Sipacate, entre la pesca y las hormonas guatemaltecas

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“Ando buscando
las formas ocultas
de una mantarraya
con neurosis ausente”
Caifanes

 

De nuevo en carretera, esta vez hacia el Puerto de San José. Es preferible tomar la ruta antigua, vía Masagua, aunque es diciembre, mes de zafra, cuando los camiones se multiplican. El vértigo de rebasar una rastra de caña y darse cuenta, a mitad del carril opuesto, que no es uno sino dos vagones cañeros, y que a mitad del trayecto viene, en la misma cinta, y a doscientos kilómetros por hora, otra mole. Ante tanta emoción, mejor tomar la autopista de Escuintla a Puerto Quetzal. Son cincuenta kilómetros en línea recta de un tan quebrado como un cañón en el desierto.

Llegada a San José. Apenas llegando, hay una pared donde beben y mean varios tipos, y se lee Club Cervecero, mucho más elegante que decir cantina, bar o chupadero. Mejor dejarlo apenas como: “Estoy en el C. C.”.

“El puerto”, como sitio de carga y descarga, de importaciones y exportaciones, es la palabra utilizada acá para referirse a la playa. Ya sea para ir a nadar, a beber, o a zamparse a un motel con una pareja clandestina, todo el mundo dice “voy al puerto”. Imagino a los niños chapoteando con sus flotadores en las muñecas, o sentados sobre llantas en medio de los buques gigantes que vienen de China, o a los amantes besándose y metiéndose mano en medio de los camiones que acomodan media docena de vehículos nuevos para transportarlos a la ciudad.

En sus primeros años como país, Guatemala no tenía acceso al Pacífico. El comercio marítimo se realizaba por Acajutla, en El Salvador. El primer puerto comercial fue Iztapa, llamado Puerto Independencia, entre 1814 y 1851. Un año después, por recomendación del experto don Manuel Beltranena, se habilita San José en la playa de El Zapote. El muelle se inauguró en 1868, y en 1880 la línea del tren hacia Escuintla, con ampliación hasta la capital en 1884.

El edificio de la aduana se construyó al mismo tiempo que el tren. Reconocido tanto por su belleza como por su relevancia comercial, fue destruido en 1935 por un incendio. Al año siguiente, el presidente Jorge Ubico manda a construir otro, cuyo primer nivel era de oficinas administrativas y el segundo para vivienda de los empleados.

El complejo funcionó hasta 1960, cuando cesaron las operaciones la Compañía Agrícola Guatemalteca, subsidiaria de la United Fruit Company. Tras décadas de abandono, ahora sirve de posada y baño a los vagabundos, así como nido de animales callejeros. Frente a los balcones del edificio original se ha instalado el mercado de mariscos, donde Iván vende la pesca del día junto a la cocina de Elena, su hermana.

El plan es almorzar acá. El comedor, fonda o cocina de Elena (decir restaurante sería muy pretencioso) es un monoambiente entre sofá, mesa, estufa y lavaplatos, con el techo al alcance del brazo estirado. De cada pared cuelgan estampas del Sagrado Corazón de Jesús, de la Virgen de Concepción, cabezas de toro y de caballo disecadas, así como cangrejos y peces empotrados en tablas. En el centro de cada muro hay un ventilador que hace circular el olor a pescado y papas fritas sin que refresque ni un grado.

Pido lo de siempre:  una libra de calamar y otra de camarón, ambas al ajo al estilo Eduardo, y un pargo de dos libras, sin tortillas ni ensalada acompañante, solo arroz blanco con salsa coreana, el toque mágico de la casa: picante pero no quemante, dulce pero no empalaga, hace sudar más que un sauna y le brinda vida a la comida. Agrego un pichel de agua con hielo.

