Simbioética: ‘Homo sapiens’ en el entramado de la vida

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En una cucharada de suelo saludable, además de los cientos
o miles de metros de micelio fúngico, hay más bacterias, protistas,
insectos y artrópodos que seres humanos han vivido en la Tierra.[1]

Merlin Sheldrake

Las criaturas vivientes transforman sus entornos y el planeta en su conjunto. Gran parte de esta ecología ha sido descubierta o entendida solo recientemente. Ahora tenemos evidencia convincente de que los microbios están involucrados en numerosos procesos geológicos; algunos científicos creen que jugaron un papel en la formación de los continentes. […] Es hora de revivir una idea que antaño fue recibida con burlas: la hipótesis Gaia. Concebida por el químico británico James Lovelock a principios de la década de 1970 y más tarde desarrollada junto con la bióloga estadounidense Lynn Margulis, la hipótesis Gaia propone que todos los elementos vivos y no vivos de la Tierra son “partes y socios de un vasto ser que en su totalidad tiene el poder de mantener nuestro planeta como un hábitat apropiado y cómodo para la vida”.[2]

Ferris Jabr

La nuestra es una civilización que niega sus propios fundamentos, que se afirma autónoma cuando en realidad es ecodependiente. Sobre esta extraña contradicción, alimentada por la misma actitud egoísta que nutrió el dualismo metafísico, construimos nuestra irracional forma de vida. Y mientras invertimos energías en someter la naturaleza y soñamos con liberarnos de ella, no aprendemos a conocerla, a convivir, ni tampoco a apreciarla.[3]

Marta Tafalla

 

Murray Bookchin concluía en 1973 una conferencia con esta resonante afirmación: “O creamos una ecotopía basada en principios ecológicos, o simplemente desapareceremos como especie. Desde mi perspectiva, esta no es una exclamación apocalíptica –es un juicio científico, validado diariamente por la misma ley de vida de la sociedad imperante–”,[4] a saber: la dinámica autoexpansiva del capitalismo. Casi medio siglo después, el acierto de este severo juicio se nos hace aún más evidente. Y lo que se argumentará en las páginas que siguen es que, entre los principios ecológicos necesarios para construir sociedades humanas viables, el de simbiosis resulta absolutamente crucial. La ecología no es simple conocimiento objetivo (biología de los ecosistemas), sino que también propicia una visión del mundo con la que fácilmente podemos anudar nociones normativas: en efecto, las ecosofías nos intiman a vivir dentro de los límites de la naturaleza y convivir armoniosamente con todas las otras formas de vida que comparten este hogar que llamamos la Tierra.

 

Interconexión de los fenómenos vitales y los seres vivos a todas las escalas 

La trama de la vida, se titulaba aquel libro de John H. Storer en 1953 (publicado por FCE en español, en 1959). The Web of Life: la red o el entramado de la vida. Fairfield Osborn escribía en el prólogo: “La verdad más fundamental relativa a nuestro hogar terrenal es que todos los seres vivientes están de alguna manera relacionados con los demás”, y seguía aclarando que este hecho, de capital importancia como principio biológico y físico, encierra también implicaciones de naturaleza filosófica y espiritual.[5] O como lo enunció nuestro César Manrique: “Hemos empezado a descubrir que todo está interconectado y que la ocupación desmedida del suelo acaba destruyendo a la naturaleza y, por tanto, al ser humano”.[6]

Interdependencia, complejidad y diversidad han sido identificados por la ecología como “factores de equilibrios sucesivos destinados a la continuidad de la vida”.[7] Y la simbiosis. El botánico alemán Anton de Bary, en 1873, ya definió la simbiosis (en sentido estrecho) como “la vida en conjunción de dos organismos disímiles, normalmente en íntima asociación, y por lo gene- ral con efectos benéficos para al menos uno de ellos”.[8] Como un aspecto central del pensamiento ecológico, la simbiosis en sentido amplio afirma la interconexión de los fenómenos vitales y los seres vivos a todas las escalas. Simbiosis es como se denomina a la intrincada asociación de organismos y funciones que articula la cadena de la vida en la Tierra”, resume José Manuel Naredo.[9]

