Silencios atronadores

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“Algunos lloriquean piadosamente, otros blasfeman obscenamente, pero nadie o muy pocos se preguntan: ¿si hubiera tratado de hacer valer mi voluntad, habría pasado lo que ha pasado?”

Antonio Gramsci, “Odio a los indiferentes” (1917)

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En Stefan Zweig: Adiós a Europa, estrenada en 2016, la realizadora María Schrader exploraba los últimos años en la vida del escritor austriaco a través de una serie de cuadros que mostraban parte de la última etapa de este intelectual judío que, huyendo de los nazis, acabó abandonando Europa y refugiándose en el continente americano, donde, concretamente en Brasil, acabaría suicidándose en 1942 junto con su esposa Lotte.

 

Una de las perspectivas más interesantes de la película tiene que ver con el papel del artista en tiempos de crisis como los que precedieron al comienzo de la II Guerra Mundial, con hasta qué punto un escritor de renombre debe utilizar sus libros o al menos la celebridad obtenida gracias a estos para denunciar la injusticia o abanderar alguna noble causa. Es este conflicto el que de manera explícita recoge la primera secuencia de la cinta, en la que vemos a un Zweig que en una fecha tan avanzada como el año 1936, durante la celebración en Buenos Aires de un Congreso del Pen Club al que acude como uno de los invitados de honor, intenta rehuir toda crítica a Alemania, según sus palabras, para no rebajarse al nivel de sus adversarios y porque considera que “cada gesto de resistencia carente de riesgo o impacto no es más que afán de protagonismo”. La pantalla nos devuelve la imagen de un artista desterrado que en mitad de un mundo a punto de explotar se dedica a reivindicar el papel de su obra como único testimonio digno de consideración y que al ser preguntado por los apremiantes asuntos de la hora trata de zafarse encomendándose a cambios mayores que abarcarán siglos y que ni su generación ni probablemente las siguientes verán.

 

Con independencia de la fidelidad con la que esta secuencia haya podido ser recreada, la turbación, el malestar y la indeterminación parece que marcaron la conducta pública de Zweig durante el periodo de ascenso del nacionalsocialismo si atendemos a otras fuentes secundarias, como la correspondencia que mantuvo con su buen amigo Joseph Roth, el extraordinario autor de La marcha Radetzky. Observamos así, por ejemplo, cómo en una carta fechada el 24 de julio de 1935 este último le reprochaba a Zweig la insensatez de creer en la “humanidad”, como su “maestro Rolland”, para apenas tres semanas más tarde, echarle en cara en otra misiva su súbita toma de conciencia al pretender suscribir una especie de manifiesto contra las políticas que llevaban adoptando por espacio de tres años los jerarcas del III Reich: “Creo, querido amigo -le recuerda Roth de forma lacerante- que su iniciativa de ahora es tan repentina como incomprensible me pareció, al menos a mí, su resignación de antaño. Se nos ha injuriado y deshonrado desde el primer día de la hitlerada. ¿Por qué se indigna usted ahora por primera vez?”

 

El del autor de Carta a una desconocida, quien se sentía legítimo descendiente de Erasmo de Rotterdam -el “primer europeo consciente de serlo”, según su definición, y a quien dedicó un importante ensayo-, no fue ni mucho menos un caso único. Otros intelectuales de cuyo compromiso con los valores democráticos y la paz no podemos dudar, demoraron también hasta un punto que a nuestros ojos podría resultar inexplicable el posicionarse públicamente; intelectuales que, como el citado Rolland, a quien le sorprendió en Suiza el estallido de la I Guerra Mundial, no habrían dudado en plañir: “Estoy abrumado. Preferiría estar muerto. Es horrible vivir en medio de esta humanidad demente”. Es el caso, sin ir más lejos, de Hermann Hesse, escritor alemán nacionalizado suizo -lo que le valió no pocas acusaciones- que llegó a afearle también por carta a su amigo Thomas Mann que decidiese arremeter abiertamente contra el nazismo (también en fecha tan tardía como febrero de 1936 y tras intensas presiones) con el argumento de que tenía que haber también “gente desarmada, a la que se pudiese asesinar”. Gente, en definitiva, no politizada.