Termino, pago y salgo. Recorro los puestos de pescado entre los rieles del ferrocarril y la estatua de la Virgen de Concepción, buscando un vicio adquirido hace poco, la mantarraya.  Mi primera reacción al verla fue la misma que he notado en todos a quienes la he recomendado: desconfianza ante una carne fofa y pálida. La insistencia del vendedor me convenció y no hubo marcha atrás. Es dócil al cuchillo, chiclosa al masticar y ligera en la barriga. Se deja cocinar de cualquier forma: frita, hervida, dorada, a la plancha al carbón o al limón en ceviche, es un banquete. Desde ese día, cuando voy al mar vuelvo con varias libras.

En la ciudad es muy difícil de encontrar. Solo llega por encargo y a un precio exagerado.  Hoy tampoco hay en San José. Podría haber mañana, dicen los muchachos, a 35 quetzales la libra (poco más de cuatro euros), mismo precio de la capital. Prometo volver mientras escapo de su insistencia para llevar cualquier cosa.

La ruta al Pacífico, como todas en el país, sin importar si es costa, cumbre o falda de volcán, está flanqueada de milpa, cosecha madre a nivel nacional. Quedan atrás Siquinalá, La Gomera y La Democracia, de camino a Sipacate.

Champas de lámina oxidada ocupadas por mujeres que ofrecen, en voz alta, jocotes, paternas y carambolas. Difícil distinguir si es una villa en construcción o en plena demolición. En cada túmulo, plaga en las carreteras del país que ralentiza el tráfico, tanto en extravíos como en rutas internacionales, hay puestos de carnitas, chicharrones y tepache, nombre mexicano que ha adoptado aquí el jugo del fermento de la cáscara de piña. Pancartas gigantes que promocionan los refrescos carbonatados a precios de risa: cinco litros por veinte quetzales. Abundan las ventas de papas fritas y pollo empanizado. Talleres y ventas de repuestos para  motocicleta y taxi tuc tuc; pacas de trajes de baño, ropas de mujer embarazada y combinaciones para niños recién nacidos, en ese orden natural que no ha podido interrumpirse con el paso de los años ni con ninguna campaña de planificación familiar.

Atravieso la zona de los ingenios, señalizada por materiales y equipo humano comparable al equipo que coordina el tráfico de un aeropuerto. Tráfico denso por los muchos camiones cargados de caña. Salgo y llego a mi parte favorita del camino.

La milpa y los platanares dan paso al pasillo de almendros. Tímidos al principio, van ganando altura y presencia con los kilómetros, hasta que sus copas dejan de crecer en vertical y se ladean buscando la otra orilla del asfalto, trenzándose para cerrar un túnel verde y natural, remanso de frescura entre los olores a melaza combinada con la sal marina.  El buen estado del asfalto y la brisa hacen ir más rápido, aunque el paisaje invita a bajar revoluciones y orillarse un rato debajo del túnel, viendo a las bicicletas rebasar por el costado y saludar a los peones que caminan con el azadón sobre los hombros.

El asfalto se cubre con la alfombra hecha con el bagazo que cae de los camiones. Olor a azúcar que se alterna con caña quemada, caña infinita que apenas deja libres retazos de tierra para que alguna milpa se cuele.

Adelante, más campos de plátano. Cada mata está cubierta con faldones de nylon grueso, casi todos azules, para protegerla de los pájaros que picotean los frutos. La única sombra para los peones es debajo del nylon, donde se tiran al mediodía sin refrescarse: sombra caliente y seca, luz solar potenciada por el nylon. No hay fuentes de agua cerca y la botella que traen de casa la han bebido temprano. Sin paredes, sin techo y sin guardias armados, y aun con todo el aire para respirar, las plantaciones de banano pueden convertirse en un calabozo a cielo abierto, en condiciones comparables al encierro bajo hierro y cemento. De acá surge la enfermedad renal mesoamericana, mejor conocida como nefropatía del cañero, causa más frecuente de enfermedad renal terminal después de la diabetes. No se ha terminado de definir el origen del trastorno, mezcla de altas temperatura, ambientes secos, la velocidad del viento y la radiación solar, que contribuyen al estrés térmico y mayor gasto metabólico. Más allá de destrozar la vida de los individuos, obligándolos a conectarse a una máquina de hemodiálisis cuatro horas diarias tres veces a la semana, se asocia a 30.000 muertes anuales en Centroamérica, la mayoría en varones menores de treinta años.

