Siete mil metros diarios

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Tenía los labios gruesos y el gesto de su boca hacía pensar que llevaba una puntada de hilo por debajo del labio inferior. Las gafas redondas de gruesa pasta negra le daban un aire de los años sesenta que en realidad era un aire de vecino quisquilloso...

 

Tenía los labios gruesos y el gesto de su boca hacía pensar que llevaba una puntada de hilo por debajo del labio inferior. Las gafas redondas de gruesa pasta negra le daban un aire de los años sesenta que en realidad era un aire de vecino quisquilloso. Nico le llamaba Mr. Yunioshi, pero sólo en secreto porque estaba seguro de que ninguno de sus compañeros podía saber ni remotamente quién era Mr. Yunioshi.

 

Cada vez que le gritaba desde el borde de la piscina al principio del entrenamiento se reía para sí porque le imaginaba completamente mojado y enfadado advirtiéndole desde el último piso por el hueco de la escalera; pero luego, cuando los gritos continuaban ya no pensaba en nada, si acaso en que no entendía que le gritara tanto (también les gritaba a los demás) pues al menos a él nunca se le había ocurrido llamar de madrugada a su portero automático.

 

A Nico se le daban bien todos los estilos menos la espalda. O eso le habían dicho. Sin embargo, la primera medalla de oro que ganó en su vida fue en los cien de esa modalidad en unos campeonatos regionales. Aquel día se lanzó al agua, o mejor dicho se impulsó desde la pared dentro del agua, sin hacer ningún caso a las indicaciones de Mr. Yunioshi, entre otras cosas porque la nueva técnica que trataba de enseñarle le hacía hundir demasiado la cabeza y no podía respirar.

 

Después de aquel día y a pesar del triunfo, Mr. Yunioshi fue tan insistente en sus teorías natatorias que Nico nunca volvió a ganar ninguna medalla a espalda y casi ninguna a cualquier otro estilo. Todos esos metros en la piscina, siete mil diarios, comenzaron a producirle a Nico un irresistible e imaginario dolor de tripa que Mr. Yunioshi no se creía y trataba de hacerle olvidar tensando la puntada de su labio inferior.

 

Juan era el mejor amigo de Nico dentro del equipo. En la escuela el nivel de Juan había estado siempre un poco por debajo del suyo, pero ahora estaba por encima. A Juan le impulsaba desde hacía más o menos un año una fuerza misteriosa que le había hecho convertirse en uno de los mejores nadadores del grupo. Una especie de furia se apoderaba de él en el agua y cuando le adelantaba en los entrenamientos y sobre todo en las competiciones, Nico podía ver nítidamente bajo la superficie como a Juan le recubría un halo que producía un efecto de hélice de submarino.

 

Juan era delgado y pálido. Solía tener ojeras que unos días eran más visibles que otros. Mr. Yunioshi decía que las ojeras eran normales en los deportistas, aunque siempre daba la impresión de que omitía precisar que las ojeras eran normales sólo en los buenos deportistas. Juan tenía unos ojos redondos de pez que mostraban una alegría incansable que a ratos parecía inevitablemente forzada. Una vez ganó los campeonatos de Madrid en los cien libre imponiéndose a Carlos Botella, que era el mejor nadador del club y de Madrid y probablemente de toda España, y su alegría fue de una moderación desoladora. Una alegría sujeta y dudosa en sus vidriosos ojos de pez.

 

Juan hablaba como nadaba: haciendo mucha espuma. Era uno de los gallos del equipo pero no ejercía como tal. Hablaba en el agua y fuera de ella a través de su espuma y eso parecía suficiente. Nico había asimilado que la mejora en el rendimiento de Juan había hecho mella en su carácter, aunque quizá había sido al revés. Seguía siendo el mismo compañero bromista, nervioso, pero a ratos lo poseía, verdaderamente lo poseía, una quietud sorprendente como si el propio Juan hubiera salido, quién sabía hacia dónde, de un cuerpo inerte.

 

Una tarde después del entrenamiento no había ido nadie a recogerle. Esperaba sentado en las escaleras de la entrada del club. Era una tarde de principio del verano en la que el sol empezaba a ocultarse por detrás del montículo del parque. La madre de Nico le preguntó si quería que esperaran a que llegasen sus padres y Juan les dijo que no se preocuparan porque ya llegarían, justo cuando un coche apareció por la puerta del pequeño aparcamiento. Él se levantó de las escaleras y dijo «¡adiós!» y «¡gracias!» mientras se alejaba corriendo con su bolsa de deporte al hombro hacia la puerta del copiloto que su padre había abierto desde dentro, de donde salía una música estridente que a Nico le pareció que sonaba demasiado alta.

 

Nico nunca le dijo a nadie lo que le pareció ver fugazmente en la guantera de la puerta del coche del padre de Juan antes de que ésta se cerrara, no exactamente por la misma razón por la que nunca le dijo a nadie que él al entrenador le llamaba Mr. Yunioshi.