 

Frente al literato de partido, al ingeniero del alma, frente al artista como engranaje y tornillo de la maquinaria totalitaria que así en Alemania como en la URSS se estaba modelando, frente a la planificación centralizada de todas las estructuras sociales por parte del Estado, entre ellas, cómo no, las relativas a la práctica artística, resulta comprensible que estos maestros intemporales llamados a convertirse en clásicos de las letras universales reivindicasen el “arte por el arte” y la autonomía de su producción respecto a cualquier compromiso. Sin embargo, el propio hecho de que tanto Zweig como Hesse terminasen tomando el único partido posible, el de la decencia, y acabasen contribuyendo además de manera activa a acometer toda una serie de tediosas y agónicas gestiones para intentar evitar a conocidos una muerte casi segura, involucrándose así para intentar salvar con su mediación, y gracias por tanto a la fama obtenidas por sus obras, el mayor número de restos del naufragio, nos lleva a preguntarnos cuál es el momento en que incluso quienes pretenden vivir al margen de la Historia, como si no fuesen hijos de su época, deben levantar la voz.

 

¿Cuando alguien se presenta a unas elecciones con un programa abiertamente xenófobo o cuando finalmente entra en las instituciones? ¿Cuando se ganan las elecciones o cuando se empiezan a aprobar aquellas medidas por las que se salió elegido? ¿Cuando se queman los primeros libros o cuando es el Parlamento el que arde? ¿Cuando se ponen estrellas amarillas en las chaquetas o cuando se empiezan a cargar los trenes? ¿Cuando se anexionan los Sudetes o cuando se invade Polonia?

 

Dicho en términos más actuales, ¿hasta cuándo resulta tolerable no mancharse? ¿Cuando existan países de nuestra comunidad política, como Hungría de en los que, tal y como recordaba hace unos días Xavier Vidal-Folch, se cumplen la mitad de los seis principales rasgos del nazismo: limpieza étnica, destrucción de la separación de poderes y restricción de derechos políticos y sociales? ¿Cuando, como en otro país socio de la Unión, Polonia, destacados dirigentes acusan a los refugiados de ser un peligro “higiénico”, dado que podrían ser portadores de “parásitos y protozoos y enfermedades muy peligrosas ya erradicadas en Europa”, a la vez que bendicen marchas ultranacionalistas en las que miles de neonazis exhiben pancartas con el eslogan “Polonia Blanca”? ¿Cuando otros países no pertenecientes al llamado Grupo de Visegrado, como Italia, Francia o Malta, prefieran cerrar sus puertos antes que cumplir con el compromiso humanitario de atender a esas personas que viajan a la deriva, huyendo del hambre, la persecución, la guerra, en mitad del mar? ¿Cuando esas expresiones, esas propuestas, esos símbolos, esas prácticas empiezan a materializarse en tu propio país con la creación, primero, y llegada, más tarde, de partidos ultras a los parlamentos: partidos abiertamente, machistas y xenófobos que en vez de ser aislados llegan a firmar acuerdos de gobierno con fuerzas a priori democráticas y sobre las que se había construido el consenso tras la dictadura ? ¿O tampoco?

 

El día que Alemania invadió Polonia -nos los cuenta él mismo en sus imprescindibles memorias El mundo de ayer-, Zweig aún creía que la guerra era evitable.

 

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Mientras entre las ruinas del Imperio de los Mil años, Adorno decretaba la imposibilidad de la poesía después de Auschwitz y los escritores en lengua germana debían hacerse cargo de su oficio con un “lenguaje dañado”, como lo definió Günther Grass, cuya expresión límite la ejecutó Paul Celan, al oeste, uno de los países aliados y vencedores por tanto del conflicto -redimido por la Resistencia tras la vergonzosa derrota de 1940- emprendía un periodo de enorme efervescencia cultural en parte gracias al rol que iba a jugar una figura que si hasta la fecha y pese a haber publicado ya obras como La peste o El ser y la nada había ocupado un papel relativamente secundario frente a los Gide, Mauriac o el propio Malraux, se convertiría en uno de los nombres de referencia del pensamiento y la literatura mundial durante las tres décadas siguientes. Hablamos, claro, de Jean-Paul Sartre. Con Sartre el existencialismo se convertirá en una moda, casi en un fenómeno de masas, y la voz del intelectual, quizá como no lo había sido desde Victor Hugo, se convertirá en una referencia ineludible en cada uno de los debates que ocupen a la opinión pública francesa.