Me detengo frente a una reja que se abre para que entre un camión que parece de juguete entre la vastedad de los platanares, por un sendero sin fin. La reja se cierra y, antes de que las hojas se plieguen por completo, asoma un guardia con una escopeta. No dice nada, solo muestra su escopeta y la golpea contra la tierra.

Los muchos moteles anuncian que Sipacate está cerca. La calle principal mantiene los elementos de cualquier pueblo de tierra caliente, igual si es en Jutiapa, Petén o Chiquimula: mujeres en falda y hombres en short, todos en chancletas. Parece existir una prohibición para usar zapatos. Las motocicletas ocupan todo el ancho del asfalto, con tres, cuatro o incluso cinco personas a bordo, casi siempre con un niño de teta. Conducir acá es un desafío, por el exceso de mototaxis y de borrachos, elementos permanentes en el paisaje pero más abundantes en esta época del año.

Los bolos no se enteran de que faltan dos noches para el Año Nuevo. Tampoco saben del mes, de la hora o del último ganador de la alcaldía del pueblo. El verbo beber, potenciado por la furia, no da cabida al tiempo, al trabajo, a la familia ni al amor.

Siempre que uno bebe, ya se sabe, aparece el antojo de picar algo: chicharrones, carnitas, chorizos o una tortilla con cualquier cosa. Además de irritar la superficie del estómago, el trago produce un bajón de glucosa que explica el antojo. Los bolos, casi siempre miserables y rechazados por su familia, no tienen para comprar bocas: las pocas monedas que mendigan las invierten en otro trago y compiten con los perros hurgando entre la basura.  Un agente de policía se acerca y antes de llegar se detiene, suspira con lástima y los deja hacer.

Hago una pausa en el depósito para comprar cerveza y boquitas. La pared principal del local es de cristal. Por el lado afuera se ha dibujado una imagen de Santa Claus que, cual grabado rupestre, se derrite y chorrea una baba roja sobre la barba blanca salpicada de gotas verdes, imagen poco congruente con Papá Noel y más próxima a un Grinch alcoholizado.

No compro la marca del papá de los pollitos, famosa desde 1896 y supuesto orgullo nacional, muy amarga al gusto y pesada a la barriga; da para beber dos botellas (siempre mejor botella que lata, tanto por el gusto como por el cuello de la primera que permite tenerla en la mano sin calentarla) que no embolan pero sí dan resaca.

Mochila encima, tomo el ferry para llegar al hotel. El canal de Sipacate abunda en manglares que sirven de escondite a las aves que, a esta hora de la tarde, cantan con descaro entre faldones de arena seca, pequeños pantanos y chiriviscos enanos. Cinco quetzales por persona cobra el ferry; quince para pasar una moto y setenta y cinco por un carro. Detrás de mí suben dos tipos cuyas barrigas peludas resaltan entre el borde de la camisa y el cinturón, y amenazan con hundirnos por sobrecarga. Completamos el aforo con dos motos. El motor titubea, da dos puyones para arrancar y acelera.

Los tumbos en el agua llegan al manglar y alborotan las ramas, haciendo salir a varios pelícanos rosados que dibujan la escena romántica para mí y para los gordos (a bordo se toman de la mano, obligándome a imaginar la fricción de esas lonjas en la intimidad), y terminan posándose sobre la reja y la caseta, verde camuflajeado ambas, que resguardan la entrada a la base militar del canal.

Me registro en el hotel, dejo las cosas sobre la mesa plástica que equipa la habitación y duermo sin bañarme ni cepillarme los dientes.

