Sin noticias de los mirlos

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Estamos ya en marzo y aún no han regresado los mirlos. ¡Preocupante! Es la primera vez que sucede. Los mirlos son los despertadores de la primavera y el invierno. Cuando llega San Juan, (quizás porque les moleste el tufo de las hogueras), se marchan probablemente a Europa, o ¿a África?; nunca lo cuentan.

 

El mirlo del madrileño barrio de Quartel de Palacio venía a dormir todas las noches a la Huerta del Retiro. Se posaba sobre el brazo de un farolillo de hierro, colgado en lo alto de uno de los rincones más resguardados de la terraza. Antes de que amaneciera, se lanzaba de nuevo al aire, para posarse sobre la antena más alta del barrio, y anunciar el nuevo día antes del toque de maitines de las monjas, y del inexistente canto del gallo en pleno centro madrileño.*

 

Llegó a ser tan estrecha la relación de Faba con los mirlos en la Huerta de Retiro que incluso pretendió aprender su lenguaje de silbidos para con ellos mejor comunicarse. Aunque había que gastar mucho aire para mantener una conversación silbada con un mirlo. Porque a diferencia de los gorriones o las palomas, (que se mueven en bandada), los mirlos vuelan de uno en uno, como flautistas de Hamelines que dominan con su canto cualquier otro gorjeo de ave. Cuando el mirlo silba su melodía, hasta las nubes dejan de moverse, para que se escuche su música más nítidamente.

 

Que no hayan regresado aún los mirlos es grave en muchos sentidos, no sólo como prueba evidente de que el cambio climático se está consumando, sino porque cuando un mirlo canta inesperadamente, (en plena noche, o antes de que caiga la tarde), es una bendición que nos envía el cielo. Si el ladrido agresivo de un perro en la madrugada es una tarjeta de visita de la muerte, el canto suave y dulce de un mirlo es un recordatorio de que la  vida persiste.

 

Tras bosquejar estas líneas, Faba ha tenido ocasión de escuchar y sentir a los mirlos sobre su cabeza, en pleno parque del Retiro. Los mirlos han regresado a Madrid, pero no lo ha hecho el mirlo de Quartel de Palacio. ¿Será que se tienen repartido entre ellos, el cielo y los tejados de la Villa?

 

En cualquier caso, este suceso viene a confirmar la sospecha de Faba, de que el mirlo de su barrio era el mismo todos los años. ¿Habrá cambiado de domicilio, o habrá fallecido con tanto trajín y mudanza? ¿Cuántos años puede vivir un mirlo? ¿Hacia dónde se dirigen cuando emigran? ¿Dónde podemos buscar y recuperar su certero canto?

 

 

* (En la dilatada experiencia de Faba como militante del Madrid de los Austrias -donde ha vivido los últimos 30 años- no siempre estuvo ausente el canto del gallo en los amaneceres madrileños. En la terraza de la casa más alta de la calle Bailén, esquina a Don Pedro, vivió y cantó muchos años un gallo, que despertaba a Faba todas las mañanas, como si viviera en una granja perdida en las montañas. Pero eso ya es otra entrada.)