un dibujo de Dios sodomizado por Jesús al que a su vez penetraba el Espíritu Santo, pero hoy casi podría izarlo como bandera para recordar, para recordarse que de verdad existen (existían) héroes que vigilan, que combaten, en este caso desde un Álamo parisino donde el valor se muestra en forma de irreverencia.

 

Uno ve a Charb y los suyos como al Zapata de Steinbeck. Alguien le dice al felón que a veces un hombre muerto puede ser más peligroso que vivo, y entonces aquel ordena que expongan el cadáver acribillado por las balas en la plaza para que el pueblo sepa que ha muerto. Cuando lo dejan en el zócalo acuden las mujeres a recostarlo, a lavarlo y a peinarlo como si sólo estuviera dormido, mientras los hombres susurran mirándose a los ojos que a ellos no les engañan, que nadie puede hacerles creer que ese cadáver desfigurado es Emiliano Zapata. “¿Se puede matar el viento, tú lo crees”, dice uno, a lo que otro responde: “¡No, él no es un río ni el viento, es un hombre!, pero ni aún así podrían matarle”.