Los científicos cuentan cada vez más historias sobre la asociación de corales y algas, forjada hace unos doscientos millones de años, que creó coloridos arrecifes de coral; sobre termitas que carecen de un genoma para comer madera pero que lo hacen de todos modos con la ayuda de Mixotricha paradoxa, un organismo compuesto que contiene un protista y al menos cuatro tipos diferentes de bacterias; sobre relaciones cooperativas entre hormigas y acacias, donde las primeras eliminan las plagas que comen hojas e inhiben los patógenos con la ayuda de sus propios simbiontes bacterianos, y las segundas proporcionan refugio en sus espinas huecas y comida en forma de néctar dulce. En pocas palabras, la vida empieza a parecer cada vez más compleja y cada vez más colaborativa.[10]

 

Vive y deja vivir

Según el pensador noruego Arne Næss, la tesis darwiniana de la “lucha por la vida y supervivencia del mejor” debe reinterpretarse… en el sentido de habilidad para coexistir y para cooperar en relaciones complejas […]. Vive y deja vivir es un principio ecológico mucho más poderoso que el de o tú, o yo. Las actitudes inspiradas ecológicamente favorecen la diversidad en los modos de vida humanos, en las culturas, en las ocupaciones y en las economías. […] Estas actitudes apoyan la lucha contra la invasión y dominación económica, cultural y militar y se oponen tanto a la aniquilación de ballenas y orcas como a la de tribus y culturas humanas.[11]

Hay distintas maneras de que diferentes organismos lleven adelante una vida en común: simbiosis con asociaciones mutualistas (ambos socios se benefician), comensalistas (solo una especie se beneficia, mientras que la otra ni recibe ayuda ni es perjudicada) y parasitarias (el parásito gana, el hospedador pierde); y el fenómeno de la depredación. Mas la tendencia que de verdad importa, señala Paco Puche

…es hacia el mutualismo, es decir hacia interacciones, esporádicas o permanentes, de las que salgan beneficiados los y las simbiontes, porque si no para qué interactuar mucho tiempo. […] Hay una plétora de asociaciones simbióticas en la naturaleza. Hay microorganismos que viven en asociación estrecha con protoctistas, hongos, animales y plantas, y comunidades de bacterias o arqueas que viven dentro de eucariotas unicelulares y pluricelulares. Esta variedad de asociaciones relacionales que llamamos simbiosis produce diferencias entre los distintos modos de asociarse que se presentan en la naturaleza. Pero hay cierta regla general y es que, cuando la simbiosis se presenta avanzada y madura, la tendencia, con toda probabilidad, es hacia el establecimiento firme de una simbiosis de tipo mutualista.[12]

Ecólogos como Eugene P. Odum (en su libro Ecología. Bases científicas de un nuevo paradigma y en otros textos) han mostrado cómo en la naturaleza “la coexistencia es la regla y la exclusión competitiva completa es la excepción” (algo que ya había apuntado Kropotkin un siglo antes). A la mera coexistencia hay que añadir (o más bien anteponer) las dinámicas de simbiosis, fundamentales en la evolución de la vida (la Tierra es un “planeta simbiótico”, como bien nos enseñó Lynn Margulis).[13] Como muchos pensadores y pensadoras han señalado, la interconexión e interacción que se manifiestan en los fenómenos de simbiosis nos remiten a una cosmovisión basada en la comunidad de la vida; y de este modo la perspectiva simbiótica se enfrenta a las visiones hobbesiana y spenceriana de la naturaleza como lugar de esencial hostilidad y guerra competitiva de todos contra todos.

