Sin preguntas

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Soñamos con viajes a través del universo; ¿el universo no está en nosotros? No conocemos las profundidades de nuestro espíritu. El camino misterioso va hacia el interior.

 

He hecho muchas preguntas en mi vida. Las más importantes se han quedado sin respuesta. Quizás, más bien, debería utilizar el futuro: sé que se quedarán sin respuesta. No porque no haya hecho el suficiente esfuerzo, no porque no haya ido demasiado lejos o buscado bien… No.

 

He leído cientos de libros. Sé que ninguno de ellos encontró la respuesta. No esa respuesta personal que se adapta a las circunstancias, al cansancio, a la cobardía, a la ceguera, a las necesidades del momento, tan moldeable y válida como un trozo de plastilina convertido al azar en un cubo o en un triángulo en manos de un niño torpe. La firmeza de sus pensamientos, la belleza de sus palabras inerte una vez plasmada, las dudas a veces arrojadas, las líneas harmoniosamente hiladas en forma de sucesivos libros solo demuestran que su respuesta no les satisfizo. La recepción hace más hambriento al receptor, el conocimiento más ambicioso al conocedor, el gran anhelo, sea lo que sea, solo incrementa la irresistible pasión por desvelar lo que oculta. El naufragio en el mar de la inmensidad no es dulce, no es dulce la consciencia de que la acción no puede modificar en nada la esencia de las cosas. Los dioses, como escribió Hofmannsthal, están sentados ahí arriba en su trono de oro, regocijándose con él que ahora está atrapado en la red, acosado por perros furiosos de la mañana a la noche…

 

En el preludio del silencio se levanta un muro absolutamente infranqueable. Un camino prohibido extendido con mansedad bajo un cielo que no se inmuta ante nuestro desgarro. No habrá excepciones, nunca las ha habido.

 

Hay un reino inalcanzado en el que las palabras no equivalen a la realidad, un desasosiego que no puede ser calmado, una extraña neblina que esconde las formas en la lejanía, una espuma de oleaje que se va, hay jardines secretos como los míos, como los de ella, donde jamás se permitirá entrar. Y aquí, a la vez, no hay ningún destino al que llegar, ningún objetivo que cumplir, nada que debiera ser logrado. De las respuestas que ocupan un infinito espacio vacío solo elegiría la de Novalis:

 

“Soñamos con viajes a través del universo; ¿el universo no está en nosotros? No conocemos las profundidades de nuestro espíritu. El camino misterioso va hacia el interior. Es en nosotros, y no en otra parte, donde se halla la eternidad de los mundos”.

 

No sé cuál es la respuesta, y descubro ahora que no sé tampoco cuál es la pregunta. Si hay pregunta. Todas las preguntas no han cesado de generar más preguntas, miles y miles de preguntas que me veo en la obligación de responder, permaneciendo en un estado de alerta, de vanidad, observando fascinada como unas respuestas intentan imponerse a las otras, en un círculo vicioso de actividad que no tiene fin. Ni respuesta. ¿Las preguntas son fruto del ego?, ¿Qué ha conseguido esa perpetua lucha de la mente en su intento de explicar el mundo, de hacerlo menos aterrador…?

 

Hoy no voy a dormir esperando a que amanezca. Las palabras son el espejo opaco de la profundidad de una noche en la que no veo ya ninguna pregunta. Y recuerdo como las primeras y tardías sensaciones de éxtasis, de bendición, de agradecimiento solo han surgido cuando he disfrutado, cuando he sentido que estaba en comunión con la vida, en su seno, cuando de lo insignificante y mudo manaba como fuente inagotable lo enigmático, cuando en algún lugar estallaba de repente la sinfonía de lo existente arrasando con violencia todo lo dicho, hablado, pensado, cuando simplemente he mirado a mí alrededor contemplando el mar, los árboles, esta noche limpia, mi propia piel, las luces de las casas en la montaña, mis dedos moviéndose… y he sentido que todo estaba bien así.