Sobre la traición y los traidores

0
281

 

Nada puede resultar más despreciable que un traidor. Quien traiciona a sus amigos, a su gente o a su propio pueblo merece, creo yo, la ignominia eterna. Dante condenaba a los traidores al último círculo infernal, al lado de Satán. Allí estaban tres de los mayores traidores de la historia universal: Bruto, Casio y, cómo no, Judas Iscariote. El traidor es nuestro peor enemigo, pues solamente lo reconocemos cuando nos ha metido en lo hondo el cuchillo por la espalda.

 

Ahora bien, ¿por qué traiciona el traidor? ¿Por treinta monedas de plata o por motivos algo más altruistas?

 

Bruto mató a Julio César porque llegó a la conclusión de que su mentor se había convertido en un tirano que quería acabar con la República de Roma. De ser así, su participación en el magnicidio estaría justificada. En muchos traidores hay, según quien lo vea, un libertador. Vellido Dolfos fue un asesino alevoso para los castellanos y un héroe para los zamoranos. Claus Stauffenberg, el aristócrata alemán que intentó asesinar a Hitler, es, a todos los efectos, un mártir en Alemania. Alguien dejó escrito en su epitafio: “fui traidor y fui infiel: infiel a todo fanatismo y traidor a todo régimen totalitario”, lo cual muchos suscribirían, empezando por mí, aunque traición no es, ni puede ser, rebelión, disidencia o reniego, sino profunda deslealtad y ruptura con los vínculos más estrechos que uno tiene con sus amigos, su familia o su pueblo. El traidor es, ante todo, alguien que está dispuesto a venderse por treinta monedas de plata.

 

Lo cual nos lleva, de nuevo, a la figura de Judas, que a mí me ha fascinado desde niño cuando, en los días previos a mi primera comunión, la señorita Josefina nos contaba con dramática voz delante de varias diapositivas la conducta aviesa de ese apóstol traidor. ¿Quién puede olvidar la escena del plato compartido en la Última Cena y las palabras de Jesús diciendo a sus comensales que uno de los allí presentes lo traicionaría y que sería quien mojara a la vez que él el pan en el plato? ¿O el beso en el Huerto de Getsemaní, entre una penumbra de centuriones y olivos al fondo?

 

Un niño se hace pocas preguntas. Acepta lo que le cuentan tal cual, aunque los hechos que se le cuenten no tengan mucho sentido o resulten, a poco que se reflexione, bastante inverosímiles. Si Jesús sabía que Judas lo iba a traicionar, ¿por qué permitió que lo hiciera? Y si permitió la traición y no hizo nada para impedirla, ¿no estaba en el fondo aconchabado con el propio Judas? Ya Irineo, en su lista de herejías, citaba escandalizado un evangelio apócrifo en el cual, al parecer, Judas era el apóstol favorito de Jesús y su traición una sutil estrategia dentro del plan divino para librar a la humanidad de su pecado original. Es muy posible que basado en esta referencia Borges urdiera “Las tres versiones de Judas”, extraordinario relato en el cual un estudioso bíblico llega a la revolucionaria, paradójica y herética conclusión de que el verdadero Jesús no es otro que Judas: “Dios totalmente se hizo hombre hasta la infamia, hombre hasta la reprobación y el abismo. Para salvarnos, pudo elegir cualquiera de los destinos que traman la perpleja red de la historia; pudo ser Alejandro o Pitágoras o Rurik o Jesús; eligió un ínfimo destino: fue Judas”.

 

La mejor literatura suele ser profética. Hace treinta años se descubrió nada menos que “El Evangelio de Judas” por unos campesinos egipcios, y tras pasar de mano en mano en una historia que puede recordarnos a una novela de Dan Brown, el texto copto, con traducción al inglés, se publicó finalmente en 2006. Allí estaba todo tal como lo había contado Irineo y sospechado, de alguna manera, Borges. El traidor no era tal, sino el mejor aliado que tenía Jesús. Su sacrificio era extravagante, pero absolutamente necesario. Gracias a Judas, Jesús se unía a la divinidad y, con ello, abría también la puerta para aquellos que compartían su saber. Al final del diálogo, Jesús terminaba por decirle a su caro discípulo lo siguiente: «Tú serás el decimotercero, y serás maldito por generaciones, y vendrás para reinar sobre ellos».

 

Todo grupo humano necesita su chivo expiatorio y su traidor, su Guy Fawkes y su hombre del saco. Las fogatas que hacemos cada año para quemarlos en efigie puede que no sean sino el reconocimiento tácito de su redentor sacrificio.

Nacido y criado en Madrid, José Luis Madrigal ha pasado la mayor parte de su vida adulta en el mundo anglosajón. Vivió varios años en Londres y desde 1986 reside en Brooklyn, Nueva York. Es profesor titular en el Queensborough Community College y el Graduate Center de la Universidad de Nueva York (CUNY). Publica con cierta regularidad trabajos sobre atribución textual. En 2002, provocó algún revuelo al proponer que el Lazarillo lo había escrito un humanista toledano, Francisco Cervantes de Salazar, atribución que el mismo desecho años después tras darle muchas vueltas al asunto. Actualmente defiende otra candidatura más fundamentada, pero tras el traspié anterior prefiere no airearla demasiado. Algunos de sus trabajos están disponibles en la red. Digamos para terminar que le gusta leer, conversar con unos pocos amigos afines y contarle historias a su hija de siete años.