 

La política de la simbiosis

Desde que se acuñó la palabra simbiosis a finales del siglo XIX, la carga política del debate sobre evolución ha sido considerable. ¿Predomina en la naturaleza la cooperación o la ley del más fuerte, el pez grande que se come al chico? La palabra mutualismo fue explícitamente política en las primeras décadas de su existencia: describía una escuela de pensamiento anarquista. A finales del siglo XIX, los biólogos alemanes también entendieron el concepto de organismo en términos explícitamente políticos. Rudolf Virchow “entendió que el organismo estaba constituido por una comunidad de células cooperantes, cada una trabajando por el bien del conjunto, como una población de ciudadanos cooperantes interdependientes que apuntalan el funcionamiento de un Estado-nación saludable”.[14] Merlin Sheldrake recuerda que el primer congreso internacional sobre simbiosis se celebró en 1963 (en Londres), seis meses después de que la crisis de los misiles en Cuba pusiera al mundo al borde de una guerra nuclear, y eso no fue por casualidad. En las actas del congreso consta que “los problemas urgentes de coexistencia en los asuntos internacionales pueden haber influido a la comisión para que eligiera el tema del congreso de este año”.[15]

Sin duda, existen conflictos entre organismos (pensamos en las dinámicas de depredación y parasitismo) y no deberíamos nunca idealizar la naturaleza, pero se diría que en la biosfera en su conjunto prevalece un equilibrio general de intereses (eco-homeostasis y tendencia a las simbiosis mutualistas). No deberíamos permitir que el énfasis de la cultura dominante en la competición deforme nuestra visión de la existencia. Pensemos en los líquenes: algunos biólogos sostienen que los hongos son explotadores que tienden una trampa a sus víctimas, las algas. Pero esta interpretación no cae en la cuenta de que

…los socios del liquen han dejado de ser individuos, renunciando a la posibilidad de trazar una frontera entre opresor y oprimido. Como una agricultora que cuida de sus manzanos o de su campo de maíz, un liquen es una fusión de vidas. Cuando la individualidad se disuelve, los carnets de vencedores y víctimas tienen poco sentido. ¿Está oprimido el maíz? ¿La dependencia del maíz hace de la agricultora una víctima? Estas preguntas parten de una separación que no existe. El latido de las personas y la floración de las plantas cultivadas son una sola vida. No existe la posibilidad de arreglárselas solo.[16]

Los seres humanos formamos parte de una red de vida dinámica y fluyente. Nuestro papel ecológico es el de consumidores simbióticos con múltiples organismos, dentro y fuera de nosotros mismos, señala Ginny Battson.

Como una especie entre trillones de otros organismos, tenemos la capacidad de ser poderosos mutualistas. Pero nuestro egoísmo, nuestros conjuntos de valores sociales, nuestro descarrilamiento mental respecto del pensamiento ecológico han conducido a que nuestra forma dominante de simbiosis sea el parasitismo. Somos, de hecho, predominantemente parásitos. Esto ha de cambiar. Todos los movimientos hacia una vida mejor integrada dentro de los sistemas de vida fluyentes en nuestra única biosfera significan menos parasitismo y más mutualismo.[17]

 

Por ejemplo: la wood-wide-web (Súper cooperación en los bosques) 

Los bosques son comunidades simbióticas de una complejidad e integración que solo muy recientemente hemos comenzado a entender. “No recuerdo quién dijo que los árboles son los pilares que sostienen el cielo, pero estoy descubriendo que es cierto” –se admira Ugo Bardi–. “No solo los árboles, sino más bien el bosque como bomba biótica, una máquina increíble que trabaja bombeando agua del aire sobre los océanos y la distribuye de forma gratuita a todas las criaturas vivientes. El mejor y más importante regalo de la vida”.[18]

Y aunque la mirada admirativa se nos va muchas veces al impresionante dosel que forman las copas de los árboles en lo alto, en realidad conviene volver la vista al suelo. Árboles de diferentes especies, en relación mutualista con los hongos y otras plantas, forman una red subterránea mediante la cual se transmiten información y materia. En efecto, millones de especies de hongos y bacterias intercambian nutrientes entre el suelo y las raíces de los árboles, formando una vasta red de organismos interconectados en todo el bosque. Se podría decir que “las plantas tienen vida social gracias a los hongos”.[19] Entre otras funciones, a través de esta red, los árboles sostienen y aportan nutrientes a los individuos enfermos o que sufren otros tipos de estrés. Los árboles, señala el ingeniero forestal Peter Wohlleben (autor de La vida secreta de los árboles, en ediciones Obelisco), conectados a través de las raíces…

pueden distinguir las raíces de otras especies e, incluso, de los diferentes ejemplares de su misma especie. Un bosque es un superorganismo, como un hormiguero. […] Cada árbol es importante para la comunidad y el bosque actúa en consecuencia: a los ejemplares enfermos el resto les proporciona los nutrientes necesarios para que sanen.

