Ser uno

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Mis problemas surgen del hecho de no ser uno. Como soy muchos, unos se olvidan de los otros, unos quieren unas cosas y otros quieren otras, y mi vida es en realidad un teselado de muchas vidas discontinuas que se entrelazan difícilmente entre sí, que se desconocen entre sí y en muchas ocasiones que se aborrecen entre sí.

 

No soy uno.

 

Si fuera uno, sabría quién soy, qué quiero y qué no quiero, tendría paz, podría ver las cosas, oír las cosas, recordar las cosas. Si fuera uno, podría vivir la vida de uno, una vida completa y real y no miles de vidas discontinuas y fantásticas.

 

Si fuera uno.

 

Diversidad. Matices. Pero sólo uno puede tener diversidad. Sólo uno puede tener colores. Ser muchos no quiere decir ser complejo, ser diverso o tener muchos matices. Los muchos que me componen no tienen diversidad ni matices ni riqueza alguna porque son breves, inconclusos, inconcluyentes.

 

Tengo la sensación de que no puedo vivir mi vida porque tengo demasiadas vidas que vivir. A veces, el ajetreo de todas esas vidas dentro de mí, cada una con su oficina, con su secretaria agobiada de trabajo, cada una con su agenda que no puede cumplir (porque se solapa continuamente con las agendas de los otros), me produce una desagradable sensación de vértigo y de angustia.

 

Hay uno que piensa que quiere aprender a cocinar comida china. Otro que se propone hacer todos los días tres llamadas telefónicas al menos. Otro que está preocupado por una gotera. Otro que quiere estar al tanto de las exposiciones importantes que ponen en Madrid. Otro que está preocupado porque su hijo no tiene amigos e intenta encontrar soluciones para ese problema. Otro que quiere llamar todos los días a su madre. Otro que piensa que debería ser más activo en Facebook. Uno que desearía comprarse una bicicleta mejor. Otro que piensa que debería empezar a ahorrar para el verano. Otro que piensa que debería ponerse a escribir poesía. Otro que querría organizar un grupo de escritores con ideas afines llamado «La universidad blanca» y no tiene el valor de intentarlo porque cree que fracasará. Otro que se pregunta por qué ha nacido en España, país cuyo funcionamiento no entiende y en el que siempre se siente como ese proverbial tonto que no se entera de nada de lo que pasa a su alrededor. Otro que piensa crear un blog, que cree que debería crear un blog. Otro que desea ir al mar y convertirse en una iguana de las Galápagos, pasarse el día en el agua y en el sol. Otro que desea leer Vida y destino de Vassily Grossman. Otro que piensa que debería vender su casa y comprarse otra. Otro que piensa que tiene que ir a la peluquería. Otro que piensa que tiene que comprarse calcetines, y que quizá es el mismo que el anterior. Otro que querría sacar entradas para conciertos o conseguir un abono para el ciclo Grandes Intérpretes. Y estos son sólo unos pocos, y no los más importantes, ni los más profundos, ni los más inquitetantes.

 

Todos estos tienen vidas independientes y sólo se hacen activos durante breves períodos de tiempo. Hay tantos, y todos están siempre tan preocupados y tan angustiados que no es posible que ninguno de estos que me componen esté activo y consciente el tiempo suficiente como para resolver ninguno de los problemas. Y cuando uno logra imponerse a los demás y, por ejemplo, un día voy y me corto el pelo y me compro calcetines, siempre hay otras decenas o centenares que siguen esperando su turno, agitando su agenda, aullando que nadie les hace caso.

 

No sé quién soy ni qué es mi vida. Soy tantos. ¡Tantos!

 

Todos se llaman como yo. Todos tienen mi cara. Todos usan mi carné de identidad.

 

Me gustaría ser uno.

 

De hecho, en una ocasión (diré que fue en una ocasión por simplificar y por dar más dramatismo a la frase), en una ocasión experimenté la sensación de ser uno. Durante un mes, aproximadamente, fui uno.

 

La sensación era sencilla, muy sencilla. Yo nunca la había experimentado antes. Yo sentía que era uno. Un cuerpo. Una persona. Una unidad. Era una sensación muy placentera, apacible y poderosa.

 

Durante un mes fui uno. Dormía bien. Nunca estaba preocupado. Estaba tranquilo, aceptaba las cosas que sucedían y todas las personas con las que me encontraba me parecían interesantes y todos los lugares donde estaba me parecían hermosos y todas las cosas que hacía, aunque fuera pelar una manzana o aparcar el coche, me parecían misteriosamente llenas de significado.

 

Hay un ritmo. Un ritmo externo a nosotros. No sé qué clase de ritmo es, no sé si es el ritmo de la naturaleza, algo que tiene que ver con el tiempo, con el día y la noche, con las estaciones, o si es el ritmo de la propia vida, el ritmo que tiene que tener la propia vida que uno ha elegido y que se ha inventado. Uno sólo puede ser uno cuando encuentra ese ritmo y vive de acuerdo con ese ritmo. Entonces ya no proyecta ni espera, ni siente angustia ni frustración, porque las cosas suceden cuando tienen que suceder.

 

Ahora mismo tengo a mi lado un plato con tres fresas muy grandes. Son muy grandes, muy rojas y están muy frías. Como una de ellas, y sé que eso es parte de mi ritmo. Pero estoy aquí trabajando muy tarde y sé que eso en absoluto se corresponde con mi ritmo.

 

Ojalá encuentre mi ritmo. Ojalá pueda vivir de acuerdo con él. Así lograré, al fin, ser uno.

 

 

 

Madrid, 1961. Escritor. Estudió Filología Española en la Universidad Autónoma de Madrid y piano en el conservatorio. Fue pianista de jazz y profesor de español. Vivió en Nueva York durante unos cuantos años y en la actualidad reside en Madrid con su mujer y sus dos hijos. Es autor de las novelas La música del mundo, El mundo en la Era de Varick, La sombra del pajaro lira, El parque prohibido y Memorias de un hombre de madera y del libro de cuentos El perfume del cardamomo. Ganó el premio Bartolomé March por su labor como crítico literario. Ha sido además crítico de música clásica del diario ABC, en cuyo suplemento cultural escribe desde hace varios años su columna Comunicados de la tortuga celeste. Su ópera Dulcinea se estrenó en el Teatro Real en 2006. Acaba de terminar una novela titulada La lluvia de los inocentes.

2 COMENTARIOS

  1. «Teniendo todos los caminos,
    «Teniendo todos los caminos, sin camino marcha hacia ningún lugar».
    («Antígona», Sófocles)

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