Si no es happening… no nos gusta

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Nos gustan las 'primaveras' divertidas e ingenuas. Las multitudinarias protestas en Colombia o en México no tienen futuro porque las marca el estigma de la violencia.

 

Me llama la atención el sistema de reparto de afectos de las masas cibernéticas, es decir, las que marcan qué carajo está de moda, qué está bien y qué está mal. Recuerdo el fervor con el que apoyaban a unos jóvenes turcos de los que ya no saben nada; o la emoción que les provocaban los miles de brasileños en las calles mientras todo fue primavera y justo hasta que apareció la temida palabra: violencia.

 

No logran escalar en la dura loma del trending topic aquellos con pinta de obreros o campesinos o aquellos que son detenidos en medio de «hechos violentos». Lejos del happening han estado las protestas en Colombia, el Paro Nacional Agrario que ha llevado a Juan Manuel Santos a su peor crisis de Gobierno o las deteniciones arbitrarias y violentas de la policía en México DF este domingo, en las protestas en el primer año de gestión de Enrique Peña Nieto. Estamos en un mundo tan ingenuo que parece terriblemente perverso. El poder ha logrado que la violencia estructural pase inadvertida. El hambre, la exclusión política, la falta de acceso a la salud o a la educación son asuntos «naturales», no hay nada de violencia en ellos. También logra que la violencia policial, cada vez más directa y vulgar, se interprete como la respuesta «necesaria» al caos y al terror generado por «agitadores profesionales», «antisistema» tan o más peligrosos para el ciudadano que para el propio sistema. Qué pinche desastre, qué volteo de valores, qué desgracia para el futuro el hecho de que el presente mediático y los afectos masivos se rigen por una semántica tan torcida.

 

Sólo nos gusta el happening sin sangre… un Obama profanando el recuerdo de Martin Luther King antes que el Obama de la guerra; una ‘bonita’ manifestación gigante de niñatos con las manos al cielo en lugar de esa tropa de harapientos campesinos o indígenas armados de palos y machetes… A veces regreso a Günther Anders y su filosofía de la barbarie, a esa brutal decepción que lo aplastó en su vejez cuando, tras décadas de protestas y marchas contra la energía atómica y sus consecuencias, concluía que éstas «no son acciones serias, sólo son ‘happenings’. No son acciones, son apariencias. Una cosa es aparentar y otra es ser. Los que hicimos esas acciones creímos haber traspasado la frontera de la mera teoría, pero éramos sólo actores, en el sentido teatral. Hacíamos teatro por miedo a actuar verdaderamente. Teatro y no-violencia son parientes muy cercanos».

 

Pero el miedo al miedo es mayor que la evidencia de la verdad y en este tiempo de espectáculos y de mentiras sólo nos sirve el happening. Que así sea.

Me perdí en Otramérica, esa que no es Iberoamérica, ni Latinoamérica, ni Indoamérica, ni Abya Yala... y que es todas esas al tiempo. Hace ya 13 años que me enredé en este laberinto donde aprendí de la guerra en Colombia, de sus tercas secuelas en Nicaragua, de la riqueza indígena en Bolivia o Ecuador, del universo concentrado de Brasil o de la huella de las colonizaciones en Panamá, donde vivo ahora. Soy periodista y en el DNI dice que nací en Murcia en 1971. Ahora, unos añitos después, ejerzo el periodismo de forma independiente (porque no como de él), asesoro a periódicos de varios países de la región (porque me dan de comer) y colaboro con comunidades campesinas e indígenas en la resistencia a los megaproyectos económicos (porque no me como el cuento del desarrollismo). Este blog tratará de acercar esta Otramérica combatiendo con palabras mi propio eurocentrismo y los tópicos que alimentan los imaginarios.