Los árboles jóvenes reciben cuidados:

A través de las raíces sus madres entran en contacto con ellos y les proporcionan
azúcar y otros nutrientes. Podría decirse que los árboles bebé son amamantados.
Los adultos forman ese espeso techo sobre el bosque y solo dejan pasar un tres
por ciento de luz para que los pequeños no crezcan demasiado rápido, es lo que
los expertos forestales desde hace generaciones llaman educación. El crecimiento lento es condición para que luego se alcance una edad avanzada. La ciencia ya
no discute la capacidad de los árboles para aprender, queda por resolver dónde
almacenan lo aprendido y cómo lo rescatan. Muchos botánicos sostienen que en
las puntas de las raíces tienen estructuras similares al cerebro. De hecho sabemos
que los árboles tienen memoria, son capaces de registrar y distinguir las temperaturas en ascenso de la primavera de las que están en descenso durante otoño…[20]

Se comunican tanto mediante esta red subterránea como por la emisión de sustancias volátiles que transmiten mensajes por el aire, avisando de ataques de plagas y otros acontecimientos significativos (¡cuánto nos han enseñado sobre esto el biólogo italiano Stefano Mancuso o la investigadora canadiense Suzanne Simard!).[21] Por analogía con internet, casi en broma, se comenzó a llamar a esta estructura la wood wide web (WWW) y luego se popularizó el término. Dado que los ecosistemas forestales son fundamentales para la mayor parte de la vida en la Tierra, incluidos los seres humanos, esta wood wide web es un excelente ejemplo de cómo funciona la homeostasis total en la naturaleza de nuestro “planeta simbiótico” (Lynn Margulis).

Apenas se comienza a conocer esta extraordinaria comunidad en la que ocurren todo tipo de fenómenos sorprendentes como, por ejemplo, que los sistemas radicales de los árboles cuya parte aérea muere (enfermedad, tala, etcétera…) se integran en la red, en general por fusión directa (anastomosis) de las raíces, y son utilizados por otros árboles, incluso de diferente especie. A toda esta matriz básica, auténtica cuna de vida, hay que superponer además toda la fauna del bosque; a su vez, con ilimitadas relaciones de dependencia, tróficas, simbióticas, de comunicación, etcétera… con el estrato vegetal y entre ella. A esta extrema y extraña complejidad aún ha de añadirse la dimensión tiempo. Para seres con vidas tan efímeras como las de los humanos, nos resulta muy difícil aprehender los dilatados periodos en que transcurren los bosques. Los procesos de sucesión (los itinerarios de maduración) de los bosques se miden en siglos y las vidas individuales de muchos árboles se cuentan en milenios. Se estima que el sistema radical (la porción aérea muere y se regenera una y otra vez) de la pícea llamada Viejo Tjikko que crece en la montaña sueca tiene una edad superior a los nueve mil quinientos años. Por su parte, la evolución de los bosques requiere muchos millones de años.[22]

Fue gracias a su colaboración con los hongos como las plantas lograron salir de las aguas hace quinientos millones de años: aquellos ejercieron como sus sistemas radiculares hasta que las plantas pudieron desarrollar los suyos propios (que de todas formas siguen cooperando con los hongos: ¡micorrizas!): ¡simbiosis! No resulta exagerado decir que “la relación entre hongos y plantas dio lugar a la biosfera tal y como la conocemos y permite la vida en la Tierra hasta la fecha”.[23]

 

Árboles madre

Pensemos en los pinsapares de la Sierra de las Nieves. Por cada centímetro de raíz de esos abetos llamados pinsapos puede llegar a haber unos ochenta centímetros de micorrizas (esas asociaciones simbióticas de hongos con las raíces de las plantas) que exploran el suelo, lo que interconecta a unos árboles con otros y les da acceso a un volumen de terreno al que no podrían llegar por su cuenta. Mundo simbiótico, Gaia súper cooperativa: abetos y hongos se ayudan mutuamente a alimentarse.