Temprano, voy de nuevo por la mantarraya. Sería un halago llamar mercado al callejón donde se reúnen los vendedores: no existe un depósito común para la pesca que viene de las lanchas, no hay manejo de residuos, no hay recipientes de empaque, no hay cuartos fríos, y mucho menos un programa de comercialización del producto.

Doy vueltas y termino en el kiosco que luce mejor emplasticado. Sindy se llama la mujer a cargo, y sabe sacarle raja a la falta de condiciones. Domina la mayor parte del negocio porque solo ella tiene congeladores, además de un generador eléctrico, por los apagones.   Sorprende que una chica rubia de rasgos finos tenga agarrados de los coyoles a una jauría de pescadores viejos, tostados por el sol y armados de machetes y cuchillos. Risueña, de baja estatura, uñas cortas y opacas, sus yemas y sus palmas marcadas con mil cicatrices de cuchillo. En la cintura tiene un bolso lleno de billetes y, sobre la mesa, un cuaderno y dos teléfonos. Ninguno es inteligente: son dos frijolitos con teclado manual, sin pantalla touch, de los tiempos cuando los teléfonos aún servían para hablar. Aprovecho un momento en que no está al teléfono y le pregunto por el mejor pescado que pueda ofrecerme. Me ve de pies a cabeza, revisa que no haya mensajes pendientes de leer en los teléfonos y me lleva a un congelador horizontal sobre la banqueta, lo abre y adentro, cubierto de hielo picado y guacales pequeños con camarón y conchas en las esquinas, hay un pargo que ocupa todo el interior de la cámara. Afuera, colgando de un gancho metálico, veo otro pargo de tamaño similar. Sospecho que no podría cargar ninguno de los dos con un solo brazo.

Hay peces de todos tamaños, colores y dimensiones, todos perlados y brillantes. Hay mero, mojarra, espada, corvina, dorado, pargo, róbalo, sierra y bagre (tacazonte, le llaman algunos), además de las variedades de tiburón: blanco, azul, punta de zapato, zorro y cazón.   Pulpo, concha, camarón pequeño y mediano para caldo, y jumbo para ceviche. Jute, más pulpo, más concha y más camarón.  Hay pescado seco también, tirado encima del suelo para asolearlo y que termine de secarse.

Según la FAO [la Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación], a nivel global, cada persona come 17 kilos de pescado al año, lo que representa un 15% de la ingesta de proteínas. Guatemala está muy por debajo, con apenas dos kilos anuales por habitante. Sipacate produce un estimado de cincuenta kilos diarios, casi todo por la pesca artesanal, que podría ser mucho más productiva con un mínimo de organización gremial, pero no se ve por dónde.

Hay muchos factores que influyen en la calidad de la carne. El contenido de grasa, la pigmentación de cada especie, así como las reservas de proteína, hacen que tenga mucha o poca reserva energética, además de la temperatura del agua, la estación del año, y el proceso de desovar, que agota al animal, casi siempre cuando las aguas están más cálidas.  La carne pobre en nutrientes suele tener una consistencia de gelatina, además de muy poco sabor.

Una vez muerto el pez, los procesos de manipulación son clave, desde el tipo de captura y de arrastre, el desangrado, el tiempo y la temperatura de conservación.

Es difícil hablar, en este contexto, de la profesionalización de la pesca: es un oficio aprendido del padre, que lo adquirió del mismo modo, en principio con equipo y herramientas fabricadas a mano, mecanizándose de a poco hasta contar con hilos profesionales y lanchas con motor.

A pesar del empirismo histórico, resulta necesario perfeccionarlo, como única fuente de ingreso para muchas familias de la zona, donde el padre es el único proveedor de la familia.  En un buen día, la ganancia neta puede llegar a los cien quetzales. Existen también los casos de jóvenes nacidos en el pueblo, que migran a Escuintla, la ciudad más cercana, para estudiar la secundaria, incluso un bachillerato o un perito, y que al final de su carrera no consiguen empleo y terminan volviendo al pueblo para continuar con el oficio familiar. La alternativa es irse ilegal a Estados Unidos.