 

Precisamente en la presentación de la revista Les Temps Modernes Sartre esculpiría una de esas frases llamadas a hacer fortuna: “El escritor está en situación en su época; cada palabra tiene una repercusión. Cada silencio también”. Lo que el más aventajado de los discípulos galos de Heidegger proclamaba no era ya si el escritor debía intervenir en la esfera pública, lo que daba por supuesto pese a que su compromiso político era muy reciente – a la vista de su toma de conciencia posterior sorprende su distanciada mirada a la guerra civil española pese a ser un fenómeno que conmocionó al mundo- sino de qué manera la literatura debía servir de cauce de a través del cual el autor tomaba partido respecto de las grandes cuestiones de su tiempo. A este asunto dedicará uno de los libros más influyentes de aquella década, un ensayo dividido en cuatro partes caído en el más profundo olvido en la actualidad -como toda su obra, en realidad-, al que tituló ¿Qué es la literatura?

 

Para Sartre, que dejaba atrás una etapa introspectiva, que él no dudaría en tildar de netamente burguesa, la obra escrita pasaba a ser un “hecho social” que obligaba al escritor, antes siquiera de tomar la pluma, a estar profundamente convencido de su responsabilidad. El escritor -decía- “es responsable de todo: de las guerras perdidas o ganadas, de las rebeliones y represiones; es cómplice de los opresores, si no es el aliado natural de los oprimidos. Pero no solo porque sea escritor, sino porque es hombre”. Sartre, que estaba a punto de tomar el sendero que lo llevaría a convertirse en uno de los “compañeros de viaje” más ilustres y al mismo tiempo incómodos del comunismo francés, tomaba distancia de este modo respecto del “realismo socialista” -que ahora se extendería por todo el área de influencia soviética-, bajo cuyas lentes su obra previa podría ser tachada perfectamente de “arte degenerado”, a la vez que se encaminaba hacia ese horizonte en que ante la pregunta por el significado de la literatura en un mundo que tiene hambre (fue en una entrevista para Le Monde en 1964), terminaría respondiendo para exasperación de muchos: “Frente a la muerte de un niño, La náusea carece de peso (…) Ése es el problema del escritor”.

 

Que el escritor está en situación en su época; que al igual que cada palabra, cada silencio también tiene su repercusión, no es algo que descubriera el autor de Las palabras, desde luego. En todo caso, este protagonizó una página vibrante dentro de un libro que si bien tiene su prólogo en la Ilustración, empezó a adquirir su sentido moderno cuando el 13 de enero de 1898 Émile Zola publicaba en primera plana del L´Aurore littéraire, artistique, sociale, aquella carta al presidente de la república que, por mediación del redactor jefe, un tal Georges Clémenceau, terminó llevando el atronador epígrafe de “¡Yo acuso!”.

 

Aquel gesto inauguraría una especie de edad dorada de la intelectualidad, particularmente francesa, que se extendería como mínimo, con sus valles y cumbres, hasta mayo del 68. ¿Pero quiénes eran los intelectuales? ¿A quiénes se les podía poner esa etiqueta utilizada a veces de un modo injurioso? Para Maurice Blanchot, uno de los firmantes, por cierto, de aquel ‘Manifiesto de los 121’ (Declaración sobre el derecho a la insumisión en la guerra de Argelia) que tanto impacto tuvo sobre la opinión pública francesa a principios de la década del 60, lo que definía a un intelectual no era el hecho de que fuese un escritor, un filósofo, un historiador, un artista plástico o un científico. Un intelectual es el que “hace públicas declaraciones, discute y se agita cuando, en algunos casos concretos, le parece que la justicia está siendo puesta en entredicho o amenazada por instancias superiores”. Es en este sentido, un “incrédulo” que “aparca momentáneamente” sus ocupaciones habituales “para responder a unas exigencias morales, oscuras e imperiosas a la vez, puesto que eran de justicia y de libertad”.

