Si un viajero inglés una mañana de marzo…

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No puedo reproducir las aventuras de Lawrence G. Marshall por los ferrocarriles de viaje estrecha española, pero me las puedo imaginar. La mayoría de estos ferrocarriles han desaparecido y nunca volverán. En algunos casos nos queda un camino, en otros casos no queda nada. Podemos saber por dónde pasaban los trenes, pero nunca los volveremos a ver, sólo en las fotos y en algunas pocas películas que se grabaron cuando aún funcionaban. Las películas son generalmente en Super 8, mudas, con una calidad maravillosamente deficiente, con sus fallos, sus cortes abruptos, sus imágenes desenfocadas, pero cuando por fin el cámara atina (un amateur siempre, un aficionado a los trenes que tuvo la suerte de grabar un testimonio en directo de un mundo que iba a desaparecer en poco tiempo), las imágenes son fantásticas, tenemos el tren y sus pasajeros, tenemos a los maquinistas y revisores, tenemos la caldera y el hollín, el humo y el carbón, tenemos al jefe de estación haciendo su trabajo mientras nos sonríe, tenemos el paisaje, un paisaje que ya no existe, como los trenes que lo cruzaban.

Por desgracia películas hay muy pocas, aunque por suerte tenemos un buen número de fotografías, y muchas son curiosamente de viajeros ingleses. Durante los años sesenta y setenta, además de venir a las playas o en su caso a ver los museos, iglesias y todo eso que tienen que ver los turistas cuando no están tomando el sol ni están de fiesta, se dedicaron a viajar por el interior del país en los viejos trenes de vapor, y sus fotos luego acabaron en libros editados en Inglaterra. Con el tiempo algunos de estos libros se tradujeron al castellano y así los que no tuvimos la suerte de vivir esa época, podemos al menos imaginar lo que debieron ver y vivir estos viajeros.

Tengo que decir que algunos de ellos cuentan muy poco. Son fotógrafos pero no escritores. Los libros son increíbles desde el punto de vista fotográfico, aunque cuando quieres saber algo más, cuando quieres conocer la historia que hay detrás de cada fotografía, te quedas con las ganas. Es muy decepcionante, porque seguro que vivieron muchas aventuras, pero por alguna razón extraña no quisieron compartirlas con sus futuros lectores. Por eso, cuando alguno de estos viajeros-fotógrafos se molesta en añadir a los pies de foto algo más que los mínimos datos prácticos, o incluso se molesta en hacer una pequeña introducción en cada uno de sus capítulos de sus libros, uno no puede dejar de sentir por el autor una gratitud infinita. Y esto es lo que sentí la primera vez que leí los comentarios que Lawrence G. Marshall tuvo la buena idea de incluir en su libro “Recuerdo del vapor en la vía estrecha española”, porque una foto puede ser buena, muy buena o maravillosa, pero una foto con su correspondiente historia detrás en un libro condensado en unas líneas, una novela, un ensayo sobre el ferrocarril español, un tratado sobre una época y un mundo que nos resulta tan increíble que no parece real, y  que sin embargo fue real hasta hace relativamente pocos años.

Por eso ahora vuelvo a abrir este libro por la página 199. Veo una foto muy parecida a otras que he visto, en el mismo sitio, una máquina de vapor parada junto a un depósito de agua, con tres empleados del ferrocarril (el maquinista, el fogonero, y otra persona sin determinar) haciendo su trabajo rutinario con la salvedad de que, aunque en la fotografía en blanco y negro no se perciba más que en el suelo mojado, está lloviendo. Ninguno de los tres lleva paraguas ni parece muy preocupado por la lluvia. Estamos en un punto perdido entre las montañas. El lugar tiene un nombre muy especial, el “Barranco del infierno” y hoy en día es un sitio perfecto para excursiones, pero a finales del siglo XIX, cuando un ingeniero inglés desembarcó en Gandía con el encargo de construir un tren, el nombre no le pareció exótico sino que lo llenó de miedos. Pese a todo, con grandes problemas y trabajos, se consiguió que el tren llegara a Alcoy.  Aunque una cosa es hacer pasar un tren vacío y otra cosa es hacer pasar un tren lleno y de subida. Por eso, aunque no hay ninguna estación, tuvieron que hacer un depósito de agua, porque el tren llega hasta aquí sin fuerzas, desde que salió de Gandía no ha hecho otra cosa que subir y subir, ha cruzado túneles y grandes puentes, y necesita un descanso que nunca se sabe cómo de largo va a ser. Por eso, porque ya llevamos varias horas de viaje (y porque no se sabe cuántas más vamos a estar en el tren, en un asiento de madera muy poco confortable)  los viajeros aprovechan para bajar a las vías y estirar un poco las piernas, dar un corto paseo. Junto al tren, entre las rocas y los matorrales (en ese momento hay pocos pinos en las sierras, podemos ver que la zona estaba desforestada gracias a las fotos), corren las aguas del río Serpis, que el tren tiene que seguir para llegar al valle de Alcoy. El 23 de marzo de 1960 los viajeros no salen del tren para pasear, ninguno saldría a algo así en medio de una tormenta. De hecho no saldría si no tuviera más remedio…

El 23 de marzo de 1960. después de un viaje de 20 kilómetros desde Gandía, la nº 6 llegaba al desfiladero y tomaba agua en plena tormenta. En medio del diluvio los viajeros fuimos amablemente invitados a bajar del tren y empujarlo desde atrás. ¡No conseguimos mucho, en cambio, la arena seca fue más útil!

