Sentarse a la orilla de una alberca para resolver un formidable enigma literario, o la literatura como el juego más serio

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En un artículo reciente, Mario Vargas Llosa confesó que aprender a leer fue lo más importante que la ha ocurrido en su vida. No estoy seguro de poder decir lo mismo. De lo que sí lo estoy es de que sin la literatura hace tiempo que estaría mucho más perdido de lo que estoy. En su prodigiosa ambición, los libros abrazan nuestras más sobrecogedoras impresiones, sueños, deseos, sospechas, intuiciones. Nos responden a preguntas que nos seguimos formulando años después de haber abandonado el jardín de la infancia, cuando contemplando sobre todo el espléndido cielo del verano, y con las palabras todavía aureoladas de una luz que parece inmarcesible, de tan nuevas como nos lucían en la boca, nos hacíamos las mejores inquisiciones metafísicas de nuestra extraña existencia.

Tiempo de coronavirus es tiempo de lectura. De lectura aumentada por el tiempo para leer mucho más despacio, con menos distracciones. No en vano mi recurrente imagen del paraíso era una biblioteca bien surtida para varias vidas de ocio y estudio, un buen sofá junto a una ventana para seguir el arco de los días, con abundancia de lluvias, pero no solo, y toda la eternidad para leer. Aunque el coronavirus nos cambiará la vida, no será eterno. Eterno es el tiempo que vivimos cuando nos sumergimos en una lectura que nos absorbe y nos transporta a otra realidad con sus propias reglas.

No diré cómo cayó en mis manos Casa Luna, de Miguel Pasquau Liaño (Ediciones Miguel Sánchez). Baste decir que el autor nació en Úbeda en 1959, vive en Granada, es doctor en Derecho, profesor universitario y magistrado del Tribunal Superior de Justicia de Andalucía. Todo esto es irrelevante, salvo para él (aunque, quién sabe), e irrelevante para abrir la puerta de Casa Luna y hacer caso a un pacto con un diablo familiar en la historia de la literatura y en la historia del hombre y sus litigios con dioses y diablos, la muerte y la inmortalidad. Baste decir que para disfrutar de la lectura conviene dejar los prejuicios y hacer como solíamos cuando el mundo era más silencioso y fugaz que ahora: dejarse recomendar y sacar las propias conclusiones. Es lo que les rogaría, que se dejaran aconsejar y aventurarse en este libro que tiene los ingredientes necesarios para no solo reconocer el aliento de un escritor familiarizado con su estirpe (me refiero a la de novelista), sino que se exige al máximo y nunca pierde de vista al lector. Cuando nos adentramos en la noche de esta suerte de cortijo en medio de olivos, que imagino no muy lejos de su ciudad natal, y seguimos la peripecia en la que nos embarca el relato en primera persona de Marcos Fortuño en pos de un misterio literario tan sorprendente, la emoción y el fervor se dan la mano, y nos entra la tentación de entablar relación con Amalia, de la que no diré más. Lo que me pregunto es si esta prodigiosa historia habrá llegado a oídos de una de las más famosas viudas de la historia de la literatura. Algo que en su día no le pregunte al autor.

Pronto apunta y dispara su hacedor cuando en los primeros compases dice que “la naturaleza humana, sobre todo la naturaleza de los escritores, es muy, muy puta”. Hasta en provincias se sabe, lejos de los corrillos literarios que ya no son lo que fueron, y nadie sabe cómo volverán a ser. El haber dirigido durante apenas dos años uno de los más celebrados suplementos culturales de España me curó de las ingenuidades que a pesar de mis años todavía atesoraba. Comprobé en mis propias carnes que a la hora de exhibir rencor y mezquindades no hay espadachín más vicioso y tenaz que los que a sí se tildan de poetas, y se aseguran además de ser reconocidos, publicados, premiados y bien reseñados a mayor gloria y pecunio. Hoy por ti, mañana por mí. Así se fabrica y perpetúa el diminuto canon de la literatura española contemporánea, donde tan arduo es abrirse un nicho. Qué razón tenía mi estimado Santiago Segurola. Después de haber sido durante mucho tiempo redactor y jefe de secciones deportivas, acabó cayendo en el error de dirigir la sección cultural del rotativo más empingorotado de todos, y reconociendo que la doblez y la maldad era infinitamente mayor en el gremio de los jornaleros de la cultura que en los campos de deportes. ¡Qué afanes!

Pero volvamos a Casa Luna, donde ya apunta maneras, gusto y convicción cuando sale a relucir la devoción del autor (por lo menos del protagonista) por El Jarama, un fervor que ya no nos podrá afear Rafael Sánchez Ferlosio, porque ha tenido el malhadado buen gusto de irse al otro barrio antes de que todo esto empezara a irse de nuevo al carajo por la torrentera de la política (sanitaria, militar, y política a secas, con todo su rastro de metáforas horrísonamente militares).

Si toda novela es un juego en el que el autor que conoce su oficio cumple a rajatabla sus propias reglas, incluso cuando las rompe, y mide con la sombra larga del verano su ambición, Miguel Pasquau Liaño se la juega aquí de una manera que podría parecer temeraria, y lo es. Y sin embargo sale más que bien librado de su empeño de ponérselo difícil tanto a la verosimilitud como al placer. Se bate con la historia de la literatura y lo que un libro puede encerrar y despertar, con el modernismo y la tradición. Pero sin dejar nunca de contar, y de saber contar. Si ya sabíamos que hay autores que pueden ser una ciudad, un mapa del tamaño del mundo, una genealogía, una historia de la literatura en sí mismos, aquí resplandece al apuntar a lo más alto que la literatura puede prometer y promete. Y no diré más por no echar a perder el enigma de un juego muy serio que tiene que ver con lo que esperamos y deseamos ser, y sobre todo con qué estamos dispuestos a entregar a cambio.

Antes de terminar y de invitarles a que esta noche bajen a la alberca con Marcos y Amalia, les dejo con una de las más hermosas frases que a mi juicio atesora este libro que solo invita a seguir al autor por donde quiera llevarnos a partir de Casa Luna, por donde quiera atreverse a seguir jugando tan seriamente: “Como si siguiera vivo”. Y una que podría servir de celoso y fiel colofón, no en vano figura al comienzo de la última página de una novela que terminamos con pesar de que se acabe, como solemos terminar las novelas que nos llevan de la mano a un país imaginario al que no sabíamos que estábamos deseando ir: “Una máscara más en este carnaval infinito que es la literatura de autor”. En tiempo de mascarillas, vengan máscaras. Veamos qué queda después.

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