 

En este sentido, como desarrolla Blanchot en ese inspirador librito que es Los intelectuales en cuestión, del que hemos extraído estas citas, el intelectual se expone a un doble peligro: “renunciar a su fuerza creadora renunciando a su soledad, y arriesgarse sosteniendo públicamente un punto de vista del que ni siquiera está seguro de que justifique su “sacrificio”.

 

El de intelectual no es, por tanto, un título que se adquiere de una vez y para siempre, sino que viene definido por lo que se hace. Intelectual no es el profesor ni el especialista. Ni siquiera el que piensa, así lo haga de un modo brillante, sino el que situado a medio camino entre la teoría y la práctica da un paso más allá y comunica al resto su pensamiento interviniendo con su nombre y con su palabra en el debate sobre la ciudad.

 

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En un libro muy polémico y valiente -por atreverse a poner nombres a las prácticas que denuncia- publicado hace unos años, el profesor Ignacio Sánchez-Cuenca, a quien con justicia le encajaría la definición de intelectual arriba apuntada, afirmaba que “los intelectuales de mayor visibilidad social y mediática” no habían estado a la altura de las circunstancias durante la crisis y denunciaba el hecho de que existiendo en nuestro país “mucha gente con preparación suficiente y ganas de renovar y mejorar el nivel de nuestro debate público”, tanto los grandes grupos de comunicación como buena parte del público seguían prefiriendo “al intelectual clásico que además de una escritura eficaz y elegante, con fuerte voluntad de estilo, ofrece juicios apodícticos y temerarios sobre temas complejos”.

 

En términos todavía más pesimistas, aunque sin dejar de reivindicar el “compromiso personal y militante”, arremetía el escritor Suso de Toro hace unos días en un durísimo artículo -precisamente titulado “No hay lugar para intelectuales, queda el compromiso”- contra unos medios de comunicación convertidos en “instrumentos de coacción y dominación social al servicio de sus dueños: la banca y las empresas del IBEX; el entramado de políticos, funcionarios del estado, jueces y cortesanos de todo tipo que entrelazan sus intereses en esa corte de las maravillas”, medios que le cerraban el paso a los pocos intelectuales independientes, con “gloriosas y magníficas excepciones”, dispuestos a desafiar el poder establecido.

 

Leyendo a los anteriores podríamos llegar a la conclusión de que es el propio sistema el que asfixia la posibilidad de que emerjan voces críticas dispuestas a cuestionar un orden de cosas injusto o, como estamos tratando, a alertar sobre la amenaza que para la democracia, los derechos humanos y la convivencia pacífica suponen los movimientos xenófobos que están avanzando por toda Europa y que en América han hecho presidentes a tipos tan despreciables como Donald Trump o Jair Bolsonaro. Pero concediendo que esto fuese parcialmente cierto, debemos reconocer que lo que bien podría resultar válido para el año 2019, no estaba menos vigente en 1898 o 1945. De hecho, si Sartre y compañía fundaron una revista -décadas más tarde harían lo propio al crear Libération– fue precisamente porque sabían que los principales periódicos de su época eran, como los actuales, vehículos de transmisión del poder establecido y, consecuentemente, cumplían con su función de imponer la ideología dominante. Lo que sí diferencia a nuestro tiempo de otros periodos, es que nunca fue más fácil fundar un medio o expresar nuestros puntos de vista a través de blogs o redes sociales personales, pero con capacidad, evitando intermediarios y jerarquías, de llegar a miles de personas.

