Sms

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Acabó el partido del Madrid y Luis me llamó por teléfono. Comentamos que las cosas no parecían ir bien cuando de pronto, en la pantalla del ordenador, me saltó el chat de Facebook: era Luis. “Oye, ¿me estás entrando en…?”. “Sí, es por otra cosa”. Y me empezó a escribir allí sobre un problema que había tenido con su novia. Mientras tanto, al teléfono me decía que la solución pasaba por un extraño 4-5-1 con CR7 suelto. “Quizás”, le leí, “debería romper con ella”. “Dale tiempo”, le contesté. Me saltó una pestaña nueva con el correo de Gmail: “Oye, ¿sales hoy?”. Era Luis. “Quiero acabar de leer un libro”. Y le dije que Benzema podía partir desde la mediapunta a poco que dejase de comer napolitanas mientras en la pantalla le pedía que hablase con su novia. “Paso”. Una notificación en Facebook me alertó de que alguien me había hecho un comentario en una foto. Fui a mirar: “Mola Vilanova de Gaia!”. Era Luis. “Es del verano pasado”, respondí allí. “Me ha dejado de hacer caso; creo que le gusta otro”, me puso en el chat. No pasaron cinco segundos cuando me envió en Twitter un artículo de Monzó (“¿qué te parece?”) y en el correo privado de Facebook me preguntó si tenía Messenger. Yo iba achicando agua cada vez con más esfuerzo, siguiéndolo por todos los canales posibles (“me tienes saturado, amor”, le dije no sé dónde) hasta que me llegó un sms al móvil. No sé por qué le pedí disculpas para leerlo. Era él. “¿No me notas raro?”. “Pues no, lo que te noto es mucho”.