Sin miedo a morir (Proyecto Sagi III)

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Carreras se sube en dos horas al escenario, lo veremos y sabremos que nadie en un escenario tiene miedo a morir.

 

Una soprano muy famosa, a la que le cuelgan con frecuencia la herencia de la Callas, dice que todo eso son chorradas, porque pocas, contadas, pero inolvidables veces se te olvida que estás cantando y te levantas uno o dos metros del suelo. Ni Callas, ni nada: tú y nadie más. Eso es lo que vale.

 

Me niego a empezar a hacer la maleta porque, aunque mañana me voy de Bilbao, en menos de dos horas Josep Carreras y un elenco enorme y estupendo se sube al escenario del Teatro Arriaga para estrenar El Juez. Los niños perdidos, nueva ópera de Christian Kolonovits que supone, al tiempo, el retorno de Josep Carreras a la ópera escenificada doce, casi trece, años después.

 

El mes de ensayos que hoy dejamos atrás, con un bacalao al pil-pil y el silencio anterior a un estreno, supone también el final de un intensísimo camino en el que el director de esta producción, Emilio Sagi, me ha contado sus treinta y cinco años de vida profesional, artística y personal para un libro que publicaré en cuanto termine el verano.

 

Inevitablemente, este proceso de extracción ha ido ligado a los ensayos de El Juez, en el cual, como en toda ópera que se precie, han ocurrido cosas visibles, invisibles y evidentes, que hoy fructificarán al fin en un par de horas largas de ópera en las que, como en toda ópera que se precie, todo es posible. También han ocurrido preguntas, claro, de todos los calados posibles en torno a lo que rodea a la producción, al teatro y a la familia que lo habita: ¿por qué vuelve Carreras, y cómo lo hará? ¿Por qué Sagi sigue metiéndose en estos líos a sus 65 años?

 

Todo esto podría responderse con una adicción inevitable al escenario y al aplauso, pero en realidad, tras lo vivido este mes y lo que estamos a puntito de vivir se esconde algo mucho más valiente, íntimo y complicado: la victoria sobre el miedo.

 

El proceso de escribir la vida artística de alguien es difícil como pocos, y la tarea de recuperar sus recuerdos o de hacer una entrevista así de intensa, dicho está, se parece más a la dirección teatral que a la vocación literaria. Conque, en un esfuerzo quizás juvenil pero seguramente acertado, decidí dejar para hoy, último día, los asuntos más procelosos, personales y duros de su vida.

 

–Si no ha sonado el teléfono, es que todo va bien –me dice Emilio.

 

Arrancamos las últimas, ultimísimas páginas que me quedan en la segunda libreta quemada en este mes transitando por el árido terreno personal, con una frase de partida que me quema entre los dedos («No, no es que en la ópera tarden mucho en morirse. Es que la vida real es así») y una, definitiva, que lo explica todo y cierra un libro, un ciclo, y los abre todos.

 

Esa frase explica algo que solo la intuición podría haberme dicho a estas alturas, pero que la experiencia confirma con creces. Esa frase explica lo que les sucede a los que siguen en un escenario ¡45 años después! como es el caso de Carreras, 35 como es el de Sagi, y aún están dispuestos a esperar a que el reloj dé las 8 y el telón vuelva a alzarse no por última vez, sino una vez más. Esa frase, como una punta de iceberg que ahora me toca a mí remozar y plasmar en papel, es sencilla, pero definitiva: «Es que no le tengo miedo a la muerte»

 

¿A cuál? ¿A la teatral o a la carnal? Trataremos de aclararlo, pero de nuevo, intuyo que solo cabe una respuesta: Mucha mierda.

Alejandro Carantoña (Oviedo, 1988) escribe y hace ópera. Se prepara para debutar como director de escena: ha colaborado con diversos teatros (especialmente, la Ópera de Oviedo) en varias áreas, es sobretitulador, ha escrito en varios medios sobre ópera y ha publicado Cuestión de oficio. Unas memorias artísticas de Emilio Sagi (TREA, 2014). Es semifinalista del 8th European Opera-Directing Prize.