Sinhogarismo y desigualdad en Silicon Valley

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A la vista del terrible problema de sinhogarismo presente en San Francisco, investigamos las estadísticas al respecto y reflexionamos sobre los efectos sociales del desarrollo tecnológico. 

 

La bahía de San Francisco, la cuna de la nueva economía, de la más inteligente, el germen sobre el que fructificó la enésima revolución industrial, es también el escenario de una gran desigualdad social. No sólo porque las fortunas de los padres de internet ni de los herederos de quienes se enriquecieron con las minas, la agricultura o el ferrocarril sean estratosféricas como se observa en las lujosas casas de los barrios altos de la ciudad. También porque las formas de pobreza más severa están muy extendidas. Salta a la vista. Caminar por ciertas calles del corazón de San Francisco, especialmente por Market Street, los alrededores del Civic Center (el ayuntamiento de la ciudad), el área conocida como Tenderloin, es hacerlo entre la miseria más extrema del primer mundo. Cientos de sin techo, en grupo y sobre todo en soledad, sentados, tumbados o deambulando por las calles, muchos de ellos hablando solos, emitiendo sufrientes e ininteligibles peroratas sin destinatario concreto, sufrientes de grandes discapacidades psíquicas y también físicas, tienen que sentir que ya nadie los esquiva, ya nadie los teme, ya nadie los ve. Pero es que muchos de ellos tampoco parecen ver a nadie.

 

Quienes, procedentes de España, viven una temporada en Estados Unidos suelen destacar como gran virtud de los norteamericanos su apertura de mente, su respeto a todas las formas de vestir, vivir y pensar, que huyen de cualquier atisbo de control social propio y ajeno. La otra cara siniestra de esta moneda tan brillante y tentadora es la indiferencia, que desafortunadamente es mucho más contagiosa que el respeto al otro.

 

Lo que contamos no es sólo la sensación que le puede embargar al viajero más o menos sensible, más o menos consciente, más o menos observador. Está avalado por los datos. De acuerdo con una estadística de este mismo año, el número de sin techo en la ciudad de San Francisco asciende a los 6.686, a los que hay que sumar un colectivo de 853 jóvenes. En total, pues, 7.539 personas, un 7% más que en 2005. Ello, en una población de alrededor de 840.000 personas que habitan en San Francisco.

 

En Madrid, con una población de algo más de 3,1 millones de habitantes, se calcula que existen entre 2.000 y 3.000 sin techo, aunque en España no hay estadísticas tan bien hechas como en Estados Unidos.

 

Volvemos a San Francisco. De los más de 7.500 sin hogar, un 58% vive directamente en la calle, mientras que el otro 42%logra cobijo en refugios de emergencia, viviendas provisionales, habitaciones de estabilización, programas especiales, cárceles y hospitales.

 

La inmensa mayoría de las personas sin techo no tienen familia o han roto todos los vínculos con ella. Y la soledad es especialmente acuciante entre quienes están en la calle, dado que en los recursos sí es un poco más habitual encontrar familias.

 

La pobreza extrema tiene una ligazón con la raza: la negra está sobrerrepresentada entre los sin techo (si pesa un 7% en la población general de San Francisco, supone un 36% de los ‘homeless’). En cambio, los blancos sufren menos sinhogarismo (si suponen un 53% de la población de la ciudad, su tasa de participación en los sin techo es de un 39%). Y los asiáticos están muy infrarrepresentados (pesan un 36% en la población general y sólo son un 3% de los sin hogar).

 

Un 25% de todos los sinhogar parecen serlo de forma crónica, de acuerdo con las estadísticas. La mayoría de los sin hogar crónicos son varones (68%), casi la mitad son blancos y un 14% son veteranos de guerra. Un 62% de los sin techo crónicos alegan problemas con las drogas o el alcohol, pero un 55% afirma sufrir problemas psiquiátricos o emocionales.

 

Vemos, lo hemos dicho ya, sobre todo a personas solas durmiendo o vagando por las calles. Y, también lo hemos anunciado, en un determinado barrio. Las estadísticas vuelven a avalarlo: casi 4.200 personas, casi el 60% de todos los sin techo de San Francisco están en el distrito de la ciudad en que se encuentra el barrio de Tenderloin, que, por cierto, es el área con la más alta tasa de pobreza de la bahía (supera el 50%), lo que supone un gran contraste con la zona de tiendas de gran lujo a las que se llega en apenas cinco minutos caminando, en los alrededores de Union Square.

