Sentido y sensibilidad

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Hace unas semanas fui a los toros y vi al Rey Juan Carlos. No sé si a estas alturas todo el mundo recuerda al Rey Juan Carlos. Ayer el Congreso parecía al respecto un multitudinario Mannequin Challenge y eso que no pararon de hablar ¡y de recordar! Yo lo veía así, a todos interiormente como maniquís por pretender pasar el aniversario sin la estrella de la colección...

 

Hace unas semanas fui a los toros y vi al Rey Juan Carlos. No sé si a estas alturas todo el mundo recuerda al Rey Juan Carlos. Ayer el Congreso parecía al respecto un multitudinario mannequin challenge y eso que no pararon de hablar ¡y de recordar! Yo lo veía así, a todos interiormente como maniquís por pretender pasar el aniversario sin la estrella de la colección. Estaban las nietas de La Pasionaria y no estaba el Rey Juan Carlos. Subyace en todo esto una ridícula y ya tristemente conocida pretensión de corrección política. Veo a ese Rey desvencijado y tirado definitivamente en la parte trasera del taller de reparaciones junto con el resto de cachivaches: los nombres de las calles franquistas, sus estatuas, toda su simbología y sus usos junto a la paella y los toros. Hombre, esto es una ignominia que retrata a un país, incluido a su Rey, que es el hijo de aquel. Yo le vi en los toros, a  don Juan Carlos, eso que algunos ven parte trasera y primitiva de España. El Rey Juan Carlos es primitivo. Todos esos otros ancianos de la Transición que sí estaban daban la impresión de mirar al suelo como avergonzados y con la mirada perdida por tan flagrante e incomprensible ausencia, mientras todos esos diputados charlaban como si nada, todos menos los de Podemos y los independentistas que desentonaban como han desentonado toda la vida. Yo veo una impensable cobardía en la ausencia del Rey Juan Carlos. Una cobardía vergonzante por ser tan poca cosa y a la vez tan grande el desprecio que rápido se caricaturiza y se relativiza en la España del tuit. El tuit es el artefacto de despegue definitivo de la chanza española hacia la nada que cada vez más lo envuelve todo injusta y peligrosamente. El Congreso ha perdido la impronta que quizá nunca tuvo con este escamoteo, esta bajeza a medio camino entre la puerilidad y la progrez. El olvido consciente y lacerante que debiera de reprochar hasta el republicano más convencido porque no se trata de monarquía o de sistemas de gobierno sino de sentido y sensibilidad, dos terribles pérdidas de nuestro tiempo.