Prólogo a la edición española
La cuestión del “antisemitismo” de Simone Weil ha sido objeto de tantos libros y artículos tendenciosos o polémicos que fue preciso resolverse a coger el toro por los cuernos. Es imposible, y no es deseable, guardar silencio sobre esta cuestión o restarle importancia decidiendo, antes de proceder a un examen serio, que se trata de un aspecto marginal en la trayectoria intelectual de Simone Weil. Era menester entregarse a un examen metódico y sistemático a fin de poner coto a polémicas estériles. Por este motivo, el método seguido en este libro ha consistido no tanto en poner por delante las razones favorables a considerar que Simone Weil no era antisemita como en darle la vuelta a la posición de los que sostienen que el antisemitismo estructura su pensamiento.
¿Cómo llevar a cabo esta tarea sin hacer referencia al contexto familiar, a la situación de los judíos en Francia durante los años treinta del pasado siglo y, luego, a los años de guerra? La contextualización no pretende hallar excusas, del tipo que sean, a las posiciones de Simone Weil. Hay que comprender a los lectores que, viendo en ella una alta autoridad intelectual y moral, se sienten decepcionados, escandalizados incluso, de que no se solidarizara con los judíos perseguidos como lo había hecho con los obreros oprimidos y con los pueblos colonizados. A juicio de estos lectores, dice Denis Charbit –para quien Simone Weil “representa en muchos respectos una especie de perfección moral”–, ella no dio prueba de la “sensibilidad que se espera, no de cualquiera, sino que se espera precisamente de Simone Weil”. El argumento es muy poderoso y, una vez que se lo ha reconocido, hay que intentar comprender (lo que no equivale a justificar con un fin apologético) cuáles podrían ser las razones de esa falta de “sensibilidad”. Sin pretender sondear la personalidad de Simone Weil por medio de un acercamiento psicológico –que no ha dado más que pobres resultados hasta el presente día–, hemos querido practicar una lectura filosófica.
La postura de Simone Weil sobre la “judeidad” y sobre lo que se ha convenido en llamar la “cuestión judía”, ¿puede ser interrogada desde un punto de vista filosófico por el análisis de sus escritos? La apuesta que hemos hecho es que se trata de una lectura posible. No hemos echado mano de hipótesis psicoanalíticas o esotéricas sobre una Simone Weil “secreta”, “oculta”, como si existiera en ella una escritora ausente de sus propios textos, cuyo “desciframiento” entregaría la verdad de sus posiciones. Están los escritos: conviene leerlos teniendo en cuenta el conjunto de la obra, no sólo lo que atañe directamente al “problema judío”. Sostenemos en la Advertencia que es esencial seguir las recomendaciones hechas por Simone Weil sobre la manera de leer: el “depósito de oro puro” que ella pretende transmitir es un “bloque macizo” y cada vez “más compacto”, como observa; no se puede “distribuir en trocitos pequeños”, y tampoco puede interpretarse arrancando de este bloque elementos de sentido aislados de los demás.
Puesto que hemos elegido un método de interpretación filosófica, algunos lectores han creído poder reprocharnos que no hayamos tenido en cuenta las fuentes filosóficas de la posición “antihebraica” (más que “antijudaica”) de Simone Weil, en especial el rechazo del Antiguo Testamento por Alain. La ausencia de referencias de este tipo en nuestro ensayo no debería, sin embargo, sorprender, porque desde el inicio de la Advertencia anunciamos claramente que –según una fórmula tomada de Gilbert Kahn– no son las “nueve décimas partes de lo que escribió sobre los judíos [y que] atañen al Antiguo Testamento” lo que constituye el objeto de nuestro estudio, sino “el resto”, es decir, la actitud de la filósofa ante la “cuestión judía” y el rechazo de su “judeidad”. Es sobre ese “resto”, insistimos, sobre lo que se han venido multiplicando en los últimos cuarenta años los comentarios, lo más a menudo en el sentido de la polémica y de la denuncia.