Depende también de la edad del pescador. Los mayores prefieren quedarse en la orilla buscando peces menores, dejando el tiburón y el dorado, mejor pagados, para cazadores dispuestos a correr el riesgo en alta mar.

La pesca artesanal resulta en pérdida. No importa el tiempo y el esfuerzo que dediquen a una presa, siempre estarán a merced del precio que quiera pagarle el vendedor, en este caso Sindy. Es lo mismo que un campesino sin tierra, sin posibilidades de crecer ni de adquirir herramientas. Debe regalarse como mano de obra barata para el dueño de los medios.

Hay trabajo, hay opciones y puede haber buena paga, siempre que pueda mantenerse lejos del enemigo que echa todo a perder. “Todos van detrás del guaro”, se queja Sindy, y más cuando hay buena marea o bastante turista, ya sabe que a los pocos días van a hacer falta hombres para toda la cadena del trabajo. Por eso, y aunque a ella no le gusta el ruido que hace, reconoce a la iglesia evangélica como la única manera de salvarlos.

Parece cansada. Insiste en los pargos grandes y el tiburón, cierra el congelador y agrega: “Tenga cuidado, canche, no siempre el pescado más grande es el más sabroso”, y me lo explica en modo muy simple. Para ganar peso, cualquier persona o animal necesita, aparte de alimentarse, que pase mucho tiempo. Entonces, el pez más grande tiene riesgo de estar duro por ser viejo. “Hay que escoger el punto medio entre tamaño y frescura”, dice. Cuelga un teléfono y suena el otro. Pasa así todo el día. Me aconseja que antes de comprar desprenda la carne con los dedos. Si el pescado es viejo o malnutrido, se zafa fácil, deshilándose; si exige mayor esfuerzo o no se desprende, es fresca y con mayor contenido proteico.

Pregunto si todos los tipos que están en la cuadra son pescadores y me dice que no, que la mitad son vagos que andan buscando comer y beber de regalado, y de los pescadores solo la mitad lo son de verdad; la otra mitad recogen bagazo en la orilla, para venderlo como carnada.

La riqueza marina siempre ha sorprendido al que llega a estas costas. El primero en manifestarlo fue el cura Fray Francisco Ximénez, en su Historia natural del Reino de Guatemala:  

“Si en la tierra y en el aire se ostenta tan magníficamente la Divina Omnipotencia entre tanta diversidad de criaturas, no es menos en el elemento del agua (…) con otros pescados y diferentes mariscos de los que hay en Europa”.

Igual, Jacobo Haefkens, cónsul de la corona holandesa en los primeros años de vida independiente, relata, apenas al comienzo de su Viaje a Guatemala y Centroamérica, publicado en 1827, su primer contacto con la pesca mesoamericana. Con el desdén propio de los enviados del Viejo Mundo en misiones a este lado, Haefkens se queja:

“La captura de un tiburón que en buena parte fue comido por los marineros (…). Probé un bocado suficiente para poder afirmar que la carne de este monstruo marino parece madera y no sabe a nada”.

Cada pez, grande o pequeño, es autónomo desde el comienzo. Apenas rompe el huevo y echa a nadar. No se tambalea como cualquier mamífero recién parido, ni como el humano que se arrastra y gatea durante meses antes de dar un paso. Incluso el pájaro, tan admirado desde siempre por su capacidad de volar, necesita tierra cuando es pichón. El pez es puro movimiento, desde que nace hasta que muere. Lo mismo en su dieta. No depende de mamá para alimentarse. La única excepción podría ser la ballena, tan animal como humana al lactar a la cría que ha alojado adentro durante meses, mientras ella rompe las olas para moverse como un solo cuerpo bajo el mar.

