Sobre Kafka. Textos, discusiones, apuntes

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Max Brod carece de toda sensibilidad para el rigor pragmático exigible de una primera historia de vida de Franz Kafka. Adelanto del libro que incluye textos hasta ahora inéditos en español recién publicado por la editorial Eterna cadencia

 

Max Brod: Franz Kafka. Una biografía. Praga, 1937 (1938)

 

Este libro está caracterizado por la contradicción fundamental que impera entre la tesis del autor por un lado y su postura por el otro. Esta última se presta a desacreditar en cierto modo la primera, por no hablar de los reparos que por lo demás se plantean contra esta. La tesis es que Kafka se hallaba en el camino hacia la santidad (p. 65). Por su parte, la postura del biógrafo es la de la más perfecta bonhommie. La falta de distancia es su particularidad más destacada.

 

El hecho de que esta postura pudiera combinarse con esta concepción del objeto despoja de antemano al libro de su autoridad. Cómo lo hizo es ilustrado, por ejemplo, por la expresión (p. 127) con la que “nuestro Franz” es presentado al lector en una foto. La intimidad con el santo tiene su determinada signatura histórico-religiosa; a saber, el pietismo, la postura de Brod como biógrafo es la pietista de una intimidad ostentativa; en otras palabras la más carente de piedad que podamos imaginar.

 

A esta desprolijidad en la economía de la obra favorecen costumbres que acaso el autor haya adquirido en su actividad profesional. En todo caso, es apenas posible pasar por alto las huellas de descuidos periodísticos, que llegan hasta la formulación de su tesis: “La categoría de santidad… es en general la única correcta bajo la que puede considerarse la vida y la creación de Kafka”. (p. 65) ¿Es necesario señalar que la santidad es un orden reservado a la vida, al que bajo ninguna circunstancia pertenece la creación? ¿Y hace falta la indicación de que el predicado de la santidad por fuera de una condición religiosa establecida tradicionalmente es simplemente un floreo retórico?

 

Brod carece de toda sensibilidad para el rigor pragmático exigible de una primera historia de vida de Kafka. “De hoteles de lujo nada sabíamos y sin embargo éramos alegres y estábamos libres de preocupación”. (p. 128) Como consecuencia de una llamativa falta de tacto, de sentido para ciertos umbrales y distancias, se deslizan en este texto patrones del tipo del feuilleton, texto que por su objeto hubiera estado obligado a una cierta actitud reservada. Esto es menos la razón que la prueba de hasta qué punto toda intuición originaria de la vida de Kafka le fue denegada a Brod. Especialmente chocante es esta incapacidad de hacer justicia a la cosa misma allí donde Brod (p. 242) toca el tema de esa famosa disposición testamentaria en que Kafka le encarga destruir su legado. Si había algún lugar correcto para desplegar aspectos fundamentales de la existencia de Kafka, hubiera sido este. (Al parecer no estaba dispuesto a cargar ante la posteridad con la responsabilidad de una obra, de la que conocía la grandeza).

 

La cuestión ha sido discutida reiteradas veces desde la muerte de Kafka; era evidente detenerse aquí un momento. Pero esta pregunta hubiera conllevado a que el biógrafo hiciera una reflexión sobre sí mismo. Es muy probable que Kafka haya debido confiar su legado a aquel que no quisiera cumplirle la última voluntad. Y ni para el testador ni tampoco para su biógrafo resultaría deshonrosa semejante consideración de las cosas. Pero esta consideración exige la capacidad de medir las tensiones por las que estaba cruzada la vida de Kafka.

 

Prueba de que esta capacidad escapa a Brod son los pasajes en que emprende la tarea de elucidar la obra o el modo de escribir de Kafka. Se queda en planteos diletantes. La singularidad en la esencia y en la escritura de Kafka no es sin duda, como cree Brod, una “aparente” y tanto menos es posible abordar las representaciones de Kafka con la certeza de que no son “otra cosa que verdaderas” (p. 68). Este tipo de digresiones sobre la obra de Kafka son adecuadas para hacer problemática de antemano la interpretación de Brod de aquella visión de mundo. Cuando Brod declara sobre Kafka que éste, por ejemplo, se hallaba en la línea de Buber (p. 241), esto significa buscar la mariposa en esa red sobre la que ella arroja su sombra yendo y viniendo en su aleteo. La “interpretación en cierto modo judeo-realista” (p. 229) de El castillo oculta los rasgos repugnantes y crueles de los que está provisto el mundo superior en Kafka, en beneficio de una interpretación edificante que debería resultar sospechosa precisamente al sionista.

