Serán los tiempos

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«He aprendido a no recordar». José Hierro. Es el secreto para sobrevivir estos tiempos. Ayer uno fue un incurable ser de lejanías y hoy habrá que hacerse ser de cercanías. En el aire no todo es pájaro, amigo Guillén. Ahora las aves vadean vientos de sulfato de fuego, rachas de aceite florecido. Será un signo de los tiempos. Subo la vieja persiana, que suena a rugido de ametralladora. Ya solo a los cristales, llenos de vaho, sucios, confío mis largos suspiros. La tarde de otoño es un hipódromo de cientos de caballos grises, y en esta buhardilla se cuela y crece un crepúsculo de laboratorio. No hay pueblos, no hay ciudades capitales ni largos paseos por encima de los rascacielos. «Llevaba una ciudad dentro / y la perdió sin combate». Así es, Alberti. «Y le perdieron». Así es, Rafael. «Sombras vienen a llorarla, / a llorarle. / Tú, derribada, / tú, / la mejor de las ciudades». Pero he aprendido a no recordar, José, a no recordarla, Pepe Hierro. Y enero ya no es nunca más un corte de pelo en Cuatro Caminos; y septiembre deja de ser un monumento de granizo; y febrero enfebrecido ya no da paso a marzo violeta; y el verano no discurre por una vaera de ovas verdes; y ni pardas ni herrumbrosas son ya las paredes estrechas de esta chimenea de octubre. Las cosas no son como las recordamos. Siempre habrá más robín en los candados de la memoria. Ya todo es nuevo, las horas de la incertidumbre se congelan y revientan en un aguacero de vidrieras, los días arden vertiginosos y vacíos, y las noches se pasan con valeriana doble y temblor a perder la vida. Serán los tiempos. Miro la ventana, habrá que dejar también esta costumbre, esta vieja inclinación del alma. Fachadas de ladrillo visto, antenas como un Gólgota en un valle de tejados a dos aguas, un cielo roto. Alguien, a lo lejos, pone la lavadora y dice que ahora sí que entra el otoño en su casa porque hoy ha encendido la estufa. Dan igual los calendarios, el tiempo pasa y retrocede, y el invierno ya llegó aquella velada de julio, cuando sonó un villancico de la nada, como si la estación fuese un juguete averiado. Estos días de tribulación, estos crepúsculos empañados, sí, son una mota en el ojo de la vida. Al despertar hay que procurar echarse agua fría en el corazón, templarse el pulso a ritmo de la manita del reloj, arrancárselo a la madrugada para aprender a no recordar. Ahora llueve. El hogar se oscurece. «Yo soy como ese rey de aquel país lluvioso…». Baudelaire. Es una lluvia fina, enrobinada, prostática. Serán los tiempos, ay. Serán.

 

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