Se suicidó el gato

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Al fin y al cabo, tampoco es para tanto; vivir aquí o allá, ganar tanto que más que menos, bailar borracho que sobrio, acostumbrarse al bienestar que al estrés crónico, el mejor champagne que el más barato… Lo mismo da. No hay porqué ponerse quisquillosos, los detalles, los matices, qué importan, no se brinda por eso. La intención es lo que cuenta y el resto puede irse al carajo.

 

“Pues que venga el champagne, un champagne barato, ¿eh?”.

 

Pregúntale al polvo, John Fante

 

 

 

Siempre lo hacemos todo con el mejor de los propósitos, desde luego. Por eso habría que brindar entre otras cosas.

 

Como cuando vemos necesaria una pastilla para que todo encaje. El horario, el sueño, las comidas, la higiene, la tensión de los párpados y la dilatación de las pupilas; el dolor de cabeza, el mareo, las náuseas, el estrés, la ansiedad, los golpes en el pecho, el sudor enfriándose en la frente. Tú solo quieres notar que el orden se restablece.

 

Lo que tienen los somníferos es que hay que elegir bien el momento. De lo contrario todo se puede ir al traste. Aquellos que viajan con frecuencia por trabajo, no arriesgan en los vuelos, se toman una pastilla para dormir y cuando despiertan en el lugar de destino están listos para dos cafés y seis reuniones. Hace poco a mi tío se le complicó el asunto: se tomó la pastilla nada más sentarse en el asiento que indicaba su billete, se relajó y esta empezó a hacer efecto. A los quince minutos, el avión no había despegado por problemas técnicos y desalojaban a todos los pasajeros que tendrían que esperar unas horas en el aeropuerto hasta ser de nuevo embarcados. Vaya. Las azafatas arrastrándole por los pasillos del avión, sus pies fallando a cada tercer paso y sus párpados cerrándose a la fuerza, de forma dulce pero inevitable, su cuerpo derrumbándose ante la atónita mirada de la gente que piensa: pero si lleva corbata.  “Lo malo es que la gente que usa somníferos tiende a hacer cosas bastante raras” escribió Chet Baker en Como si tuviera alas.

 

Claro que uno no elige que se tuerzan las cosas, por eso las buenas intenciones pueden ser maravillosas. Dos amigas se compraron al empezar este verano un pato. Un pato normal, pequeño, amarillo, en una tienda de animales con el objetivo de llevárselo con ellas de vacaciones a la playa convencidas de que el animal crecería hasta convertirse en un pato hermosísimo, y aprendería a volar desde la piscina y lo pasaría en grande. Se imaginaban a la llegada de septiembre con lágrimas en los ojos y el pecho encogido de lástima y orgullo como Tony Soprano viendo al pato partir agitando las alas lanzándose a conquistar el mundo. Nada. Nada de nada. Claro que no, las cosas se torcieron, por supuesto. El pobre pato… Las dos muchachas atosigándole de mimos… El animal al segundo día no vio con buena perspectiva el desarrollo del verano (él era un pato solitario y de principios), quería que el mundo supiese lo que pensaba de su situación y se inmoló. El pobre pato… Las chicas tenían buenas intenciones, siempre es así, pero el pato se echó a la espalda su destino mientras murmuraba “se van a enterar de lo que soy capaz” y se arrojó a las piedras que bordeaban la piscina. El pobre pato…

 

Y no es el único. El otro día nos escribió un amigo desde Buenos Aires desolado porque su gato se había lanzado por la ventana y que venían de enterrarlo. “Pero si los gatos siempre caen de pie” dijimos sorprendidos. “Vivo en un decimosexto piso” contestó nuestro amigo. Al día siguiente me encuentro en Twitter una noticia que dice que un niño de seis años sobrevive a una caída desde un decimosexto piso. Ya sabía yo que era un gato raro. “Le castramos hace un mes por su bien y era feliz, no tenía motivos…” se lamentaba nuestro amigo.

 

Siempre se tuercen las cosas, sí. Todo empieza como algo inocuo y termina por condicionarte la vida. Eres un adolescente intrépido que se gusta sin afeitarse el bigote, y cuando te quieres dar cuenta tienes 57 años, das caladas a un cigarrillo electrónico y tienes cayendo sobre tu labio superior un bigote que ni tu mujer ni tus hijos saben qué esconde debajo; apenas alguna foto de la infancia colgada bajo un marco en el pasillo jura que no siempre fue así. Y de milagro. En el caso de un amigo de mis padres ni siquiera las fotos antiguas le sirven de algo, nunca hubo un antes. Déjate patillas, barba, perilla de chivo…, tarde o temprano te afeitarás y todo volverá a ser como era. El misterio del bigote es que no hay vuelta atrás. Te descuidas un momento y se te olvida cómo era tu gesto sin bigote, entonces ya es tarde, quitártelo sería como inmolarse para el pato y a ti te falta valor para plantarte frente al espejo y quitarle a tu rostro su tesoro más preciado… para qué arriesgarse, te dices a ti mismo. Y llegados a este punto raro es el caso de alguien que se juegue el tipo. Aznar, por ejemplo, sí lo hizo. Pocas veces un mostacho se ha esfumado dejando un vacío tan significante como el de este, casi tanto que parece tener más bigote ahora. Me imagino a Aznar en la barbería (hacerlo uno mismo ya sería demasiado) reclinado sobre la butaca con una toalla húmeda cayendo desde su nariz murmurando lo mismo que el pato: “se van a enterar de lo que soy capaz”.

