Sin título (a falta de uno mejor)

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Lo primero es la página en blanco. Tienes una idea y comienzas a escribir, que es la parte más dura. Dice Gay Talese que siempre le ha resultado difícil escribir. Yo no soy Gay Talese, pero a mí también me ocurre. Lo paso incluso mal y desconfío de aquellos que dicen pasárselo bien dándole a la tecla. No es nada fácil conseguir lo que Tim Radford propone: escribir “para impresionar a alguien agarrado a las asideras del metro, que viene a trabajar, y que, con suerte, se parará a leer durante una fracción de segundo”.

 

“Cuando te sientas a escribir –añade Radford–, solo hay una persona importante en la vida. Es alguien a quien nunca conocerás que se llama lector”. Ahí es donde quería llegar. La página en blanco se convierte en el post que cada martes sale publicado en este blog. Y esperas que alguien lo lea…

 

Pero hoy todos nos hemos convertido en protagonistas, todos tenemos algo que decir (y las herramientas para hacerlo). ¿Dónde queda el espectador? ¿Y el lector? ¿Hay alguien ahí?

 

Flickr: Congreso Periodismo Digital (2011)

 

Sí sé [se recomienda leer despacio y marcar los acentos: SÍ-SÉ] que alguien visita estas líneas. Porque, a pesar de todo, algún amigo me queda y hasta me dice que el post de turno le ha gustado. Es una forma de autodefensa, me temo, mantenerme contento para que yo le trate bien. Más allá de este lector complaciente, me es imposible saber quién más está al otro lado de la pantalla. Asumo que nada sabrás sobre mí. Desconecerás, entonces, mi afición por las entradillas, esas primeras palabras que saludan todo texto periodístico. Desconocerás, por supuesto, que para esta web escribí una especie de ensayo sobre ese primer contacto entre dos desconocidos. Y me apetecía recuperar algunas de mis queridas entradillas.

 

Empecemos por Edna Buchanan. Ella intenta que sus lectores escupan el café, se lleven las manos a la cabeza y exclamen: “¡Dios mío, Martha! ¿Has leído esto?”. Era el efecto que buscó cuando un día le tocó cubrir la historia de un ex convicto. Tantas ganas tenía este de comer pollo frito que se saltó la cola. Los yanquis, muy cuadriculados ellos, le dijeron que esperara su turno. Gary Robinson lo hizo, y quizá por eso –o no– solo quedaban nuggets cuando llegó al mostrador. Enfadado, golpeó a la mujer que le atendía y, entre la confusión, un guardia de seguridad lo mató de un disparo. “Gary Robinson murió hambriento”, escribió Buchanan.

 

Hay quien piensa que amargarte el desayuno a ti, lector, es un objetivo poco ambicioso. Me contaron que para Miguel Ángel Bastenier la entradilla es como el desembarco de Normandía: hay que tomar las playas. Toma la palabra Carlos Sentís:

 

“En el vasto mundo anglosajón hay una cosa que impresiona casi más que el final de la guerra en sí: el de los campos de concentración alemanes. Yo solo he visitado uno. El de Dachau, a las afueras de Múnich. Visitándolo pasé un rato horroroso. Ahora, sobre el limpio papel donde escribo, no lo paso mucho mejor. Dante no vio nada y por eso pudo escribir sus patéticas páginas del infierno. Yo sí he visto Dachau y quizá por eso no sepa escribirlo”.

 

Llegué a esa crónica por Plàcid Garcia-Planas, un nombre que a ti, lector habitual, te empezará a resultar conocido. Si es que eres un “lector habitual”, claro: si estás ahí manifiéstate. Plàcid trabaja para ‘La Vanguardia’ y es el mejor reportero de guerra de este país. Y estoy dispuesto a batirme en duelo con quien diga lo contrario. Piénsatelo bien antes de abrir la boca. Y empieza por esta crónica, por ejemplo. Arranca así:

 

“Un niño, el niño sonríe y el mundo da un vuelco… La palestina Arin Ahmed llevaba 30 kilos de explosivos y clavos en la mochila. La madre israelí llevaba a su hijo en el cochecito. Se cruzaron. El niño, en ese instante, podría no haber mirado a Arin. Podría no haberle sonreído. Pero la miró. Y le sonrió”.

 

Para Plàcid, las entradillas más efectivas son las cortas. El poder de la palabra, lo llama: una frase es suficiente para conseguir todo lo que te propongas. Ya sea escribir un cuento. ¿Para qué más?, dirá Steven Merezky, quien solo necesitó seis palabras: “He read his obituary with confusion” (Muy confundido, leyó su propio obituario).

 

Quiero pensar que Merezky no se refería a Lowell Limpus, un reportero del ‘New York Daily News’. En ese diario, y esta entradilla es de nueva incorporación, apareció en 1957 con su propia firma un texto que comenzaba así: “Este es el último de los 8.700 o más artículos que he escrito para que se publiquen en el ‘News’. Tiene que ser el último ya que fallecí ayer… Escribí esta, mi propia necrológica, porque sé sobre el tema más que cualquier otro y porque prefiero que sea sincera a que sea florida…”

 

* Si escribir es difícil, titular es tarea (casi) imposible. Esta vez no he conseguido dar con uno.