Si no es laico, ¿qué es?

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Últimamente oímos hablar mucho de la “dictadura del laicismo”. Uno cada vez se sorprende menos de las cosas, pero confieso que cada vez que escucho el remoquete, algo se me mueve en el interior. ¿Cómo puede haber una “dictadura del laicismo”? ¿Cómo puede alguien sentir que lo laico es “dictatorial”? El estado español es “aconfesional”, pero al parecer no es laico del todo. Uno, que no siente el menor interés por las leyes se sorprende mucho al enterarse de cosas como ésa. Pero ¿cómo puede no ser laico, totalmente laico el estado español? ¿Cómo puede un estado moderno no ser laico? Si no es laico, ¿qué es? Pero observemos el término en sí. Lo cierto es que no tiene ningún contenido.

 

Quiero decir que es un término que se define por negación. «Laico» es aquello que no es religioso. El término “laico” existe porque existe el término “religioso”. Si no existiera éste, aquél no tendría razón de existir y se desvanecería en el aire. Laico significa “lo que no es religioso”, pero no significa “anti religioso”, y una actitud laica no es la que niega la religión, o la persigue, o la critica, o la que defiende otro tipo de pensamiento o de creencias, del mismo modo que “soltero” no significa “persona que está en contra del matrimonio”, ni “desnudo” significa “persona que no desea vestirse y está en contra de la ropa”. Si nuestro país no es laico, ¿qué es? En esto no se entra casi nunca, porque una de las maravillas de la discusión intelectual (llamémosle así) de nuestro país es que en realidad nadie habla de nada, nadie discute nada, nadie responde a nadie y nadie escucha a nadie. Pero si no es laico, ¿qué es? ¿Religioso? ¿Un país católico? ¿Un país que se define como católico? Yo no creo que ni siquiera la iglesia quisiera una cosa así. Sería dar un salto al pasado de unos quinientos años. Sería un cataclismo. Sería regresar a la antigüedad. ¿De qué habla la iglesia cuando habla de “la dictadura del laicismo”? ¿De qué habla el papa cuando habla de “la dictadura del laicismo”? Un estado moderno tiene que ser necesariamente laico, porque si no es laico, entonces no puede ser democrático. Y si no es democrático, entonces ¿qué es?

 

Laico no quiere decir antirreligioso: quiere decir que la religión y la política están separadas, y que nadie está por encima de la ley. No sé si esto suena muy poético, pero lo cierto es que decir que nadie está por encima de la ley es el arma más poderosa de que disponemos para seguir siendo libres. El ejercicio de la ley en un país democrático que respeta los derechos humanos. ¿No es eso lo más importante a que podemos aspirar – en nuestra vida pública, en nuestra vida como seres sociales? Y ninguna de esas tres cosas, ni la ley, ni la democracia, ni los derechos humanos, son cosas que tengan que ver directamente con la iglesia. Son conquistas de la modernidad, conquistas del llamado “laicismo”. La iglesia debería abrazar el laicismo del mismo modo que defiende la razón, del mismo modo que defiende la tolerancia o la ciencia. El problema, me temo, el verdadero problema, es que la iglesia siente que si se le deja fuera de la esfera de la política, se le deja sin esfera. ¿Por qué? Porque ha perdido su verdadera esfera, que debería ser la esfera del espíritu. Cristo lo dijo con mucha claridad: “mi reino no es de este mundo”, y en otro lugar, “hay que dar a César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios”.

 

A muchas personas nos parece ligeramente extraño que la iglesia se meta en política, que dé su opinión sobre temas que son de estricta incumbencia de los representantes legales de los votantes, que vaya tan lejos en ocasiones como para tomar claramente posturas políticas o apoye a un partido o denoste a otro. Pero para la iglesia no hay ninguna contradicción, porque si la iglesia no se mete en política y no opina de temas de actualidad, ¿de qué va a hablar? Esto mismo se preguntaban Richard Rorty y Gianni Vattimo en un pequeño diálogo sobre la religión publicado hace unos años. Si el papa no habla de los anticonceptivos, se preguntaban los dos filósofos, ¿de qué va a hablar? Y Vattimo se considera a sí mismo católico. Si uno no supiera que la mayoría de esas frases lapidarias van dirigidas a la galería, sentiría verdadero miedo cuando oye expresiones como “dictadura del laicismo”.

 

Porque son los estados que no son laicos los que son verdaderas dictaduras. El laicismo no es una filosofía, una ideología o una creencia como puedan serlo el materialismo, el marxismo o el ateísmo, ni es una interpretación de la realidad, ni es una ideología, ni afirma ni niega nada. El laicismo es neutro: los que defienden una sociedad laica no defienden una sociedad sin religión, sino una sociedad donde la religión no sea quien dicte las normas.

Madrid, 1961. Escritor. Estudió Filología Española en la Universidad Autónoma de Madrid y piano en el conservatorio. Fue pianista de jazz y profesor de español. Vivió en Nueva York durante unos cuantos años y en la actualidad reside en Madrid con su mujer y sus dos hijos. Es autor de las novelas La música del mundo, El mundo en la Era de Varick, La sombra del pajaro lira, El parque prohibido y Memorias de un hombre de madera y del libro de cuentos El perfume del cardamomo. Ganó el premio Bartolomé March por su labor como crítico literario. Ha sido además crítico de música clásica del diario ABC, en cuyo suplemento cultural escribe desde hace varios años su columna Comunicados de la tortuga celeste. Su ópera Dulcinea se estrenó en el Teatro Real en 2006. Acaba de terminar una novela titulada La lluvia de los inocentes.