Ganas de llevarlos todos y ponerlos en la sala, como admiración a un reino pulcro y autónomo, o quizás lanzarme al mar y convertirme en uno de ellos, con el temor de un depredador gigante me engulla. Ellos, que han muerto en tierra firme por la falta de oxígeno, a manos del pescador, están todos aquí, sobre la superficie, con un ojo pelado y gigante que parece tragarlo todo hacia su interior: una cámara que conecta con el espíritu oculto y eterno del fondo del mar, y que ellos solo han sido enviados para constatar que vale más la pena dejarlos allí debajo, ocultos y a oscuras hasta el fin de los tiempos, en vez de traerlos a esta superficie luminosa y decadente.

Los congeladores sirven de mesa y encima hay tablas para picar junto con hachas, machetes, mazos y cuchillos de varios tamaños. El más vistoso es el descamador hechizo:  un mazo de madera con seis clavos ensartados en dos filas, igual que el seis del dominó, casi un cepillo diseñado por la Santa Inquisición, que permite arrancar las escamas del dorso del pescado hasta dejarlo limpio y turgente en las manos firmes del destazador que sabe despojarla de espinas, escamas, aletas y ligamentos.

En Moby Dick, Melville anota que el arponero carga con la fortuna de toda expedición ballenera, y que su brazo cargará con el éxito o el fracaso de su expedición; igual acá, hay que saber manejar red, cuchillo, machete y mazo con potencia para no dejarse arrancar al animal y con pericia arrancarle las escamas y sacarle las tripas del vientre con un giro de la muñeca: mano limpia y tajos secos sobre la tabla de madera, desgastada en forma de cuenco por los golpes repetidos día a día durante años.

La sangre sin coagular gotea sobre el suelo, mezclándose con el hielo deshecho hasta fundirse en una sanguaza que se esparce sobre el piso de cemento hasta el borde de la banqueta, donde los perros la beben mientras se espantan con la cola las mil moscas que rodean la poza.

Sindy tampoco tiene mantarraya. Se justifica diciendo que es muy poca la gente que la busca, y que no le rinde para tenerla todo el tiempo. Dice que si vuelvo mañana, tendrá la mejor mantarraya que he visto en la vida.

“Las ventas han sido un desastre”, continúa Sindy en un momento que dejan de sonar los teléfonos. La cancelación de las vacaciones de Semana Santa por la pandemia y la prohibición para visitar las playas fueron golpes muy duros, y ningún comercio ha podido recuperarse. De hecho, agradece a Dios poder mantenerse activa cuando muchos cerraron. Le pregunto cómo ve los próximos meses, y tiene poca esperanza de que en el año nuevo las cosas mejoren.

—¿Y qué pasa si un empleado se corta con el cuchillo? –pregunto.

—Es su mala suerte –limpia el problema Sindy.

El centro de Salud de Sipacate, con un área de impacto de treinta mil personas aproximadamente, trabaja de ocho de la mañana a cuatro de la tarde. Se enfoca principalmente en atención prenatal y vacunación de menores, y no tiene equipo para cirugía menor, y mucho menos para heridas cortocontudentes o por arma blanca. El alcalde y la asociación de pescadores que existió alguna vez intentaron ampliar la capacidad del centro de salud, pero no pudieron. En caso de complicaciones, los vecinos deben reunir dinero para pagar el combustible a los bomberos, o conseguir un pick up que pueda llevar al herido al hospital en Escuintla, a 90 kilómetros de Sipacate.

Termino de preguntar en locales restantes, y ninguno tiene mantarraya. Confío en que Sindy la consiga y pueda llevármela para cocinarla en casa. Anoto su teléfono, me despido y sigo caminando.