 

En ciertas ocasiones esta comodidad, que tan poco conveniente es a su objeto, se delata hasta ante un lector que no lo toma con tanta seriedad. A Brod quedó reservada la tarea de ilustrar la compleja problemática del símbolo y la alegoría, que le parece importante para la interpretación de Kafka, con el ejemplo del “firme soldadito de plomo” que representa un símbolo totalmente válido porque no solo “expresa mucho… de lo que corre hacia la infinitud”, sino que también se nos asemeja “con su destino personal y detallado como soldadito de plomo” (p. 237). Quisiera uno saber qué efecto produce el escudo de David a la luz de una teoría del símbolo semejante.

 

Una cierta sensibilidad respecto de la debilidad de su propia interpretación de Kafka vuelve a Brod susceptible ante las de los demás. No ofrece una impresión agradable el hecho de que Brod aparte con un simple ademán el interés no tan insensato de los surrealistas por Kafka, así como las interpretaciones, en parte significativas, de la prosa breve hechas por Werner Kraft. Y además se esfuerza por desvalorizar también la de las publicaciones futuras sobre Kafka. “Así se podría explicar y explicar (se lo seguirá haciendo), pero necesariamente sin fin”. (p. 69) El acento que yace sobre el paréntesis nos llega al oído. Y además: que las “muchas carencias y aflicciones privadas y accidentales de Kafka” aportan más a la comprensión de su obra que las “construcciones teológicas” (p. 213), no lo oímos de buen grado en todo caso de parte de aquel que tiene la firmeza suficiente como para efectuar su propia interpretación de Kafka bajo el concepto de santidad. El mismo gesto despreciativo vale para todo lo que a Brod, en su convivencia con Kafka, le resulta molesto: para el psicoanálisis tanto como para la teología dialéctica. Le permite confrontar el modo de escritura de Kafka contra la “ficticia exactitud” de Balzac (p. 69) (y al hacerlo no tiene otra cosa en mente que esas transparentes fanfarronerías que son imposibles de separar de la obra de Balzac y de su grandeza.)

 

Todo esto no proviene del sentido de Kafka. Demasiadas veces Brod no acierta con la serenidad, con el equilibrio que era propio de aquel. No hay persona, dice Joseph de Maistre, a quien no podamos cautivar con una opinión mesurada. El libro de Brod no resulta cautivante. Sobrepasa la mesura tanto en la forma en que rinde homenaje a Kafka como en la familiaridad con la que es tratado por él. Ambas cosas tienen probablemente su preludio en la novela para la que su amistad con Kafka sirvió como argumento. Haber sacado de allí algunas citas representa no la menor de las elecciones erradas de esta descripción de una vida. Que en esta novela –Zauberreich der Liebe [El reino mágico del amor]– algunos no cercanos hayan visto una vulneración de la piedad contra el fallecido sorprende al autor, tal como él reconoce. “Como todo se malinterpreta, también esto… No recordaron que Platón arrancó de la muerte, de un modo similar, aunque mucho más amplio, durante toda su vida a su maestro y amigo Sócrates como compañero vivo que sigue actuando, como que aquel vive, que piensa junto a él, al convertirlo en héroe de casi todos los diálogos que escribió tras la muerte de Sócrates”. (p. 82)

 

Hay pocas perspectivas de que el Kafka de Brod sea designado algún día entre las grandes biografías fundantes de escritores, en la línea del Hölderlin de Schwabe, el Büchner de Franzos, el Keller de Bächtold. Tanto más memorable es como testimonio de una amistad que no ha de pertenecer a los menores enigmas en la vida de Kafka.

 

 

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De la correspondencia con Werner Kraft

 

1. Benjamin a Kraft. Svendborg, [fines de julio (?) de 1934]

 

No le sorprenderá oír que –sin perjuicio de otra labor principal– sigo estando dedicado a Kafka. La motivación externa la ofrece la correspondencia con Scholem, quien ha empezado a discutir conmigo este trabajo. Sin embargo, estas meditaciones están aún demasiado en curso para posibilitar un juicio concluyente. De todas formas le interesará saber que Scholem ha plasmado su opinión sobre el asunto en una suerte de poema didáctico teológico, que sin dudas le transmitiré si nos volvemos a ver en París. De un modo –como podrá usted imaginarse– muy distinto he podido asesorarme sobre el mismo objeto con Brecht y también de esas conversaciones mi texto exhibe algunos frutos.