Se trata, así pues, de hacer entrar en el campo del pensamiento filosófico de Simone Weil lo que escribió sobre el asunto propiamente dicho de nuestro estudio, inclusive y sobre todo los pasajes más chocantes para algunos lectores. Desde este punto de vista, era capital, por ejemplo, examinar con atención el comentario que hace Simone Weil del informe, elaborado por uno de los movimientos de la Resistencia, acerca de las “bases de un estatuto de las minorías francesas no cristianas y de origen extranjero”. Dicho texto permaneció mucho tiempo inédito y no estaba destinado a la luz pública, puesto que se inscribía en los debates internos a las comisiones de reflexión del movimiento de la Francia Libre en Londres. Ahora bien, antes que aislar este texto del conjunto de la reflexión filosófica de Simone Weil, hemos intentado dar cuenta de su singularidad por la existencia de una contradicción interna a su pensamiento, contradicción que no concierne solamente al “problema judío”. Lejos de que la posición de Simone Weil sobre el “problema judío” sea un elemento extraño o marginal, un “accidente” en su doctrina filosófica, esta posición se inscribe en un modo de pensar que tiene su “lógica”, incluso aunque esta demuestre ser contradictoria según los criterios establecidos por la propia Simone Weil y a los que se mostró infiel. No es que el antisemitismo estructure su pensamiento. Sucede más bien que su postura acerca del “problema judío” es producto de una “lógica ilógica” en vista de los principios metodológicos de la misma Simone Weil.
Así pues, era importante delimitar bien la dificultad que debía afrontar Simone Weil dentro del cuadro de un problema filosófico central en ella. Este problema cabe enunciarlo así: ¿cómo puede una política espiritual articular lo sobrenatural y la acción pública? Este es, en especial, el tema de Echar raíces, ya definido en uno de los Cuadernos de 1942 como proyecto de una “teoría de las religiones” todavía por nacer: elaborar una “ciencia de lo sobrenatural en sus diversas manifestaciones a través de las diversas sociedades humanas”. La “cuestión judía” forma parte del tema, bajo una forma que sorprende. En una sociedad impregnada de una “espiritualidad auténtica”, ¿cuál puede ser el lugar de una comunidad de la que Simone Weil piensa que, precisamente, está desprovista de espiritualidad? Considera, en efecto, que Israel ha tenido “algún provecho de Dios, todo el provecho de Dios posible sin espiritualidad, sin lo sobrenatural, […] una espiritualidad exclusivamente colectiva”, sin Mediador. Ahora bien, sin un Mediador la presencia de Dios no puede sino tomar la forma de una realidad directamente accesible, racial o social.
Simone Weil debía, en consecuencia, encontrarse con el “problema judío” en el campo de su búsqueda filosófica y espiritual, donde los judíos marcados por el hebraísmo –y por el judaísmo que ella no distingue del hebraísmo– representan en su perspectiva un punto de resistencia a una impregnación espiritual auténtica de una sociedad. ¿Cómo es que, tomando esta vía, Simone Weil, que era no obstante tan sensible a la confusión de niveles (la naturaleza, lo social, lo sobrenatural), pudo deslizarse hacia aquello que, por lo demás, denuncia, a saber, una “confusión de lenguaje y de ideas” aliada a la “confusión política”? Pretendemos mostrar que ella efectúa este deslizamiento especialmente a propósito del “problema judío”, pero no de manera exclusiva. Es esto lo que permite llevar el análisis crítico al plano filosófico, porque es la forma de la reflexión misma –y no solamente uno de los temas tratados– lo que es motivo de discusión. Hemos querido, por tanto, en este ensayo, disponer elementos de reflexión apropiados para abrir los problemas en lugar de cerrarlos por una polémica que pretende argumentar para confirmar opiniones ya formadas y asestadas de manera concluyente.
Este texto pertenece al inicio del libro del mismo título que, con traducción de Alejandro del Río Herrmann, ha publicado Editorial Trotta.