 

Lejos de ejercer violencia sobre los otros, los sin techo son víctimas de ella. En el informe que estamos siguiendo, se analiza, específicamente, el grado en que los jóvenes sin techo sufren violencia: el 43% de ellos declara haber sido asaltado o atacado físicamente en los doce meses anteriores al estudio.

 

Con casi una persona de cada cien viviendo en la calle, San Francisco sufre unos niveles de desigualdad social que difícilmente se encuentran en otros países desarrollados. Medida por el índice de Gini, está en 52,8 puntos (el español ronda los 35 puntos). Otro indicador: el 20% de los hogares con mayores ingresos cobra 27 veces más al año que el 20% de los hogares de menor renta. En otras palabras: si el 20% de la población con menores ingresos gana 11.943 dólares al año, el 20% que obtiene mayores rentas ingresa más de 320.000 dólares al año y el 5% más rico, casi 530.000 dólares, de media.

 

 

Progreso tecnológico y desigualdad

 

 

Después de describir lo que se ve cuando se pasea por San Francisco, después de haber revisado muy someramente las ricas estadísticas de que se disponen, cabe hacerse muchas preguntas. En primer lugar, ¿tiene algo que ver en los elevados niveles de desigualdad y pobreza extrema el hecho de que San Francisco se ubique en una de las zonas tecnológicamente más avanzadas del mundo?, ¿hay alguna relación causa-efecto? Hay algo que nos induce a pensar esto: desde 1989, la desigualdad ha crecido en la Bahía de San Francisco a un ritmo superior al que lo ha hecho en el conjunto de California y de todo Estados Unidos. El índice Gini de la Bahía de San Francisco ha subido de los 40,5 hasta los 48,7 puntos entre 1989 y 2013, es decir, un 20%. En el conjunto de California lo ha hecho desde los 42,9 hasta los 49 puntos (un 14%) y en EE.UU., desde los 43 hasta los 48,1 puntos (un 12%).

 

Pero hay otro dato que nos hace dudar de esa hipótesis: la desigualdad de ingresos en los condados que puramente corresponden a Silicon Valley es menor que en otros lugares de la Bahía de San Francisco debido a que incluso los trabajadores de menores ingresos reciben buenas compensaciones salariales o, al menos, mejores que los de su misma cualificación que trabajan en otros lugares.

 

En todo caso, de acuerdo con el informe sobre desigualdad que estamos siguiendo, la creciente diferencia social en San Francisco y alrededores obedece a la desaparición de hogares de ingresos medios. Mientras los hogares de altos y de bajos ingresos han estado creciendo en las últimas décadas, los de medianos ingresos han estado reduciéndose. Es un fenómeno, reconoce el estudio, que se está dando en todos los sitios, pero no de manera tan rápida como lo está haciendo en la Bahía de San Francisco. Ante el hecho de que Silicon Valley lleva décadas siendo vanguardia en el avance tecnológico, ¿se puede deducir que éste provoca, o al menos acelera, la desaparición de los hogares de clase media?, ¿no es cierto que los adelantos técnicos sustituyen, sobre todo, a las ocupaciones de clase media?, ¿es la polarización social un efecto secundario de la ultimísima revolución tecnológica?

 

Pero hay que tener en cuenta que polarización social, que es un hecho, puede explicarse más por el incremento de los ingresos del colectivo de mayores ingresos que por el deterioro de las rentas de quienes menos cobran. Quizás es una particularidad del crecimiento de la desigualdad en entornos dependientes de la más novísima economía. 

 

Siendo todo esto cierto, no hay que olvidar con qué empezábamos, con el sinhogarismo en San Francisco, lo que implica que las sociedades tecnológicas expulsan y excluyen personas, deja de contar con colectivos importantes. 

 

Por eso, otra pregunta que podríamos hacernos es qué políticas han de adoptar las autoridades para corregir los efectos sociales secundarios de los ‘Silicon Valleys’. Crear un entorno propicio para la innovación puede ser una buena idea, pero teniendo en mente las contraindicaciones y las consecuencias no deseadas. Políticas fiscales redistributivas, por un lado, tanto impositivas como en forma de rentas mínimas, además de laborales, creando alternativas públicas de empleo de las viejas clases medias, podrían ser ideas interesantes a desarrollar. De otra manera, podría correrse el riesgo de que la innovación y el progreso vayan a ir de la mano de un incremento de la desigualdad, la pobreza y la marginación.

 

Si quieren una visión algo más «integrada» del progreso tecnológico, pueden leer un interesante artículo, Vivimos en Silicon Valley, de Carlo Ratti, que se publicaba estos días en El País

 

 

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