Sí, este pie de foto cambia la situación radicalmente. Y uno piensa si el autor, mientras tomaba esta fotografía, bajo la tormenta él también, imaginaba que minutos después estaría empujando un tren junto con otros viajeros… ¡¡Empujando un tren!! Como si fuera fácil… Y uno piensa qué pensaría este inglés de los trenes españoles, si se lo tomaría con humor o si no le haría ninguna gracia, sobre todo al comprobar que sus esfuerzos no resultaban muy satisfactorios. En realidad, todo este tren era una aventura constante. Tenía hora de salida, por la tarde, y tenía hora de llegada, por la noche, pero concretar era imposible. Y a veces el motivo del retraso no era una avería, ni siquiera una tormenta terrible, sino cualquier cosa, como cuando unos pasajeros quisieron subir al castillo de Lorca, que está en un monte junto a la estación, y al escuchar el jefe de estación que pensaban continuar camino con el siguiente tren les contestó tranquilamente: “Suban ustedes al castillo, que el tren les espera”. Y eso fue lo que pasó, que los viajeros subieron al castillo, y al bajar el tren les estaba esperando, sin prisa, porque la palabra “prisa” y la palabra “puntualidad” eran conceptos inexplicables en este ferrocarril y a todo el mundo le parecía normal, o al menos no se quejaban mucho. O sí se quejaban, pero por otro motivo, como sucedía algunos días en la doble estación de Agres, donde la vía estrecha se encontraba con la vía ancha, y los maquinistas, fogoneros, revisores y obreros de ambas compañías se entretenían jugando a las cartas, o a algún otro juego de mesa, como el dominó, y según nos cuentan algunos testigos, el tren hacía Villena no salía hasta que acababa la partida pero si el maquinista perdía luego iba de muy mal humor. Y ese era el único motivo de queja, el humor de perros del maquinista, no el retraso que llevaba el tren, que eso era una cosa habitual, sino el mal ambiente que se vivía dentro del automotor (esta anécdota se refiere a una época posterior a la que vivió L. G. Marshall, cuando las máquinas de vapor fueron sustituidas por automotores diésel). En este momento, viajar en tren, pese a todo, seguía siendo una forma barata de viajar. Las carreteras eran pésimas, la mayoría de la población no podía permitirse tener un coche propio. El tren de Alcoy a Gandía, por ejemplo, se llenaba los fines de semana de familias que se iban de excursión a la playa. Y esa era prácticamente la única forma de llegar a la playa. Todo el día era una aventura emocionante, y el viaje en tren era una parte importante de esta aventura.

En 1969 ese mundo iba a terminar violentamente…

El 27 de mayo de 1969 la número 5 entra en la estación de Villena con un tren mixto que incluía vagones para el desguace y un automotor en cola (…) Minutos después el automotor es desenganchado y los vagones son llevados a la zona de mercancías, donde les prenden fuego. Fue un espectáculo increíblemente triste…

Sí, eso es poner un pie de foto, un pie de foto que aporta datos objetivos y que nos dice algo más, nos habla del autor, de lo que siente el autor, de lo que piensa el autor… “increíblemente triste”. Sí, lo mismo que pensaríamos nosotros si viéramos con nuestros propios ojos el final de un ferrocarril, los últimos trenes, los últimos viajes, el trabajo de destrucción de unos hombres que durante toda su vida han trabajado en lo contrario, en mantener vivo su ferrocarril. Esta foto, sin ese pie de foto, sería una foto normal, del montón, pero con unas pocas palabras la perspectiva vuelve a cambiar radicalmente, porque de no ser por eso uno podría pensar que está viendo un viaje cualquiera de un tren de mercancías, y no, no es eso lo que está viendo, por desgracia sin querer ser testigo (como el fotógrafo, que estaba ahí de casualidad), lo que está presenciando es el ocaso de un mundo ferroviario, las últimas máquinas de vapor, los últimos días de un modo de viajar y de vivir. Luego llegarán las fincas modernas a ocupar los terrenos de las estaciones, llegarán los coches y llegarán las buenas carreteras. Crecerán los pueblos y ciudades y se olvidará el tren durante muchos años. Hasta que viejas fotos lo rescaten del olvido.

 

 

(Estación de Lorcha, a los pies del castillo que vigila la entrada al desfiladero)

 

(Estación del «Chicharra» de Agres, ferrocarril de vía estrecha que unía Alcoy con Cieza, antes del derrumbamiento parcial del año 2020)

 

(Estación de Agres desde la vía de Renfe, después del derrumbamiento parcial del año 2020)

 

 

(Estación del «Chicharra», estado actual)

 

(Estación de vía estrecha de Villena, situada junto a la de vía ancha)

 

Nací en 1970 en Valencia. He vivido en Orihuela, Madrid, Bruselas, Alicante, Barcelona y Debrecen (Hungría). He escrito en muchas revistas, como: “Cuadernos del matemático”, “Hypérbole”, “Papel de Periódico”, “La Soga” , “Le Miau Noir”, “Circe”, “Kopek”, y “Jot Down” . También he ganado algunos premios, como “Miguel de Cervantes”, “Jaume Roig”, “Vila de Canals”, “Diputación de Castellón”, “Ciudad de Getafe”, “Cortes Valencianas”, “Marco Fabio Quintiliano”, “Dionisia García”, “Mariano Roldán” y “Villa de Cox”). He publicado novelas, libros de poesía, de relatos y de ensayo. También hago fotos.