Simulacro en la perfumería

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—Hagamos de cuenta que usted es una vendedora de perfumes, experta en recomendar la fragancia ideal para cada tipo de persona, y que yo soy un cliente complicado que le hace una consulta.

 

Primero lo miró desconcertada, aunque después sonrió —pensaba que no era correcto negarse a participar de la historia que le proponía el autor, por más absurdo que le pareciera; después de todo, ellos solamente existían dentro de este relato y los riesgos eran mínimos—. Entonces le dijo:

—Está bien. Hagámoslo.

 

—Es es el momento en el que le planteo el caso, ¿sí?

 

Ansiosa, asintió con un gesto del rostro.

 

—Tengo un familiar que la semana que viene celebra el aniversario del día en que una señora lo presentó en sociedad pero él dice que no recuerda.

 

—¿El cumpleaños, quizás?

 

—Exacto.

 

Ok. Voy entendiendo.

 

—Quiero obsequiarle un perfume sencillo.

 

—¿Qué tan sencillo?

 

—Sencillo… Más bien barato —se sinceró.

 

—¿Cuál es, noble caballero, el vínculo que os une? —dramatizó, con una mano en la frente.

 

—¿Con decir que ronda los 60 años no es suficiente?

 

—No, no. Mi interpretación es seria. Necesito más datos para encontrar el perfume perfecto. No se tratará de su padre, ¿no?

 

—¿Por qué lo afirma con tanta dosis de seguridad, mi estimada?

 

—Porque doña Experiencia siempre dice que cuando se trata del padre del cliente —lo miró casi de reojo— el hijo compra perfumes importados, que son los más caros.

 

—Pero también debe haber excepciones.

 

—Sí, supongo que sí —dudó—. Porque al comprar algo costoso nadie pasa a ser automáticamente el mejor hijo. No, no lo garantiza.

 

—Ése es el punto. Yo creo que gastar en exceso puede dejar al descubierto “oscuros intereses”. ¡Eso es evidente! ¿No le parece?

 

—Una vez —continuó ella, sin prestarle atención— vino una señorita que creía que por llevarse una docena de perfumes iba a ser la mejor novia del mundo.

 

—¿Ve lo que le digo? ¿Y compró todos de la misma fragancia?

 

—Eran doce frasquitos distintos, entre perfumes y colonias. Una historia muy romántica. Igual a mí me pareció que esa muchachita sí derrochaba amor…

 

—O dinero.

 

Esa otra hipótesis también le convenció a la vendedora.

 

—En fin: ¿busca algún perfume en particular?

 

—Sí, uno para regalar —bromeó.

 

Ella intentó sonreír, pero se quedó a mitad de camino. Entonces él continuó:

 

—Busco uno que reúna cuatro condiciones…

 

—Cuatro condiciones —repitió la mujer.

 

—… que sea fresco, un poco dulzón y ecuánime.

 

—¿Y la cuarta?

 

Él la miró en silencio hasta que recordó:

 

—Cierto, cierto, había olvidado cuál era la primera.

 

En este momento, el lector que también haya olvidado la condición faltante, la recuerda; si no, vuelve a leer los primeros diálogos —el noveno y el décimo, en particular— y recién después reanuda la lectura.

 

—¿Le parece que podrá encontrar uno así?

 

—¡Pero por favor! Si no es tan difícil lo que me pidió. Ya tengo uno en mente.

 

Él, sorprendido por la rapidez de la vendedora, sonrió con disimulo mientras ella se dirigía al depósito. Una vez allí, la preguntó a su compañera, que se pintaba las uñas:

 

—María, ¿qué significa ecuánime?

 

—¿El qué?

 

—Ecuánime.

 

—Ni idea, amiga. ¿Por?

 

—Un cliente me pidió un perfume ecuánime.

 

—Seguro que ni él sabe lo que es.

 

—No, para mí que sabe.

 

Miró hacia arriba, como si buscara al autor o el libro de quejas.

 

—¿Y hasta cuánto quiere pagar?

 

—No me dijo bien cuánto, pero quiere algo barato.

 

—Entonces llevale ése, el azul.

 

—¿El que entró la semana pasada?

 

—Ese es rebarato y tenemos un montón.

 

—Gracias, amiga. Sos una genia.

 

—Lo sé.

 

María, cuando se quedó sola, continuó con las demás uñas.

 

—Tome, es lo que estaba buscando —dijo ella al entrar de nuevo en escena.

 

—¿Está segura? Mire que no quiero que me venda lo primero que encontró por ahí.

 

—Despreocúpese, caballero. Acá somos muy exigentes con cada selección; además lo consulté con mi compañera, que también sabe mucho. Atención personalizada como ésta no va a encontrar en ningún lado. Huela, vamos, huela, fíjese.

 

—A ver…

 

Asomó la nariz y exclamó:

 

—¡Eureka!

 

—No, señor, Rebeca no está. Ella viene a la mañana.

 

—¿No sabe lo que significa eureka?

 

—No.

 

—¿Ni quién lo dijo?

 

—Le juro que no tengo idea.

 

—¿Cómo explicárselo de una forma que usted entienda? —unos segundos después dijo—: Es como si le hubiera dicho que es ecuánime.

 

—Ah, sí, sí, es ecuánime. ¡Es ecuanimísimo, señor!

 

—Me convenció. Pero ahora supongamos que usted es una vendedora de perfumes de ánimo inalterable, que no se va a ofender si le digo que acabo de darme cuenta de que olvidé la billetera en mi casa. Gracias por todo, mi estimada. Guárdeme uno, por favor, que algún día de estos volveré. 

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