Sobre fabulación literaria

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Todo aquel que se dedica a la literatura, ya sea enseñándola en las aulas o sentado en el duro banco de la creación, no puede librarse fácilmente del desasosiego que le produce saber, o sospechar al menos, que su labor es un tanto frívola o inútil, si no algo peor. No hace falta acudir a Platón ni a los Padres de la Iglesia, y ni siquiera a Sartre, para sentirse así. La lengua española, tan rica en descalificaciones, es muy expresiva al respecto. Cuando alguien tiene mal aspecto se dice que anda “hecho un poema”. Al que abusa de la imaginación le tildamos de “novelero” y llamamos “cuentista” al mentiroso. Se acusa de “hacer teatro” al que simula algo y a quien se excede en la escenificación de sus pasiones le motejamos de “teatralero” o de “farsante”. La lista podría duplicarse o triplicarse si revolviéramos algo más en el baúl de la lengua, que suele ser buen reflejo de los prejuicios de la tribu.

 

El simulacro que representa toda obra de ficción ha sido desde siempre causa de recelo entre los moralistas y fuente de inquietud por parte de poetas y fabuladores. La coartada empleada por unos y por otros suele ser escudarse en la facultad profética o visionaria del poeta o enarbolar la ejemplaridad de la fábula, lo cual ha funcionado mal que bien a lo largo del tiempo, aunque no tanto como para que en muchas épocas el fabulador se haya visto en la necesidad de justificar o defender sus mentirosas invenciones.

 

Las justificaciones y defensas en torno a la invención literaria abundan y no es cuestión aquí, en esta clase, de ponerse a hablar de ello. Diré solo que antes del Romanticismo la fabulación debía seguir unos modelos sancionados por la tradición clásica y no incurrir en situaciones inverosímiles o absurdas. La representación de un mundo ficticio cuyo único propósito fuera divertir, sin presentar la consiguiente lección o moraleja, no se veía con buenos ojos. Lo cual no quiere decir que no se hiciera, claro está. El Decamerón de Boccaccio nunca dejó de leerse (y disfrutarse) y la poesía sensorial de Garcilaso o Góngora tuvo legión de admiradores e imitadores, pero hay que esperar a los escritores del siglo XIX para encontrarse con una literatura menos pendiente de monsergas y más cercana tanto a los pálpitos personales de cada uno como al bullicio de la sociedad. Ni Wordsworth ni Balzac son concebibles antes de 1789, del mismo modo que tampoco lo son las sinfonías de Beethoven.

 

Con todo, la novela en pleno siglo XIX seguirá estando en la misma encrucijada en la que se encontraba en tiempos de Cervantes. Cervantes resolvió el dilema mediante una parodia paradójica, es decir, un loco cuerdo que se presenta como personaje real siendo tan irreal -o tan fabuloso- como Amadís de Gaula. Pero el Quijote es todavía un libro de burlas, sin más pretensión que divertir al público, por más que, dentro de la línea de la festivitas erasmiana, las burlas se carguen de veras y viceversa. Los novelistas del XIX lo tienen más complicado, ya que no les está permitido valerse de parodias o humoradas, al menos en la novela seria, comprometida, en la novela realista que pretende actuar como espejo de su sociedad. Como en los libros de caballerías, el folletín decimonónico hilvana clichés, estereotipos y personajes de guardarropía sin mucha relación con la sociedad del momento, mientras que la novela supuestamente realista observa con atención su entorno y luego lo transmuta en ficción, sin dejarse llevar por el tópico ni el estereotipo literario. Claro que luego, a la hora de narrar, no es tan fácil cumplir con los buenos propósitos y cada dos por tres el novelista realista, o incluso el naturalista, se enreda en el folletín y sus argumentos pueden terminar siendo tan maniqueos y tan simplistas como los del peor novelón.

 

Galdós fue siempre muy consciente de este peligro, tanto o más que de la lección cervantina, y es quizá por ello que casi todas sus novelas están pobladas de personajes noveleros, de farsantes y de mentirosos compulsivos. Un poco como debía sentirse él mismo mientras escribía cada mañana sus cuatro o cinco pliegos. Me atrevería a ir algo más lejos. En Galdós la propia historia de España es una mala invención de los españoles, una fábula, un galimatías folletinesco sin orden ni concierto y sin pies ni cabeza. De ahí su pesimismo. Y de ahí, también, el humor esperpéntico, que irá en aumento a medida que aumente su propio pesimismo existencial. (Nota extraída de mis apuntes de clase)

 

Nacido y criado en Madrid, José Luis Madrigal ha pasado la mayor parte de su vida adulta en el mundo anglosajón. Vivió varios años en Londres y desde 1986 reside en Brooklyn, Nueva York. Es profesor titular en el Queensborough Community College y el Graduate Center de la Universidad de Nueva York (CUNY). Publica con cierta regularidad trabajos sobre atribución textual. En 2002, provocó algún revuelo al proponer que el Lazarillo lo había escrito un humanista toledano, Francisco Cervantes de Salazar, atribución que el mismo desecho años después tras darle muchas vueltas al asunto. Actualmente defiende otra candidatura más fundamentada, pero tras el traspié anterior prefiere no airearla demasiado. Algunos de sus trabajos están disponibles en la red. Digamos para terminar que le gusta leer, conversar con unos pocos amigos afines y contarle historias a su hija de siete años.