 

Porque todo son buenas intenciones, como al comprar un pato, tomarse un somnífero, dejarse bigote o incluso quitárselo. Yo mismo las he tenido. Necesitaba unos chelines y decidí dar clases particulares. De lo que sea. Y 10 euros la hora, 10 euros a mi bolsillo, ¡espléndido! Entonces llega el primer día, busco la dirección de la casa, subo al coche, recorro Madrid, encuentro aparcamiento, no tengo un centavo encima, pero una hora después tendré 10 euros, ¡viva!, subo, doy la clase, una clase magistral, de lo que sea, cobro mis 10 euros, mis muy merecidos 10 euros, me despido del chaval al que ya he cogido cariño, es adorable, atento, tiene madera de gran estudiante, un alumno estupendo sin lugar a dudas, y ya tengo mis merecidísimos 10 euros, bajo silbando por las escaleras, salgo a la calle, es un buen día desde luego, me subo al coche, he visto algo, me bajo del coche, rodeo el coche, y debajo del limpiaparabrisas delantero hay colocada con cuidado una nota que dice que he cometido una infracción al no poner ticket de estacionamiento y por lo tanto debo abonar 90 euros de multa. ¡Por infractor! Entonces bendigo mi nuevo trabajo, mis 10 euros y su puta madre.

 

Y claro, así acabas cansándote de todo y lo mandas todo a tomar por culo y decides que lo mejor va a ser largarse. Y sin somníferos ni patos. Bien lejos. A ver mundo, a vivir de verdad sin preocuparte por la densidad de tu bigote. Eso es. Dejar tu trabajo, tus viajes de negocios, tu sofá, tu paro, tu sueño medido… todo al carajo. Marcharte y ya está, dejarte llevar. Como Jack London recorriendo el mundo en un barco pesquero, bebiendo en las tabernas de los puertos, o mejor subiéndote al primer vuelo que salga rumbo a cualquier parte donde recoger manzanas, hacer el amor bajo la lluvia y rendirte disfrutando de tu suerte. Magnífico. Sales de casa con el palo echado al hombro con el trapo enredado al final envolviendo tus cosas y una flor entre los labios dispuesto a todo, contento y silbando, y ¿qué pasa? Que con lo que tienes ahorrado da gracias si te alejas seis metros de tu ciudad, poco más, luego firma esto, firma aquello, dónde está tu seguro médico, tasas, documentación, aquí no entras sin esto o sin aquello, tasas, paga esto, paga aquello, y aquí no puedes quedarte sin tener esto o aquello, y aquí tampoco, y así acaba reducido todo a una sonrisa forzada y la vuelta a casa con la cabeza agachada yéndose a tomar por culo tu espíritu aventurero. Que tu solo querías dejarte llevar un poco, nada, desconectar, darte un garbeo, buscarte la vida, probar cosas nuevas. Yo ya no sé si se puede hacer eso de marcharse a encontrarse a uno mismo. Qué diantres, o son vacaciones pagadas, un pasaporte en regla y un vuelo con somnífero o no hay manera. Lo mejor al final es resignarse, dejarse bigote y comprarse un pato.

 

Desde luego lo único importante es que en todo lo que hagamos estén detrás nuestras mejores intenciones, y el resto ya da igual. Como que te paren en un control de alcoholemia y después de soplar guiñarle el ojo al agente balanceando ante sus ojos un billete de cinco euros (de los nuevos, claro) mientras balbuceas en tono sugerente: Amigo, ¿por qué no lo olvidamos?

 

Al fin y al cabo, tampoco es para tanto; vivir aquí o allá, ganar tanto que más que menos, bailar borracho que sobrio, acostumbrarse al bienestar que al estrés crónico, el mejor champagne que el más barato… Lo mismo da. No hay porqué ponerse quisquillosos, los detalles, los matices, qué importan, no se brinda por eso. La intención es lo que cuenta y el resto puede irse al carajo. Como Arturo Bandini en Pregúntale al polvo hablando de la primera mujer con la que se ha acostado:

 

“(…) y casi virgen además; de no ser por unos cuantos hombres virgen del todo”.

 

 

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Antonio Mérida Ordás
Antonio Mérida Ordás nació en Madrid en 1992, y veinte años después se fue de Erasmus al sur de Alemania en busca de sol y playa. Estudia comunicación audiovisual en la Universidad Complutense y ha colaborado desde Alemania con El Viajero, y a su vuelta a Madrid con Koult.es, y Achtung Magazine. Hasta hace no mucho, ha sido becario de redacción en Canal Plus. También ha trabajado sirviendo champán con una mano, de pinche de cocina, y eligiendo corbatas en Massimo Dutti entre otras cosas. Ahora escribe de cuando en cuando. Le gustan las películas. Twitter: @antoniomerida92 Aquí se viene a desnudarse, a tomar seis tragos, a bailar un boogie-woogie aunque no bailes, a enfundarse los guantes y saltar al ring agitando las caderas, para terminar brindando por un buen polvo o mejor combate.