Shakespeare no ha muerto

0
192

Wimbledon es un lugar verde sostenido por maderas nobles donde los deportistas visten de blanco y los árbitros con corbata. Un Mundial de fútbol, en cambio, tiene esos colores a los que cantan los Rolling Stones en 'She's a Rainbow'.

 

Uno preferiría haber podido ver en abierto por televisión las semifinales del tenis antes que las del fútbol. Wimbledon es un lugar verde sostenido por maderas nobles donde los deportistas visten de blanco riguroso y los árbitros llevan corbata. Un Mundial de fútbol, en cambio, tiene esos colores a los que cantan los Rolling Stones en ‘She’s a Rainbow’, y esa heterodoxia estética de feria popular en la que, desde aquí, se huele a churro y a humanidad. El balompié ha pasado de tener una ya lejana idiosincrasia wimbledoniana (que huele a té), un principio tenístico en todo caso, quizá de cuando aún se llamaba balompié, a convertirse en una visión de playa poblada de poses, teñidos y tatuajes, y tambores y cánticos y bailes. Ambas magnitudes pueden medirse por pantallas, algo así como cantidad frente a calidad; y mientras las que enfocan hoy a Brasil se multiplican por todo el orbe, la de la explanada del torneo por antonomasia se muestra poblada pero recoleta en su pequeño reducto londinense, como una pequeña comunidad ideal y exclusiva. Un lugar donde los caballeros al menos lo parecen. Uno no ve a Luis Suárez de total Slazenger subiendo a la red, ni siquiera (o ni mucho menos) para morderla. En cambio, Fernando Redondo casi podría haber dejado al mismísimo Roger Federer como un villano. También algunos tenistas pegarían más escupiendo en un campo que conteniendo sus impulsos en una pista. El fútbol es un ámbito de telenovela, donde los brasileños este año se hubieran llevado el premio a la mejor interpretación, con Neymar y los suyos asomándose sin reparos al abismo del bochorno en una tanda de penaltis, mientras en Wimbledon aún se estila la tradición (la contención) del teatro clásico, que está interiorizado como imbuido de Shakespeare estaba el profesor de pilotaje de barcos de Mark Twain, al que recitaba de memoria como un idólatra intercalando sus versos con las lecciones prácticas. En general, el histrionismo y el exceso son parte necesaria en el Mundial como la sobriedad y el decoro en el All England Club. Empieza el verano y uno siente que va haciéndose mayor para asistir al espectáculo ruidoso e inmenso de los peloteros, como si tuviera que vacacionar en una playa atestada, prefiriéndose el retiro de los prados lluviosos, silenciosos y corteses, donde todo se dirime en muertes súbitas tan delicadas que da miedo violentarlas con la barbarie de las prórrogas.