Busco mi comedor de siempre en La Empalizada y me sorprendo al saber que Doña Lucy sigue viva. En cambio su marido, fuerte y saludable la última vez que vine, murió de un infarto cardiaco: “Fue un solo sopapo −cuenta Doña Lucy−, gracias a Dios que no sufrió”.  Ella, diabética, medio ciega y con la espalda rota por varias hernias discales que tuercen su cuerpo de más de doscientas libras, sigue pelando papas con un cuchillo largo como un hacha, y friéndolas en aceite tan turbio como el de los camiones de caña. El mismo aceite sirve para freír pescado, pollo, papas y camarones.

Pido permiso para entrar a su cocina y escoger el pescado que voy a comer, un espada de dos libras, con papas fritas. Aprovecho el tiempo de cocimiento para ir a la tienda y comprar el acompañante obligado de cualquier plato típico, ya sea pepián, revolcado o un ceviche: un octavo de aguardiente Quetzalteca blanca.

Este trago tiene muy mala propaganda. El original que existe desde 19xx, y que ha alimentado a muchas generaciones, ha derivado en los últimos años a variantes de colores. La primera mezcla fue Rosa de Jamaica, un éxito de venta, sobre todo para mujeres, y en los últimos años ha derivado a otras tonalidades más chic: naranja, mora, tamarindo, horchata y atol de elote.

Yo sigo prefiriendo el original, preparado con agua mineral, sal y mucho limón. Vuelvo a la mesa con un octavo en cada bolsa del pantalón, me siento, preparo un trago y espero por la comida.

Apenas mirándolo, sin necesidad de tocarlo ni sumergirse, el mar es un agente quelante: absorbe cualquier carga pesada (metales, iones, toxinas, insultos, traiciones o cualquier otro miasma) y libera al organismo. Su rugido eterno no satura ni intoxica: limpia y regenera. Pienso en mi primer psicólogo. Una vez me confesó que cada poco iba con su terapeuta para liberarse de la energía que le dejaban encima los problemas de sus pacientes. ¿Quién libera al mar de la vibra que le insuflamos?

Es autosuficiente el mar. Genera vida en su interior, regula la muerte y procesa nuestros desechos sin que nos enteremos desde afuera. Tiene dos tiempos, como el corazón y los pulmones: inhala y exhala, bombea y recibe, da un tumbo adelante y otro atrás. Dicotomías de todo ser vivo, ninguno más vivo que él.

Termino de comer, pago y camino de vuelta al hotel. Encuentro una carreta de cocos. El vendedor es nicaragüense y casi chapín, no sabe cuántos años lleva aquí. Capaz de pelar al coco de cinco machetazos, indica que sus mejores clientes son los choferes de camión y las mujeres multíparas. Los primeros le piden uno para dejar caer adentro una sal Andrews y aliviar los dolores de espalda, producto de pasar tantas horas sentado frente al timón; y las segundas hacen un té con el pashte del coco para secarse la matriz y ya no quedar embarazadas. Aquí nadie usa anticonceptivos, eso es para las putas.

Es difícil escoger lo más destacado de cualquier pueblo. Alguien puede elegir el paisaje, otro la cocina, o las artesanías. Yo tampoco sé qué es lo mejor de Sipacate, pero no dudo en cuál ha sido lo más mediático, tanto en el país como afuera.

Miss Sipacate fue, quizás, la elección de belleza más célebre y la que acaparó los focos en lo peor del confinamiento en 2020. Todavía puede verse en YouTube la pregunta definitoria para elegir a la ganadora del concurso: “¿Cuáles son las razones del cambio climático?”.

Después de dar las buenas noches, y respirando nerviosa en el vestido elegantísimo que refuerza su imagen de reina, la candidata de vestido rojo explica cómo, la variabilidad climática se debe al descontrol de “las hormonas del sol”. Después de agradecer la respuesta, el moderador del evento mira al público, y tanto él como ellos, se quedan sin palabras.

Esto explica que muchos fenómenos locales, no solo del clima, sino que ayuda a entender que el sol, el mar y sobre todo la hormona rigen la marcha del país.