Siempre contigo

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En medio de los estertores de la canícula, del incendio intencionado en un paraje cerca de mi ciudad accidental y del berrido político y social que siempre me acompaña por desgracia, uno mira con envidia la despedida con honores de jefe de Estado de Jean-Paul Belmondo en la explanada de Los Inválidos, el panteón donde está sepultado Napoléon y otros personajes ilustres de Francia. Allí, en ese espacio tan amplio, el féretro cubierto con la bandera nacional, es porteado por soldados republicanos con uniforme de gala ante la mirada del presidente Macron y su esposa mientras una orquesta militar interpreta la banda musical de uno de sus filmes, El profesional, del desaparecido compositor Ennio Morricone. Las imágenes muestran los aplausos y las lágrimas de la gente que asiste al acto. Impactan.

Como señaló en uno de sus tuits Arturo Pérez-Reverte, ésa es una de las ocasiones que a uno no le importaría tener la nacionalidad francesa. A él y a mí también. La cultura y el reconocimiento público de quienes destacan no está entre nuestros puntos fuertes y menos aún respaldada por el poder del Estado. En los gobiernos de la democracia el Ministerio de Cultura ha sido poco menos que un apéndice si se exceptúa quizás la creación del Instituto Cervantes. El actual ministro sabe mucho de nacionalismo catalán y de música de discoteca, pero dudo mucho que esté allí por méritos. Y el anterior duró dos minutos, aunque casi mejor. Y eso que nos distinguimos por saber despedir con elegancia (no siempre) a personalidades políticas vilipendiadas en vida. Recuerdo sobre todo el reconocimiento que recibió Adolfo Suárez o figuras como Pasionaria y Tierno Galván.

En la cultura bastante menos. El Estado no se muestra tan generoso, tan obligado a elogiar la memoria del desaparecido y menos aún si el fallecido tiene una ideología distinta a quien gobierna en ese momento. Se muestra desconfianza sobre todo con las letras. Pero esto es lo que hay, esto es lo que somos, detractores en vida y obsequiosos cuando nos conviene en muerte. Es la gran hipocresía que va en nuestro código genético.

En esas estaba yo, sumiso en mis estériles reflexiones, cuando un buen día de la semana pasada me metí en el cine a ver a primera hora, por recomendación de amigos, una película israelí que me fascinó, Siempre contigo, rodada antes de la pandemia y dirigida por Nir Bergman e interpretada por dos fabulosos actores, Shai Avivi y Noam Imber. El primero fue premiado en la Seminci de Valladolid. Pongo los nombres por respeto, pero es la primera vez que los oigo.

Éramos sólo tres espectadores en la sala provistos de la incómoda mascarilla, pero se percibía la emoción, el drama y también el humor de una cinta que aborda con bastante objetividad, a mi juicio, la enfermedad del autismo. Ninguno de nosotros se levantó de la butaca hasta que no encendieron las luces. Y no necesité de dos horas o más para disfrutar lo que allí se me contaba. En el reciente festival de Venecia se ha exhibido un filme filipino que supera, al parecer, más de cuatro horas.

La historia se centra en la relación de un padre separado, que vive con su hijo autista, para quien la madre ha obtenido con esfuerzo plaza en un centro especializado para jóvenes enfermos de autismo. Ni el marido ni el chico quieren romper el vínculo convivencial y emocional que los une. La dependencia del hijo con el padre es enorme, pero en cierto modo también la de éste con aquél.

¿Qué hacer si dos personas se llevan bien, se entienden, se quieren y tienen unos cánones de conducta comunes pese a que uno de ellos sufre un trastorno cerebral que le causa desorden en ocasiones? La peli israelí refleja que no es sencilla la función del padre, un individuo que se ha retirado voluntariamente de su profesión de dibujante y grafista de éxito para dedicarse fundamentalmente al cuidado del hijo y tratar de comprender lo que resulta difícil de entender desde la lógica racional de un individuo sano.

Seguramente es tal la intensidad, el estrés con la que un padre o una madre viven y sufren el trastorno de un hijo o una hija autistas que llegan a perder el sentido de la realidad. Al principio quieren integrar al enfermo a la normalidad, pero al ver que fracasan intentan ser ellos quienes se adentran en en ese mundo oscuro, de aislamiento e introversión. Desgraciadamente el fracaso es igual de estrepitoso. Tal vez son los hechos, la realidad cotidiana, la que se encarga de encontrar un punto medio. En cualquier caso, debe de ser muy complicado convivir con un autista y supongo que la tensión llega a tal extremo que es causa de rupturas familiares.

El director de Siempre contigo cierra muy bien la película, aunque yo desde mi butaca hubiese querido otra final. El mismo que Charles Babbitt (Tom Cruise) pretende tener con su hermano Raymond (Dustin Hoffman) en la oscarizada Rain Man, una película de Barry Levinson que recuerdo haber visto por primera vez en Tokio en 1989 y que desde entonces siempre que puedo y no tengo cosa mejor que hacer veo con gusto en la tele y con un punto de pena. Hay secuencias que me sé de memoria, que muestran las obsesiones de Raymond, su capacidad para realizar operaciones aritméticas o aprenderse de memoria el listín telefónico pero desconocer el precio de una manzana. O por el contrario, la frustración de su hermano menor Charles para aprovecharse de las habilidades del otro pero al mismo tiempo mostrarle verdadero cariño. Para mí la actuación de Hoffman y también la de Cruise son extraordinarias.

Siempre me he preguntado cómo me comportaría si hubiese tenido un hijo o una hija autista. Lógicamente, más allá de la atención y el cuidado médico que exigiría el trastorno, trataría de estar con él o con ella, darle el mayor afecto posible, desarrollar aquellas habilidades intelectuales que mostrase en el supuesto de que tuviera un cociente de inteligencia alto, que no parece que sea el caso del autismo. Sin embargo, todo eso no serviría para mucho. Tendría que aceptar la dura realidad de la enfermedad y admitir que yo no podría adentrarme en su mundo oscuro, incluso aunque hubiese momentos de camaradería entre ambos. Por eso me gusta cómo terminan películas como Siempre contigo o Rain Man. ¡Qué grande es a veces el cine y cuánto disfruto y aprendo de algunas películas!

 

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Bosco Esteruelas es periodista y escritor. Ha trabajado en El País como editorialista y corresponsal en Tokio y Bruselas, y antes en la agencia Efe en las delegaciones de Roma, Washington y Londres. Ha sido también portavoz de la FAO (Organización de las Naciones Unidas para la Agricultura y la Alimentación) y de la Comisión Europea. Ha publicado cuatro novelas, "El reencuentro" (2011), "Todo empezó con Obdulio" (2012), "Retorno a Zumaia" (2014 y "Gracias, asesino" (2020), y una colección de relatos titulada "La chica de Tsukiji" (2014)   En esta bitácora quiero observar e interpretar la realidad política y social desde fuera de la jungla urbana

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