Sectas

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Nunca comprendí por qué razón la palabra “secta” tiene connotaciones tan peyorativas. El origen etimológico de la palabra no alberga dudas: procede del verbo latino sequi, “seguir”. Secta, por tanto, hace referencia a un grupo de personas que siguen a un líder ―ejemplo académico: Jesucristo y los doce Apóstoles― y arrostran las consecuencias de apartarse de un grupo más amplio al que previamente pertenecían, que es quien precisamente les aplica el marbete de “secta”. El diccionario etimológico de Joan Corominas nos dice que este cultismo es una “línea de conducta”, un “partido”, un “bando” o una “escuela filosófica”.

 

 

Nunca comprendí por qué razón la palabra “secta” tiene connotaciones tan peyorativas. El origen etimológico de la palabra no alberga dudas: procede del verbo latino sequi, “seguir”. Secta, por tanto, hace referencia a un grupo de personas que siguen a un líder ―ejemplo académico: Jesucristo y los doce Apóstoles― y arrostran las consecuencias de apartarse de un grupo más amplio al que previamente pertenecían, que es quien precisamente les aplica el marbete de “secta”. El diccionario etimológico de Joan Corominas nos dice que este cultismo es una “línea de conducta”, un “partido”, un “bando” o una “escuela filosófica”.

 

La primera vez que aparece documentado en nuestra lengua es en El libro del Caballero Zifar, con la ortografía seta. Corominas, en el apabullante artículo que dedica al verbo “seguir” (apabullante como lo son cualquiera de las entradas de su diccionario, una de las novelas más entretenidas que no conozco), nos aporta otros cultismos derivados del latín sequi: “secuaz”, “secundario”, “sectarismo”, “séquito”, “secuela”, “consecuencia”, “ejecutar”, e incluso “exequias” (que curiosamente significa “los que siguen un entierro”).

 

El cristianismo fue inicialmente una secta del judaísmo que tuvo más fortuna ―al menos en número de adeptos― que su matriz; pero ya se sabe que quienes se apartan de un grupo por diferencias insalvables acaban experimentando el mismo destino. La historia de la Cristiandad es la historia de sus sucesivas sectas o escisiones que se fueron convirtiendo en iglesias establecidas que se consideraban, y consideran, a sí mismas, depositarias de los valores esenciales de los primeros cristianos, que a su vez se escindieron del judaísmo, nuestros hermanos mayores,  (religión que a su vez tiene múltiples escisiones, escuelas y sectas, como le sucede al Islam. Por favor, dejemos de pensar en las religiones como algo monolítico. Es un pensamiento de corte y confección que ayuda muy poco a comprender muchas de las cosas que están sucediendo en todo el mundo).

 

Secta, por lo tanto, no tiene porque ser una palabra con connotaciones negativas. Otra cosa es sectario. Es algo análogo a las evidentes diferencias entre amistad  y amiguismo. Siempre habrá sectas, porque siempre habrá personas que, después de una reflexión profunda y meditada, decidan seguir la guía o la inspiración de alguien a quien consideran ejemplar en sus valores, en su conducta, en sus hechos. La vida es movimiento y todo el mundo tiene derecho a cambiar de opinión, cambiar de religión, de ideología o de cualquier otro tipo de advocación. E incluso de tribu. Y hay que tener coraje para abandonar la propia tribu. La soledad que sienten los apátridas y los egregios (es decir, los que se salen de la grey) no es moco de pavo. Ahí reside una de las paradojas o aporías del ser humano: nuestra condición de seres sociales y al mismo tiempo nuestra necesidad de individuación, de ser diferentes, de salirnos de la manada. Aunque esa necesidad, está bastante claro, no es universal. Muchos seres humanos no soportan el vivir a la intemperie del nosce te ipsum, vince te ipsum, vive tibi ipsum: “conócete a ti mismo, véncete a ti mismo, vive para ti mismo”.

 

¿Sectas, por tanto? Sí, claro, cualquier grupo social es en realidad una secta, alguien marca el camino y otros lo siguen. Hasta ahí todo normal. Siempre y cuando no se salga de Poncio para entrar en Pilatos, siempre y cuando no se caiga en el sectarismo, que es precisamente lo que aporta mala reputación a las sectas: el proselitismo indiscriminado, cejijunto y cansino. Eso si es peyorativo. Eso si es derogatorio. Como derogatorio podría ser lo contrario de sumarse a una secta, es decir perseverar en ser mainstream, como se dice tanto ahora. Un anglicismo innecesario donde los haya, cuando tenemos un bellísimo cultismo latino para decir lo mismo: gregario ―el antónimo de egregio―, aquel que no es capaz de separarse de su rebaño, de su rebaño natal principalmente.

 

Por supuesto que puede estar bien adherirse a una secta: si ésta se rebela contra la mediocridad, contra lo feo y aún peor su exaltación: el feísmo, contra la ausencia de normas civilizadas, contra la estupidez, cuando esa secta exalta la virtud, la excelencia y la inteligencia, o, al menos, el respeto y la tolerancia. Como en toda causa, lo que importa es la elegancia: es decir, la capacidad del individuo para saber elegir y discernir a quién va a seguir, y, sobre todo, no perder la propia identidad nunca. Aunque se esté en una secta.