Sin constantes vitales

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Si fuera cierto aquello de que el cine -o el arte- a estas alturas puede cambiar el mundo, sin duda, todos los espectadores después de ver Reparar a los vivos deberían acudir inmediatamente a firmar su autorización para donar sus órganos una vez fallecidos. Eso, si no han muerto antes de sopor. 

 

Suena Kaputt, de Destroyer

Si algún ministerio de sanidad de cualquier país, de los considerados desarrollados cabe suponer, decidiera iniciar una campaña que promoviera que la población se hiciera donante de sus órganos en caso de fallecimiento, sin duda, le sería suficiente con usar un tráiler de la película Reparar a los vivos, dirigida por Katell Quillévéré y escrita en colaboración con Gilles Taurand a partir de la exitosa y homónima novela de Maylis De Kerangal. No puede haber una película más bienintencionada que esta, hasta el punto de acabar resultando molestamente irritable, por mucho que algunos –por favor, que me lo expliquen- puedan apreciar en ella una sensibilidad mesurada, que no dramatiza en exceso ni cae en lo impúdico, tratándose como se trata de un tema como el de la donación de órganos, y de cómo este afecta a quiénes se convierten en donantes, los familiares del fallecido, y a los receptores. La cuestión sobre los límites de la impudicia debe estar muy mal, insisto.

 

 

Reparar a los vivos no empieza mal, cierto, al tratar el tema de la muerte con tacto, pero algo cabe sospechar ante esa tendencia por parte de Quillévére de elaborar imágenes sosegadas, presuntamente poéticas, en una primera parte en la que predomina el punto de vista de la familia del donante. Lo que se busca es engañarnos con una falsa trascendencia que, hábilmente, evita grandes discursos, pero claro, lo que también hace es soslayar cualquier conflicto dramático, eliminando cualquier arista en los personajes, cualquier aspecto negativo que les otorgue cierta complejidad a ellos y, sobre todo, al tema en torno al que gira la película. Todo funciona demasiado bien, pese a la tragedia; todo se desarrolla desde la cordialidad y la aceptación compungida.

 

 

 

A partir de su segunda mitad, cuando el punto de vista cambia y pasa a ser el de la receptora del órgano –el corazón- del fallecido, todo se hace evidente y nos encontramos con una película que puede verse con el mismo interés que un reportaje sobre la importancia de la donación de órganos. Reparar a los vivos se convierte en unalegato a favor de la donación de órganos en el que no aparece ni un solo personaje negativo, ni hay ni una sola cuestión a debatir y en el que las imágenes acaban resultando de una belleza impostada a las que la música, omnipresente, de Alexandre Desplat adorna todavía más en esa supuesta sensibilidad carente, curioso, de vida.

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Josep Carles Romaguera
Josep C. Romaguera (Mallorca, 1976) mientras se licenciaba en Filología Hispánica acudía al Centre de Cultura Sa Nostra para aprender de Dreyer, Kurosawa o Hitchcock. También abandonaba las lecturas del mester de clerecía por las de Bordwell o Bazin. No tuvo suficiente con leer a los críticos como José Luis Guarner o Miguel Marías y decidió que el también podía intentarlo. Publicó en Temps Moderns –editada por el Centre de Cultura Sa Nostra-, L'Espira –suplemento cultural del Diari de Balears-, Zona Ocio –para Última Hora- y ahora también lo hace en FronteraD. También se le ha podido escuchar en El crepuscle encén estels, de IB3 Ràdio, y ver en Taula de cinema, de IB3 Televisió. A veces recuerda todo lo que aprendió ayudando en la producción, la edición y la elaboración de guiones cuando participó en la realización de la serie Baleares. Un viaje en el tiempo, para TVE. Ahora se atreve con un blog.