Ser felices

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Ex contradictione quodlibet

Me pregunto si perseguir la felicidad merece la pena. Muchos se preguntan si son felices. Muchos más se preguntan por qué no lo son. Alguno confiesa en público que es feliz y se ruboriza al hacerlo. Hay quien no se ruboriza si lo confiesa porque se dedica profesionalmente al negocio eudemónico, próspero. La felicidad también se vende y es la reina del mercado de vidas paralelas. Si la vida de uno es un asco, siempre queda el consuelo de matricularse en un café filosófico, o acudir al consultorio del eudemonista de moda, o teclear “felicidad” en Google esperando encontrar lo mismo, pero gratis.

 

Esto último no es aconsejable porque el internauta se arriesga a sufrir el vértigo de la contradicción. O la broma de lo mismo; en la lógica de proposiciones hay una curiosa regla que se llama Ex contradictione quodlibet (a partir de una contradicción, lo que se quiera) y que se formula así: cualquier conclusión es posible si la premisa del argumento es una contradicción. Por ejemplo: “aprovecha al máximo tus ratos de ocio y no hagas nada en tus ratos de ocio”. Conclusión: “soy el Papa de Roma”. O “Mi mamá me mima mucho”. O “El perro de San Roque no tiene rabo porque Ramón Ramírez se lo ha cortado”. Soy feliz y no soy feliz, luego soy feliz y no soy feliz.

 

La receta de la felicidad

Las contradicciones son parte de la vida, ciertamente, pero la felicidad no se vende como una contradicción, sino como una tautología garantizada. A todo riesgo, si es de pago. La búsqueda de la felicidad se ha convertido en la búsqueda de la receta de la felicidad. La felicidad es la alta cocina del espíritu contemporáneo. Los profesionales de la felicidad inducida acaban haciéndose famosos revelando los secretos de su arte. Como cocineros del bienestar anímico, los hay que se especializan en manjares ligeros para el alma atribulada: la sonrisa permanente, el ejercicio físico, el pastilleo euforizante. Otros prefieren las salsas y los almíbares: consejos para hacer amigos, para encontrar pareja o para conservarla, para soportar el agobio laboral o para superar las depresiones ocasionales.

 

Los más honestos son los que descienden al sótano de la condición humana y prometen dinero, fama, poder o sexo ubicuo. Valores seguros cuyo disfrute garantiza felicidad tangible, no inteligible. Si la felicidad es una cosa, la mejor cosa es el dinero, que se transforma en cualquier cosa. Si la felicidad es un estado de ánimo, la felicidad es el poder, porque poder significa que se puede lo que se quiere, como Adán antes de la expulsión del Paraíso. Si la felicidad es una emoción, entonces la felicidad es la fama, porque la fama es una forma de divinización, y ser dioses es un viejo y poderoso anhelo de la especie humana. Si la felicidad es bienestar corporal, entonces la felicidad es el amor carnal, que relaja el cuerpo y apacigua el alma.

 

Saberlo todo

Faltaría el saber, que ha sido durante siglos sinónimo de felicidad. Pero el saber ya no es un mito cultural. ¿Quién encarnaría hoy a un nuevo Fausto? ¿Un biohacker? ¿Un cosmólogo especulativo? ¿Un genetista loco? ¿Un nanotecnólogo? La omnisciencia era el sueño de una ciencia torpona, de retortas humeantes y burdas máquinas metálicas. La ciencia ya no tiene que proponerse como la religión verdadera, ni invocar su amor por la verdad como un camino hacia la felicidad. No le hace falta: la ciencia produce su propia realidad con olímpica desfachatez y cierto desdén hacia los que aún añoran la figura del científico filantrópico, desinteresado y sacerdotal.

 

La ciencia envuelve nuestra vida cotidiana sin que reparemos en ella. Es la ironía del triunfo de la ciencia moderna: cuanta más ciencia penetra en nuestros hogares, menos sabemos de ella, menos sentimos la necesidad faústica de saberlo todo. Cada día ocurren prodigios en cualquier vivienda de clase media: nos untamos afeites nantotecnológicos, cuyos ingredientes penetran en nuestro cuerpo más allá de la epidermis. Compramos leche sometida previamente a un vertiginoso proceso de condensación y rarefacción. Luego la calentamos sometiéndola a un bombardeo de ondas cuya intensidad sólo existe en el espacio interestelar. Tostamos pan en un circuito de metal excitado por un descomunal flujo de energía eléctrica, otro arcano. Encendemos bombillas rellenas de extraños gases fosforescentes. Llenamos el cubo de basura de prodigios tecnológicos: plásticos, espumas, tejidos metálicos, circuitería microcóspica o restos de especies vegetales mutantes.

 

La omnisciencia sería un estorbo para la vida cotidiana; lo mismo empezamos a desarrollar un amor infinito a todos estos logros del espíritu humano y acabamos con síndrome de Diógenes: guardando amorosamente cada plastiquillo, cada couché, cada diskette obsoleto, cada envase futurista, cada resto de biotecnológico e imputrescible chopped pork. Nadie quiere ser feliz de este modo. La fascinación por la omnisciencia es un residuo de la vieja teología.

 

Sin palabras

El caso es que, durante veinticinco siglos, la idea de felicidad ha sido entendida como amor al saber, y su ideal como saber absoluto. Es así en Platón, donde el amor nos conduce, si somos inteligentes, a la ciencia pura, beatífica. Es así en Aristóteles, que convirtió el saber en el bien supremo de la existencia, el premio reservado a quienes ejercen constantemente la virtudes cardinales. Es así en Epicuro, cuya apología del placer debe entenderse como apología de su renuncia en aras de una vida entregada al conocimiento de la naturaleza, vida feliz.

 

Es así en Descartes, que se enorgullecía de sus decisiones vitales porque lo habían conducido a una vida dedicada a la verdad. Y en Spinoza, cuya Ethica ordine geométrico demonstrata acaba así: “El sabio apenas experimienta conmociones del ánimo, sino que, consciente de sí mismo, de Dios y de las cosas con arreglo a cierta necesidad eterna, nunca deja de ser, sino que siempre posee el verdadera contento del ánimo”. La virtud, escribió Spinoza, no conduce a la felicidad, sino que es la felicidad misma, y la virtud consiste en el ejercicio solitario de la inteligencia, la vida del sabio.

 

Renunciando al ideal clásico de felicidad nos hemos quedado sin palabras para hablar con propiedad de ella. La vida moderna no se presta, además, a grandes sutilezas. La banalidad universal no tolera excepciones. El logro de la felicidad se propone según el esquema input/output. Es decir: la felicidad es cosa de proponérselo, de montárselo, de atreverse, de comprar —metafóricamente o no— el kit adecuado.

 

La persecución del viejo ideal de vida feliz se antoja fuente de infelicidad, pues el ansia de conocimiento nos condena a la insatisfacción permanente y la felicidad contemporánea exige satisfacción inmediata.Perseguir la felicidad no merece la pena porque la felicidad no puede ser una meta deliberada, sino la reverberación casi inaudible de una forma de vida. Sobre esa forma de vida hablaremos la semana próxima.

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