Los hongos fundamentalmente aportan fósforo, que es difícil de captar […]. A cambio, la planta les aporta nutrientes, fruto de la fotosíntesis, que puede llegar a ser de hasta un 30-40 por ciento de su producción. Las micorrizas también mejoran la disponibilidad de agua: las raíces solo tienen capacidad para captar líquido hasta un cierto porcentaje de sequedad del suelo, pero estos microorganismos tienen potenciales mayores de absorción. Junto a las descritas, desarrollan otras funciones que tienen que ver con la protección contra patógenos, pues tienen propiedades antibióticas. De manera que, cuanta más diversidad de especies y más población de micorrizas haya en torno a una planta, menos incidencia de enfermedades. […] El máximo nivel del estudio es constatar –como ya ha ocurrido– que las micorrizas llegan a interconectar las raíces de distintos árboles entre sí. “Es el culmen de esta maravilla, demostrar que la cooperación no se limita al microorganismo y la planta, sino que sirven de nexo en una network (red cooperativa) en el bosque que conecta a diversos individuos”. En esta dirección apunta la observación de grandes regenerados de pequeños plantones que no reciben apenas luz, pero que se mantienen con vida. En este punto intercede [el investigador] Quintanilla: “En el pinsapar de la Sierra de las Nieves se han observado tocones que siguen vivos incluso cuarenta años después de talados, e intentan cicatrizar como si fueran heridas de poda”. Ello da una pista de la existencia de vínculos subterráneos entre ejemplares, que deben estar motivados por las micorrizas, dado que el sistema radical del pinsapo tiene poca capacidad de extensión en un suelo tan pedregoso. […] En la comunidad científica ya se habla de la “Wood Wide Web” (la red social del bosque), un tipo de comunicación que permite compartir alimentos o favorecer la supervivencia de los retoños. Pero incluso hay evidencias de laboratorio sobre señales químicas que tienen que ver con la advertencia de unos árboles a otros ante el ataque de patógenos…[24]

Ahora sabemos también, por ejemplo, que la salud de muchos ecosistemas forestales está regulada por lo que se conoce como árboles madre que controlan estas micorrizas (redes de hongos) que a su vez interconectan árboles de diferentes edades. El sistema de control trabaja para regular los flujos de nutrientes a los árboles que más los necesitan, como los muy jóvenes.[25] Y también trabaja para transferir información y energía de las especies moribundas a aquellas que podrían continuar prosperando, manteniendo así el bosque sano como una suerte de súper organismo.[26] Según la ecóloga forestal Suzanne Simard, “los bosques son súper cooperadores”. El trabajo de esta ecóloga, y otros investigadores e investigadoras, ha mostrado que

…casi todas las plantas vasculares (alrededor del noventa al noventa y cinco por ciento) están en una relación beneficiosa con los hongos. […] Estos colaboradores fúngicos conectan realmente sus simbiontes vegetales en redes de cuidado recíproco, y los árboles comparten los nutrientes con árboles más jóvenes o más débiles a través de sus simbiontes fúngicos, incluso entre diferentes especies.[26]

Se diría que las ideas pioneras de Kropotkin en La ayuda mutua encuentran validación científica en estos trabajos de ecología forestal: el bosque es mucho más que un simple conjunto de árboles. En fin, los árboles madre no son una fantasía de James Cameron como guionista de la película Avatar –existen en nuestros bosques.

Este texto pertenece al libro Simbióetica. Homo sapiens en el entramado de la vida (elementos para una ética ecologista y animalista en el seno de una Nueva Cultura de la Tierra gaiana), publicado por Plaza y Valdés.

Notas: 

Una primera versión de este texto apareció en el libro colectivo Los grandes simios y sus derechos básicos (ed. de Pedro Pozas Terrados), Madrid, ACCI Ediciones, 2019, pp. 77-98.