 

De ahí que debamos buscar otras respuestas a la pregunta que motiva esta reflexión: por qué tantos prefieren guardar silencio. Por qué tantos profesionales (o al menos aficionados) de la inteligencia -que no intelectuales, pues ya hemos visto que sin ejercicio no hay función- no ya es que no militen, o no participen de ningún movimiento asociativo ni suscriban manifiestos; no ya tampoco es que como escritores hayan renunciado a tomar partido hasta mancharse o a reflexionar públicamente sobre asuntos que cuestionan la supervivencia del modelo de sociedad de la que forman parte; la pregunta es por qué gente nacida y crecida en democracia, que por lo tanto solo ha conocido el pluralismo político, que ha podido acceder a una formación, alcanzar una posición y afrontar con unas mínimas garantías eso que ahora llaman un “proyecto de vida” gracias a vivir en sociedades relativamente abiertas, tolerantes y solidarias, por qué gente que no dudaríamos en calificar de progresista o que al menos nos consta de modo fehaciente que se encuentra en las antípodas de los reaccionarios cuyos rebuznos inundan las conversaciones -y que sí se han ocupado y preocupado de sembrar el clima de opinión que ha permitido la llegada de la ultraderecha a las instituciones-, por qué toda esa gente no está siquiera dispuesta a dedicar de vez en cuando treinta segundos a poner aunque sea un tuit en defensa de aquello en lo que se supone que creen. ¿Qué puede justificar no asumir ni este grado 0 del compromiso? ¿Qué les pasa por la cabeza o qué no les pasa para no darse jamás por aludidos?

 

Intento ponerme en su lugar y me digo: ¿estaremos algunos exagerando? Las comparaciones con la década del 30 del pasado siglo se han vuelto tan manidas que lejos de la claridad que el momento requiere solo aportan confusión y oscuridad. Al fin y al cabo, como ya decía Raymond Aron en Las etapas del pensamiento sociológico, pocas generaciones, al menos desde el siglo XVI, no han tenido la impresión de vivir una “crisis” o incluso de encontrarse en un “momento crucial”. Igual pudiera ser que los cadáveres en las playas, las mujeres muertas o violadas en manada, las devoluciones en caliente, las ventas de armas, las agresiones racistas, los desalojos de familias enteras, de niños, ancianos y enfermos, las leyes de excepción en el seno mismo de la vieja Europa, no sean para tanto. Mira uno la historia humana y a quién no le entran ganas de gritar: ¡Si nunca hemos estado mejor! Si, pudiera ser.

 

Puede también que siguiendo las advertencias que Julien Benda nos hiciera hace casi un siglo cuando vio ante sí el advenimiento de la “era de lo político” algunos teman traicionar su labor sacerdotal abandonando el “pensamiento especulativo” para abrazar un compromiso meramente “moral o instrumental”. Que, en definitiva, se cuiden de evitar que la mancha de lo inmediato les impida ver los grandes trazos del cuadro, y así terminar anteponiendo lo urgente a lo importante, la piedra en el estanque a las grandes ondas, lo epidérmico a las corrientes profundas, las cosas de comer al reino del espíritu, lo humano demasiado humano a lo arcangélico. Sin embargo, viendo a estos mismos hablar de series de televisión, compartir selfis, memes, álbumes de vacaciones, recetas y aforísticos golpes de ingenio con los que sobresalir sobre la levedad circundante, en definitiva, atendiendo a cómo imparten cursos acelerados de hedonismo, no pareciera que el miedo a terminar contaminados con las cosas mundanas sea la causa de su activa pasividad.

 

¿Será, me digo entonces, que han absorbido sumisamente los valores dominantes del régimen que los oprime? ¿O, como también proponía Eagleton barajando las razones que podrían justificar la inacción de incluso los ciudadanos más conscientes en determinadas coyunturas, que más bien temen las consecuencias de enfrentarse a ese mismo sistema, por temor -como Sánchez Cuenca y De Toro sugerían-, a no ser admitidos en esos restringidos círculos académicos y mediáticos que permiten pagar las facturas y proporcionan cierto estatus?

