Sitiados por un ejército invisible

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“El silencio también se ve, como el suspiro.

Es amarillo, se desliza por los poros

 de la piel igual que niebla, sube por la ventana”

 Evelio Rosero, Los ejércitos

 

Pasaron casi cinco décadas entre la publicación del libro de García Márquez La mala hora –quizá la mejor novela escrita sobre la violencia en Colombia–  y Los ejércitos, relato del bogotano Evelio Rosero tan premiado y laureado por fuera como desconocido en casa. Pasaron también iguales años de guerra ininterrumpida. Tantos bandos, tantos muertos, tantas balas que sólo conducen al mismo agujero negro.

 

Creo que es un síntoma demasiado perverso que esa novela de Evelio Rosero vuelva con maestría y profunda actualidad sobre los mismos tópicos del Nobel en La mala hora: hay un pueblo andino, del sur del país, sometido por el miedo, acosado por un terror impreciso, sin certezas sobre el lado del que salen los tiros, sin seguridad sobre quién es el autor de las amenazas. En ese pueblo habita un personaje desencantado de la vida, esperando con resignación que su corazón se lo gane la violencia. Esta novela habla muy bien de Rosero como escritor, pero muy mal de nuestra sociedad que no logra superar, ni en su historia real, ni en su historia fabulada, esos temas terribles machacados hasta el cansancio.

 

Evelio Rosero juega hasta lo último con esa técnica de García Márquez de narrar los hechos de la guerra a través del drama de los sobrevivientes y no de la tragedia de los muertos. La ausencia de certezas sobre la confrontación la hace más terrible. El miedo que se apodera de los vivos, el aire enrarecido que se respira por las calles, el tedio de una espera que no termina, convierten el clima general en una situación insoportable: “Es extraordinario; parecemos sitiados por un ejército invisible y por eso mismo más eficaz”[1].

 

Como resulta imposible con medio siglo de desgracia encima no asumir una descripción de los hechos, Rosero cae en esa tentación y algunas de las páginas parecen la recapitulación de los noticieros durante los años 90, con imágenes que cualquiera podrá ubicar fácil dentro de su álbum personal del horror: pipetas bombas que estallan en iglesias llenas de gente, tomas guerrilleras, caravanas de desplazados, matanzas individuales y colectivas, secuestros, paramilitares que descuartizan, soldados que matan por sospecha, un militar que impone su autoridad arbitraria en el caserío, sicarios, desaparecidos, amenazados, extorsionados. Larga y conocida lista de atrocidades que comenzarán poco a poco a ganar posiciones en las páginas de la novela, mutando un relato que comienza con suspenso magistral en una colección detallada de horrores patrios.

 

Evelio Rosero es un escritor astuto, sin duda. Intenta abordar la historia sin que los acontecimientos lo dominen a él. Fracasa. Los sucesos toman curso, se desatan y, como sucede en todas las guerras, acaban por imponer su fuerza artillada, su propia dinámica de bestialidad. No es Evelio Rosero el que parte del conflicto para fabular su historia, sino al revés: la guerra consigue invadir su novela, la barbarie conquista su relato (quizá contra la voluntad misma del autor que también acaba siendo víctima) imponiendo el desastre como lógica macabra, el desgarramiento como única realidad posible.

 

El sabor final es amargo. ¿Podía Rosero ser ajeno a ello? Tal vez no, como ninguno de nosotros. ¿Se puede narrar la guerra sin acudir a la descripción directa de la barbarie? Esa pregunta la responde la misma novela, cuando asume que no vale la pena evitar la verdad: “¿Para qué mentir? El hombre que miente a la hora de morir no es un hombre”[2].

 

Al concluir, el personaje, un profesor jubilado que cojea justo de la pierna izquierda, se va quedando sólo en un pueblo sitiado y destruido por ejércitos enemigos que lo miran ambos con desconfianza. La soledad de ese profesor cuya única aspiración es morir de viejo mientras pasa el enfrentamiento, es igual a la soledad de nuestra literatura, muriéndose de vieja en un país de ruinas: una sobreviviente más entre los escombros.

 

[1] Los ejércitos, Evelio Rosero, Tusquets, Barcelona, 2010, pp. 124

[2] Los ejércitos, Evelio Rosero, Tusquets, Barcelona, 2010, pág. 54

 

Camilo Alzate. 26 años. Moreno. Colombiano por convicción. Nació y vive en Pereira, una ciudad dónde las únicas letras valiosas son las letras de cambio. Enamorado de las montañas. Escribe porque no sabe hacer otra cosa. En FronteraD ha publicado La escritura y el viento y Como los cóndores. En Twitter: @camilagroso

Autor: Camilo Alzate