Siete fantasmas

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Todos han buscado y buscan y, llegados hasta aquí, puede que nadie lo haga mejor que los que buscan las olas del mar y se nutren de ellas. Hacia un destino cálido, salado y soleado cuyo dios no es Buda sino El Gran Kahuna.

 

El que busca encuentra, dice el apóstol San Mateo. Y hay búsquedas de todos los colores, quizá las más solicitadas por nosotros, pecadores, el dinero y también la felicidad, que no se sabe muy bien qué es por difusa y variante. El rey Arturo buscaba el grial. El príncipe Siddharta buscaba el nirvana. Hitler buscaba judíos. Wiesenthal buscaba nazis. Sherlock Holmes indicios. Indiana Jones el arca perdida. Uno busca trenes y cuando los encuentra no deja de mirarlos hasta que desaparecen para que se cumpla el deseo. Los hay que buscan el más difícil todavía, como aquello de la felicidad. Buscan amor, tan caro, tan esquivo. En los programas de televisión buscan amigos, hermanos, padres, madres, amantes desaparecidos, olvidados o dejados en el tiempo. En una película española se buscaban “fulmontis”, y en otra estadounidense buscaban al soldado Ryan. A Billy el niño se le buscaba en Nuevo México, y a Jesse James en Missouri. Se buscan niños y ancianos desaparecidos. Un avión malasio. Los libreros de viejo buscan libros viejos. Marco buscaba a su madre… Todos han buscado y buscan y, llegados hasta aquí, puede que nadie lo haga mejor que los que buscan las olas del mar y se nutren de ellas. Hacia un destino cálido, salado y soleado cuyo dios no es Buda sino El Gran Kahuna. Uno ha llegado hasta Indonesia vía youtube y ha encontrado a  los siete fantasmas, a the bono, que no es el de U2 ni el expresidente del Congreso sino una ola increíble, marrón y hermosa. La ola del río Kampar que sopla la luna cuando se acerca y altera los sentidos, y las almas y los elementos. Y la han surfeado como un sacrificio ineludible a su divinidad. Cuando Keanu Reeves en ‘Le llaman Bodhi’ va a comprarse una tabla en una tienda de la playa, el niño que le atiende le dice: “nunca es tarde para hacer surf”. Él contesta: “¡sólo tengo veintisiete!”, y aquel le responde: “pues eso, nunca es tarde. El surf te cambiará la vida. El surf lo es todo”. Y parece cierto. Surfear las olas azules y marrones y blancas y negras de la existencia sin alejarse de la playa, buscando como no perder el equilibrio entre la espuma de los días.