Sobre la belleza

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Cuando se habla de la belleza de las matemáticas, o de la física (los físicos de hoy son los verdaderos poetas, dicen los que no leen a los poetas) o de la ciencia, por no hablar de la belleza del toreo, o del fútbol (compárese este deporte con un «ballet»), todo el mundo asiente complacido.

 

Escriba usted un artículo sobre la belleza de las cosas sencillas. Afirme que pocas cosas hay tan hermosas como ver al pasar el rostro de un niño, o tener en la mano un trozo de pan. Afirme que la belleza está en todas partes, diga que es posible encontrar la belleza hasta en la estación de Correos o en el andén del metro. Éxito asegurado.

 

Diga usted, como hace mi querido Ávaro Fierro en un comentario reciente, que la mayor belleza está en las matemáticas.

 

Pero si habla usted de la belleza en el arte, en la danza, en la novela, en la poesía, en el teatro, entonces todo el mundo se pondrá nervioso. ¿Por qué? ¿Por qué estamos dispuestos a admitir que hay belleza en todas partes menos en el arte? ¿Quién nos ha convencido de que para ser buenas personas, personas dignas de tal nombre, tenemos que afirmar siempre que nos conformamos con cosas pequeñas y modestas?

 

Resulta extraño decirlo, pero le tenemos mucho miedo a la belleza. Yo diría que no hay nada a que le tengamos más miedo.

 

Hay varias explicaciones para esto. Primero, tenemos miedo a ser cursis. Nos han enseñado a ser austeros, recogidos, cartujos. Eso de la belleza parece una cosa femenina, quizá incluso homosexual. Uf, quita, quita. El hombre y el oso…

 

Otra explicación es que si defendemos la belleza tememos que nos consideren de ultraderecha. Lo curioso es que esta prevención tiene una base sólida, porque muchas de las personas que se atreven a defender públicamente «la belleza» (o lo que ellos consideran la belleza) luego resultan ser conservadores o ultraconservadores.

 

La tercera explicación que se me ocurre es que la belleza tiene que ver con el placer y la felicidad, y en este desdichado mundo nuestro siempre queda bien renunciar públicamente a los dos, decir que el placer es «fácil» (cuando en realidad es lo más difícil que existe) y que la felicidad sólo es posible para los inconscientes o los imbéciles.

 

Cuánto daño nos han hecho. De qué modo nos han cortado las alas. Qué bien nos han amaestrado. Somos como pequeños canarios felices de su jaula. La belleza puede estar en un poco de alpiste, dicen los pobres canarios. Sí, pero hay otra belleza mucho más grande, libre y significativa: la de volar libre. Qué bien nos han convencido de que debemos siempre ser humildes en lo que deseamos y conformarnos con poquita cosa.

 

La belleza, es verdad, puede ser una cosa muy pequeña, muy sencilla. Pero también puede ser grande, majestuosa y complicada. Ninguna es moralmente mejor que la otra.

 

En el arte y la literatura indios, se entiende que el arte es lo que trata de la belleza. Lo explica muy bien Ananda Coomaraswamy en su libro La danza de Shiva. Yo también pienso lo mismo. Con todos los peros, consideraciones y «bellezas convulsas» que se quiera, el arte es lo que trata de la belleza, del mismo como que el automovilismo trata de los coches o la terapia trata de la curación.

 

La belleza del arte es un entrenamiento. Es un entrenamiento de nuestra percepción, y un ejercicio de recuerdo para ayudarnos a despertar en nuestro interior un particular músculo, el músculo de la belleza. Tiene que ver con el estado interior. La belleza es un sentimiento muy intenso que nos conmueve profundamente y que nos proporciona una profunda y memorable vivencia interior. Este tipo de vivencias interiores, que no sólo pueden proporcionarlas el arte, sino también, en ciertas ocasiones, la vida, son fundamentales para los seres humanos. Nos ponen en contacto con nosotros mismos y nos hacen sentir nuestra propia presencia. Nos recuerdan que estamos vivos, que estamos aquí. Nos ayudan a despertar. Sirven, además, para abrirnos el corazón. Porque nuestro corazón siempre está cerrado, aguantando orgullosamente toda la tempestad de miedo y de heridas, de lágrimas y de tristeza a la que jamás dejamos salir. Nos muestran posibles estados interiores de enorme intensidad, en los que la vida parece de pronto adquirir todo su sentido y en los que entendemos por qué estamos en este mundo, qué sentido tiene nuestra vida y la de los otros. Nos muestran, además, un vínculo entre nosotros y el mundo, entre mi cuerpo y la naturaleza. Nos muestran un vínculo con los otros, puesto que la experiencia del corazón es una experiencia de vínculo, de relación, de afinidad. Estas intensas vivencias interiores nos hacen sentir el dolor de los otros como propio, y nos despiertan a los problemas de los otros seres humanos, sean próximos o desconocidos. El «amor a la humanidad» como sentimiento absolutamente real y transformador es un estado traído por la experiencia de la belleza. Estas vivencias nos proporcionan además una sensación de maravilla, de magia, de algo imposible que se ha hecho posible, de descubrimiento, de asombro. Tienen, por último, un carácter terapéutico. Curan nuestra alma. Nos ponen en armonía con nosotros mismos, con nuestro destino, con los demás. Nos ayudan a comprender, a aceptar, a dejar que se vaya lo que tiene que irse, a renunciar a lo que no tenemos, a no aferrarnos, a perdonar. También son curativos físicamente. La experiencia de la belleza provoca lágrimas, acelera la respiración y el pulso, limpia y revitaliza el sistema. La belleza nos inspira, nos provoca, crea en nosotros un deseo insaciable de plenitud, de realidad, de realización. La belleza nos provoca la tristeza de una medida perdida que quizá alguna vez tuvimos o que quizá podríamos alcanzar.

 

Esto es, en realidad, lo que hace la belleza. Para esto «sirve», si es que podemos decirlo así.

 

¿Por qué cuando se habla de la belleza, o del corazón, todo el mundo se pone nervioso?

Madrid, 1961. Escritor. Estudió Filología Española en la Universidad Autónoma de Madrid y piano en el conservatorio. Fue pianista de jazz y profesor de español. Vivió en Nueva York durante unos cuantos años y en la actualidad reside en Madrid con su mujer y sus dos hijos. Es autor de las novelas La música del mundo, El mundo en la Era de Varick, La sombra del pajaro lira, El parque prohibido y Memorias de un hombre de madera y del libro de cuentos El perfume del cardamomo. Ganó el premio Bartolomé March por su labor como crítico literario. Ha sido además crítico de música clásica del diario ABC, en cuyo suplemento cultural escribe desde hace varios años su columna Comunicados de la tortuga celeste. Su ópera Dulcinea se estrenó en el Teatro Real en 2006. Acaba de terminar una novela titulada La lluvia de los inocentes.