[1] Merlin Sheldrake. La red oculta de la vida, Barcelona, Planeta 2020, p. 143.

[2] Ferris Jabr. ‘The earth is just as alive as you are’, The New York Times, 20 de abril de 2019. Disponible en: https://www.nytimes.com/2019/04/20/opinion/sunday/amazon-ear- th-rain-forest-environment.html. Como en los demás casos, la traducción es mía (J. R.).

[3] Marta Tafalla. Ecoanimal. Una estética plurisensorial, ecologista y animalista, Madrid, Plaza y Valdés, 2019, p. 147.

[4] Murray Bookchin. ‘Hacia una sociedad ecológica’, conferencia para las Future World Lecture Series de la Universidad de Michigan (Ann Arbor), 19 de febrero de 1973. Luego recogida en su libro Por una sociedad ecológica, Barcelona, Gustavo Gili, 1978.

[5] En John H. Storer, La trama de la vida, Ciudad de México, FCE, 1966 (segunda edición en español), p. 7.

[6] César Manrique citado en Juan Carlos Mateu, ‘Los 30 “mandamientos” de César Manrique’, Diario de Avisos, 10 de marzo de 2019. Disponible en: https://diariodeavisos. elespanol.com/2019/03/los-30-mandamientos-de-cesar-manrique/. Manifestó también el gran artista canario: “Debemos evitar la destrucción de cada muro viejo, de cada distribución, de cada vivienda en donde el tiempo haya dejado rastro histórico. Su desaparición borraría para siempre un pasado lleno de sentido y de sabiduría aprendida por experiencia de siglos en observación y necesidad de su clima, de su latitud, de su viento, de su luz y de un increíble paisaje que determinaban un resultado de maneras de hacer, que no se puede improvisar en un corto espacio de tiempo”.

[7] Joaquín Araújo. La cultura ecológica, Taro de Tahíche (Lanzarote), Fundación César Manrique, 1995, p. 19.

[8] Véase Lynn Margulis en Una revolución en la evolución, Valencia, Universidad de Valencia, 2002, citada según Paco Puche, Lynn Margulis: una revolución en la biología, Málaga, Ediciones del Genal, 2020, p. 56.

[9] José Manuel Naredo. Taxonomía del lucro, Madrid, Siglo xxi, 2019, p. 56.

[10] John Favini. ‘What if competition isn’t as “natural” as we think?’, Slate, 23 de enero de 2020. Disponible en: https://slate.com/technology/2020/01/darwin-competition-collabo- ration-evolutionary-biology-climate-change.html. Hay traducción al castellano: https://www. climaterra.org/post/y-si-la-competencia-no-es-tan-natural-como-pensamos.

[11]  Arne Næss. ‘The shallow and the deep, long range ecology movements: a summary’, en George Sessions (ed.), Deep Ecology for the 21st Century. Readings on the Philosophy and Practice of the New Environmentalism, Boston, Shambhala, 1995.

[12] Paco Puche. ‘Hacia una nueva antropología, en un contexto de simbiosis generalizado en el mundo de la vida’, en Lecturas impertinentes, vi, Málaga, Ediciones del Genal, 2019, p. 121.

[13] Un ensayo de síntesis en Paco Puche, La simbiosis, una tendencia universal en el mundo de la vida. La cosmovisión de Lynn Margulis, Málaga, Ediciones del Genal, 2018.

[14] Merlin Sheldrake. La red oculta de la vida, op. cit., p. 269; está siguiendo el capítulo 1 de P. Ball, How to Grow a Human, London, William Collins, 2019.

[15] Sheldrake (en La red oculta de la vida, op. cit., p. 205) cita a Jan Sapp, “The dynamics of simbiosis: an historical overview”, Canadian Journal of Botany, vol. 82, 2004.

[16] David G. Haskell. En un metro de bosque. Un año observando la naturaleza, Madrid, Turner, 2014, p. 20.

[17] Ginny Battson, hilo de tuits del 23 de julio de 2019. Disponible en: https://twitter. com/seasonalight/status/1153608361910423552?s=09).

