Sin tiempo

0
265

 

 

Sin tiempo.

 

Sin tiempo para leer un cuento a un hijo que nuestro tiempo dudo tener. Sin minutos para respirar con los ojos cerrados. Sin segundos para mirarnos más allá del espejo.

 

Un lucha interminable contra un concepto edificado, uno más. Apretando clavijas y huesos mientras cada mañana construimos muros que limitan nuestro camino.

 

Hemos olvidado que pasear no es correr, y que sólo corren los cobardes asustados por la imagen que quieren ofrecer de sí mismos. Idealizamos la prisa como idealizamos los momentos enlatados en el pasado.

 

El “tiempo es nuestro” decimos, pero elegimos mal como gastarlo. Como los pésimos arquitectos diseñamos puentes inservibles a ninguna parte. Navegando por las horas como seres permanentemente impermanentes, completamente incompletos, definidamente indefinidos y auténticamente inauténticos.

 

El tiempo es dinero, dicen los que sólo saben valorar lo que está monetizado. Otros, los locos, pensamos que es la obtención de dinero lo que limita nuestro tiempo. Esa espiral desgraciadamente necesaria que hace fruncir el ceño a extasiados transeúntes enojados sin motivo aparente. Frustrados defendiendo «su tiempo» de enemigos que no existen. Aparentemente ocupado es ser aparentemente exitoso. Pero como en las buenas historias, las apariencias engañan y el éxito es sólo la medida de la envidia aplicada. No hay sal que merezca una vida.

 

Reír deprisa, leer más rápido, condensar la sabiduría en absurdos libros de autoayuda con la esperanza de saberlo todo, sin apreciar nada. Con el deseo de ser más con mucho menos. También dicen que el tiempo lo cura todo, será por eso que enfermamos por él cuando nos sentimos solos.

 

Aristóteles decía que «nuestro carácter es resultado de nuestra conducta». Conductas frenéticas generan caracteres inestables, emociones esquizofrénicas desatadas en segundos por un acto irrelevante. No saber medir, no soportar un contratiempo en la utópica agenda provoca ridículos ataques de ira.

 

Que felices seríamos si el amor careciera de reloj. Que sonrisa sacaríamos a un niño si al regresar a su casa pudiera siempre compartir con alguien batallas imaginarias. Perderse en una ciudad, en otra persona o en uno mismo nunca fue cosa de un día.

 

Milan Kundera escribió que «cuando las cosas suceden con tal rapidez, nadie puede estar seguro de nada, de nada en absoluto, ni siquiera de sí mismo». La autoimpuesta actividad frenética supone una barrera para la reflexión. No hay pausa, funcionamos como pilas hasta agotarnos cada jornada. Pero aunque intentemos enterrar nuestros sentimientos bajo millones de excusas tarde o temprano estos brotan. La ignorancia sobre uno mismo pospone el enfrentamiento interno, pero si el golpe llega los sentimientos se desbocan sin que seamos capaces de identificar los motivos.

 

Y a veces, sólo pedimos un día más para hacer aquello que prometimos. Unas horas más con aquella persona que nuestra agenda rechazó. Cinco minutos más en la cama, cuatro segundos más para alargar ese abrazo que no dimos. Tres tardes más con ella.

 

Vivimos tiempos creados para una sociedad del ego inmersa en una permanente adolescencia emocional.

 

Y por eso corremos cuando no debemos, elegimos enfadarnos sin razones para ello, besamos sin amar y dejamos de soñar cuando suena el despertador. Por eso miramos nuestra muñeca mientras esperamos en una fila para comprar algo que no necesitamos. Por eso no sabemos valorar una plaza o nos aburrimos un domingo por la tarde. Por eso no hay tiempo para las caricias ni para escucharnos. Por eso miramos atrás cuando surge el silencio. Por eso no sabemos disfrutar de la lluvia ni observar los detalles que se deslizan entre nosotros. Por eso olvidamos que sobreviven los más aptos y no los más rápidos. Por eso hemos perdido el placer de esperar y no recordamos el de la conversación sin horarios. Por eso pagamos cruelmente por nuestra velocidad.

 

Quizá, únicamente tengamos que frenar un instante cada día. Quizá, en el fondo no deberíamos buscar dar un sentido a nuestra vida sino simplemente gozar de la experiencia de estar vivos. Como los árboles, simplemente estar allí y que el mundo suceda a nuestro alrededor.

 

@madcalderon

Luis Calderón. Periodista y diseñador gráfico en continua formación. Entusiasta de la cultura alemana, la literatura y los nuevos medios digitales. Especializándome en comunicación empresarial y medios sociales. Este blog es una mirada diferente al mundo del periodismo  Dímpel Soto Haciendo honor a su tierra de origen, esta gallega (Vigo, 1984) ha vivido en Galicia, Barcelona, Londres y Madrid. A veces por trabajo, a veces por supervivencia. Periodista de vocación, ha trabajado como redactora y productora de televisión (BTV, TVE, Goroka.TV), así como en prensa digital (UABDivulg@) y gabinetes de comunicación. A día de hoy reflexiona sobre su futuro en dimpelsoto.wordpress.com y se declara adicta al Community Management. Proponedle una entrevista y moverá el mundo... por conseguirla.