 

 

2. Benjamin a Kraft. Svendborg, 27/8/1934

 

Muy agradecido le estaría por algún comentario sobre mi Kafka dirigido a mí, como también por cualquier otra de las glosas lingüísticas que usted me había prometido.

 

 

3. Kraft a Benjamin. Jerusalén, 16/9/1934

 

He leído con atención su ensayo sobre Kafka, ahora ya tres veces, y quiero decirle al respecto lo siguiente: mi impresión general es de una gran calidad. Sin dudas, se trata de una tentativa de explicación cerrada en sí misma, que no será refutada a través de la prueba de que algunos puntos sean “falsos” o que deban ser mirados de otra forma. Sea cual sea la situación, mantener intacto el todo contra semejantes ataques debe ser su más noble tarea, casi quisiera decir que las ideas rectoras deben ser desarrolladas aún más claramente –el mundo-pantano, el gesto, el olvido, el jorobado– para que el lector sepa de inmediato qué debe esperar aquí y qué no. En este sentido, independientemente de mis objeciones, tengo ciertos reparos ante la forma del ensayo.[1] Es mística, casi esotérica. Precisamente Brecht, en cuya vecindad vive usted en este momento no solo por azar, debería mostrarle, en caso de que usted mismo no aspire a ella, algo que no niego de ninguna manera, la comprensibilidad bajo una nueva luz. Al menos a mí me parecería muy atrayente escribir una vez más el ensayo en forma de una sobria conferencia didáctica de todas aquellas ideas que esencialmente están contenidas allí y luego también omitiendo todas las alegorías como Potemkin, etcétera. Si usted no puede ni quiere hacerlo, eso también soy capaz de comprenderlo y no intentaré instarlo a aceptar mi propio ideal estilístico, un ideal que tampoco yo logro hacer realidad en absoluto. Sin embargo, no tengo ninguna duda de que para usted la obra de Kafka es idéntica a una capa superficial, por así decir, fenoménica, y que solo en la medida en que usted se rehúsa estrictamente a reconocer una capa de sentido más profunda, está en condiciones de mantener su propia posición.[2] Esto es lógico. Pero si buscara acercarme a su posición tanto como fuera posible, debería decir entonces que su posición también está contenida en la obra, pero solo puede hacérsela visible a través de un proceso de abstracción artificial, tal como con frecuencia esto ocurre, por ejemplo, en la fenomenología. En concreto, esto sería a mi parecer del siguiente modo: todo lo que usted dice sobre la gestualidad, el teatro, etcétera, es lo que menos tocaría. En su procedimiento se vuelve convincentemente claro. Pero cuando usted, ya en el primer capítulo, busca reforzar la relación entre funcionariado y paternidad en la suciedad[3] y para ello recurre al ejemplo del padre en La metamorfosis[4] y su sucio uniforme, etcétera, esto solo es correcto en lo fenoménico pero no en lo concreto, y si extraemos el “sentido” psicoanalítico de la interpretación, así lo muestra por ejemplo [Hellmuth] Kaiser de un modo muy convincente, entonces en proporción de la caída del hijo la suciedad del padre se transforma en limpieza. En términos generales, el problema del padre es el punto donde hasta usted debería ver que a su perspectiva le están puestos ciertos límites. Si bien me identifico con su concepción del padre en La condena y La metamorfosis (del mejor modo podría hacerlo quizá con aquella en Odradek) apenas pude creer que usted identificara el padre de Once hijos con el resto de los padres.[5] Pero continuar con este asunto resultaría demasiado largo. Sea como sea, mi impresión de que la historia de Potemkin está mal contada en términos de la fuerza probatoria, me ha quedado ratificada. Precisamente la autoridad de Potemkin surge a través de la firma falsa. Uno quisiera ver la firma auténtica de Potemkin y un comentario de que se debería echar a Schuwalkin debido a su impertinencia, o algo similar. Y además otra cosa. El pasaje donde usted polemiza con Rang, etcétera, no es del todo sostenible en la lógica.[6] Usted dice, pongamos, que la interpretación se refiere al tomo póstumo y que de este modo se exime de la necesidad de tratar las obras mismas. Pero este tomo póstumo está en el mismo grado de ilegitimidad que todas las novelas ilegítimas. Luego habla usted de las dos posibilidades de errar al sentido de Kafka y las denomina la “natural” y la “sobrenatural”. Esta última está clara, pero la primera la equipara usted inmediatamente con la psicoanalítica.[7] Esto se me aparece como imposible. Quisiera creer que aquí ha sucumbido usted al encanto antitético de estas palabras. (Añado además que la interpretación natural parece ser aquella, por lo menos para mí, que está más cercana a la verdad. En esto percibo por ejemplo la gran chance de Brecht, pues en su caso también lo “natural” y lo “sobrenatural” están ligados y a través de una “idea” preconcebida, ¡que por cierto no está dado a ningún mortal eliminar!). Lo que usted dice sobre el “fracaso” de Kafka en relación con la ausencia de una “doctrina” ambicionada, esto es el punto central del todo.[8] ¡Es cierto, se lo puede ver así! Pero casi quisiera decir que en este punto no y sí son idénticos. Quien con semejante empleo de esfuerzos espirituales no alcance “ninguna doctrina”, obtendrá precisamente lo que cualquier individuo aislado en general es capaz de alcanzar: la intuición de que hay “doctrina” y de que ella lo excede. Lo que dice usted en este contexto sobre El ayudante, la novela de [Robert] Walser, me ha fascinado y ha renovado mi interés por este hombre tan notable. Quisiera volver a leer su novela. La conexión entre Walser y Kafka, ¿la establece acaso Ludwig Hardt? La importancia que da usted al “animal” en Kafka me resulta problemática.[9] Para mí, sus historias de animales conforman en la mayoría de los casos solo un medio técnico de representar lo inabarcable de las relaciones empírico-metafísicas, por ejemplo en “Josefina” o en las investigaciones del perro. En ambos casos se representa un “pueblo”. En el “gran topo”, el animal ni siquiera aparece. Se trata aquí exclusivamente de relaciones humanas, éticas. Es diferente en La madriguera y en La metamorfosis, donde su interpretación es más sólida. Pero quizá aquí habría que definirlo más sutilmente. ¡Y algo más! ¡Su concepción de la mujer! Para usted ellas son las típicas representantes del mundo-pantano. Pero cada una de estas mujeres tiene una relación con el castillo, que usted ignora, y cuando por ejemplo Frieda le recrimina a K. que él no le pregunta nunca por su pasado, ella no se refiere al “pantano” sino a su (antigua) vida en común con Klamm. Esto nos conduce una vez más a la oposición central de posibles modos de explicación. No quisiera repetirme. Pero quisiera decirle una vez más cuánto me ha enriquecido su ensayo. Dado el estado de la cuestión, una clarificación absoluta de lo en sí oscuro es seguramente apenas esperable. Pero una tentativa –con un método meticuloso– ha sido hecha y deberá mostrar su fruto, sea cuando sea. Se dice que en el nuevo almanaque de Schocken hay diarios de Kafka. Además, según Scholem, Schoeps ha desembarcado. Esperemos no salir de lo malo para entrar en lo peor.

