Secuelas y cristos

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Jorge Mario Bergoglio era ya arzobispo de Buenos Aires y cardenal cuando Antonio Romo, sacerdote al que muchos arrinconados colocarían sobre una peana en un retablo, pregonó la Semana Santa salmantina. Confesó entonces, 2003, que cuando reza pone rostros conocidos en la cara del crucificado al que mira, habla y pregunta.

 

 

Jorge Mario Bergoglio era ya arzobispo de Buenos Aires y cardenal cuando Antonio Romo, sacerdote al que muchos arrinconados colocarían sobre una peana en un retablo, pregonó la Semana Santa salmantina. Confesó entonces, 2003, que al rezar pone rostros conocidos en la cara del crucificado al que mira, habla y pregunta. Del costado surge ese cristo como hecho con ligeros cachiporrazos de esponja. En ellos cabrían las «piedades» de Manu Brabo o de Samuel Aranda –y otras más cercanas– o la conducción al sepulcro de Paul Hansen en Gaza, de Hassan Ammar en El Cairo o de Aaron Favila en Tacloban. También esta resurrección en Ceuta, que deja de carcomer si paso con prisa a la página siguiente del diario. La restauradora Isabel Pantaleón me explicó una vez que los crucificados de madera sufren donde se articula el tronco con los brazos, secuela de estar colgados en esa enorme caja de resonancia. ¿Por dónde sufren a los que enganchamos con indiferencia rutinaria? ¿Qué haremos si se agotan las gasas y cierran los talleres de reparación? ¿Les quedará para entonces policromía? ¿Servirá con titanlux?