[18] Ugo Bardi. ‘The word for world is forest’, blog Cassandra’s Legacy, 20 de septiembre de 2019. Disponible en: https://cassandralegacy.blogspot.com/2019/09/the-word-for-world- is-forest.html. Véase, también, esta entrada: https://cassandralegacy.blogspot.com/2019/09/ the-power-of-biosphere-anastassia.html.

[19] Merlin Sheldrake. La red oculta de la vida, op. cit., p. 19.

[20] Peter Wohlleben. ‘Los árboles adultos alimentan y cuidan de los pequeños’, La Vanguardia, 18 de noviembre de 2017. Disponible en: https://www.lavanguardia.com/lacon- tra/20171118/432954420029/los-arboles-adultos-alimentan-y-cuidan-de-los-pequenos.html.

[21] Véase, por ejemplo, Ferris Jabr, ‘The Social Life of Forests’, The New York Times, 2 de diciembre de 2020. Disponible en: https://www.nytimes.com/interactive/2020/12/02/mag- azine/tree-communication-mycorrhiza.html.

[22] Carlos González Vallecillo. ‘Una señal sobre el umbral de rotura, el punto de no retorno para la humanidad’, El Asombrario, 21 de abril de 2020. Disponible en: https://elasom- brario.com/umbral-rotura-punto-retorno-humanidad/.

[23] Merlin Sheldrake. La red oculta de la vida, op. cit., p. 18.
Para introducirse en el mundo fascinante de las micorrizas, véase María C. Jaizme-Vega, ‘Los hongos micorrícicos: microorganismos estratégicos para la fertilidad del suelo’, capítulo 5 de Juana Labrador, José Luis Porcuna y María C. Jaizme-Vega (eds.), Vivificar el suelo. Conocimientos y prácticas agroecológicas, Tenerife, FIAES/SEAE, 2020.

[24] Ignacio Lillo. ‘¿Se comunican los pinsapos de la Sierra de las Nieves entre sí?’, Diario Sur, 6 de enero de 2019. Disponible en: https://www.diariosur.es/interior/comunican-pinsa- pos-sierra-20190106230351-nt.html.

[25] Suzanne W. Simard; A. K. Asay; K. J. Beiler et al. ‘Resource transfer between plants through ectomycorrhizal fungal networks’, en T. R. Horton (ed.), Mycorrhizal Networks, Dordrecht, Springer, 2015. Disponible en: https://www.researchgate.net/publication/ 272567309_Resource_transfer_between_plants_through_ectomycorrhizal_fungal_networks.

[26] James Frazer. ‘Dying trees can send food to neighbors of different species’, Scientific American, 9 de mayo de 2015. Disponible en: http://blogs.scientificamerican.com/artful- amoeba/dying-trees-can-send-food-to-neighbors-of-different-species.

Jorge Riechmann (Madrid, 1962) es vecino de Cercedilla. Ensayista, escribe poesía, actúa en cuestiones de ecología social y enseña filosofía moral y política en Madrid (Universidad Autónoma de Madrid). Dos extensos tramos de su poesía están reunidos en Futuralgia. Poesía reunida (1979-2000) (Calambur, 2011) y Entreser (poesía 1993 a 2007, Monte Ávila, 2013; nueva edición ampliada en Calambur, 2021). Sus poemarios más recientes son Himnos craquelados (Calambur, 2015); Ars nesciendi (Amargord, 2018); Grafitis para neandertales (Eolas, 2019); Mudanza del isonauta – enkráteia (Tusquets, 2020) y Z (Huerga & Fierro, 2021). Entre sus ensayos más recientes se cuentan Autoconstrucción (Catarata, 2015); ¿Derrotó el smartphone al movimiento ecologista? (Catarata, 2016); Ética extramuros (UAM, 2016); ¿Vivir como buenos huérfanos? (Catarata, 2017); Ecosocialismo descalzo (Icaria, 2018); Otro fin del mundo es posible, decían los compañeros (MRA Ediciones, 2019) e Informe a la Subcomisión de Cuaternario (Árdora, 2021).

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