 

¿O es que tal vez todo, simplemente, obedece a una mezcla de pereza e indiferencia? Al fin y al cabo, después de saber que un hombre puede leer a Goethe o a Rilke por la noche -como nos recordaba Steiner- e ir por la mañana a su trabajo en Auschwitz, ¿cómo no entregarse sino a un resignado fatalismo? ¿Qué nos importa a los que llegamos después que elijamos ser Roth o Zweig, Sartre o Benda, si tenemos la certidumbre de que la llegada o no de los bárbaros no dependerá de nuestra participación en debate público alguno, que solo serviría por el contrario para añadir más ruido a una realidad ensordecedora obturada por noticias falsas con capacidad de persuasión mayor que las reales y en la que por tanto no hay lugar para la razón crítica? Si de lo que se trata es de ser un buen ciudadano, ¿acaso no deberíamos conformarnos con practicar con el ejemplo en el ámbito más cercano: siendo un leal y eficiente compañero de trabajo, un vecino amable, un buen padre… que también le piensa enseñar a sus hijos a mirar para otro lado?

 

A veces, viéndolos ahí disfrutando a este lado del muro, ensimismados, esperando a que la serpiente ponga sus huevos directamente sobre sus cabezas sin querer darse cuenta de que van subidos a esta misma balsa agujereada, fantaseo pensando que alguien tiene que dejar los jeroglíficos que habrán de desentrañar algún día desconocidas formas de vida extraterrestre de paso por nuestra galaxia. Y que esas obras de arte verdadero en las que se entretienen y en las que en el fondo tampoco creen -pues poca posteridad puede anhelar quien no mueve un dedo para mantener en pie un mundo en que la belleza, la verdad y la bondad sean posibles- son las huellas sobre la arena que barrerán con sus alas esas naves venidas de otros mundos.

 

En otras ocasiones, sin embargo, la indignación me recorre la espina dorsal, recuerdo que los antiguos griegos llamaban “idiotas” a quienes no se comprometían con los asuntos de la polis y como una plegaria recito entre dientes, inexorable, aquel famoso texto de Gramsci (“Odio a los indiferentes. Creo que vivir quiere decir tomar partido. La indiferencia y la abulia son parasitismo, son cobardía, no vida”), como si emprenderla con los tibios, más allá del desahogo, sirviera para detener los panzer de odio que ya pisan nuestras sombras.

 

Porque el hecho es que solo con quienes aún no han abdicado de su voluntad, podremos combatir el mal que se abate sobre todos. Los que ya estamos en esa tarea somos muy pocos y ni siquiera es seguro que seamos los más indicados para mantener en pie el chamizo mucho tiempo.

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José María Matás
José María Matás nació en Vélez-Málaga un poco más abajo de la casa en la que María Zambrano dio sus primeros pasos, lo que, sin suponer ningún mérito, siempre ayuda a decorar cualquier perfil biográfico. Y, además, es verdad. Debe a Verne y a Ibáñez sus primeros grandes gozos como lector, aunque probablemente ningún otro libro de su infancia le marcaría tanto como aquella espantable antología de relatos que “la señorita Charo” le obligó a leer, titulada Los cuentos de la calle Broca.   Apasionado de la política (siempre acarreará el lastre de no haber podido votar en el referéndum de la OTAN con la absurda excusa de que sólo tenía nueve años) y periodista frustrado, vocacional y autodidacta (el orden de los factores no altera el resultado), terminó estudiando Filología Hispánica en la Universidad de Málaga - donde cursaría estudios de doctorado dentro del programa Tradición Clásica y Modernidad Literaria en Hispanoamérica- y años más tarde, acaso como postrero desquite, Ciencias Políticas en la UNED.   Fundador de la extinta revista cultural La Pluma y el Tiempo y autor, entre otros, del libro de poemas Cristales rotos y de la obra teatral Un mar de fondo, con la que fue finalista del III Premio Internacional de Teatro para Autores Noveles Agustín González, viene colaborando desde hace más de una década con artículos sobre crítica cultural y reseñas de libros en diferentes publicaciones y medios digitales.   Piensa, con Kafka, que “un libro debe ser como un pico de hielo que rompa el mar congelado que tenemos dentro” y, con Sartre, que “El mundo puede prescindir perfectamente de la literatura, pero puede prescindir del hombre todavía mejor”.   De vez en cuando habla de sí mismo en tercera persona, pero solo por pudor.   No tiene e-reader, pero sí un limonero.

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