 

 

 

El libro Sobre Kafka. Textos, discusiones, apuntes, editado por Hermann Schweppenhäuser, con traducción, prólogo y notas de Mariana Dimópulos, y que incluye fragmentos inéditos en español, como estos que hoy adelantamos, acaba de ser publicado por la editorial Eterna cadencia. Entre los textos y artículos de Walter Benjamin sobre Franz Kafka hay uno extraido de la correspondencia con Gershom Scholem, Werner Kraft y Theodor W. Adorno, además de notas de su diario personal en las que hace referencia a sus conversaciones con Brecht.

 

 

 

Walter Benjamin fue un filósofo, crítico literario, crítico social, traductor, locutor de radio y ensayista alemán. Nacido en Berlín el 15 de julio de 1982, se suicidó en Portbou (en cuyo cementerio está enterrado) el 26 de septiembre de 1940 ante el temor de ser entregado a los nazis. Entre sus obras destacan la serie Iluminaciones, El concepto de crítica de arte en el Romanticismo alemán, Capitalismo como religión, El origen del drama barroco alemán, Calle de sentido único, La obra de arte en la época de su reproductibilidad técnica, Infancia en Berlín en 1900 y El libro de los Pasajes. 

 

 

 

 

 

 

 

Notas


 

[1]    Nota manuscrita de Benjamin: forma de presentación.

 

[2]    Nota manuscrita de Benjamin: capa más profunda.

 

[3]    Nota manuscrita de Benjamin: problema del padre.

 

[4]    Léase La condena.

 

[5]    Nota manuscrita de Benjamin: once hijos.

 

[6]    Nota manuscrita de Benjamin: aforismos.

 

[7]    Nota manuscrita de Benjamin: “natural” y “sobrenatural”.

 

[8]    Nota manuscrita de Benjamin: fracaso.

 

[9]   Nota manuscrita de Benjamin: animal y pueblo.

 

Autor: Walter Benjamin