Sobre víctimas y delincuentes: la cultura del control

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¿Por qué la justicia es cada vez más dura con los delincuentes comunes? Durante la mayor parte del siglo XX, se buscaba la rehabilitación del criminal, porque también a él se le consideraba víctima de un sistema social injusto. Pero ahora la ideología dominante ha cambiado, ya no hay justificación para el delincuente y por eso cae sobre él todo el peso (cada vez más abrumador) de la ley. 

 

La cultura del control es un libro del sociólogo y criminólogo David Garland. Se completa con el subtítulo Crimen y orden social en la sociedad contemporánea. En él el autor desmenuza los cambios que se han producido en los últimos años en los modos en que el Estado hace justicia, previene y castiga el delito. Con ese ejercicio, nos ayuda a entender por qué ahora la justicia funciona como funciona. Por qué la justicia, paradójicamente, es hoy más dura que hace treinta años. Por qué ya no se puede hablar del “penal-welfare”, es decir, de un sistema penal coherente con el espíritu de la preocupación por la cuestión social que dio pie al nacimiento del Estado del Bienestar. Pero es que también el Estado del Bienestar está muerto. 

 

La justicia ya no busca la rehabilitación del delincuente porque la idea de justicia que ahora prevalece es la que sirve para expresar la ira y el resentimiento provocados por el delito. Es la ideología, dice Garland, del “condenar más y comprender menos”. Durante la mayor parte del siglo XX era tabú la expresión abierta de sentimientos vengativos, pero en los últimos años son recurrentes tanto en la legislación como en las decisiones penales.

 

 

La víctima, la principal protagonista 

 

Ello se debe a, al menos, dos razones. En primer lugar, al regreso de la víctima al centro de la escena. Antes, dice Garland, en el complejo penal guiado por el espíritu de la “cuestión social”, las víctimas individuales apenas aparecían en escena, dado que sus intereses se integraban en el interés general del público y no se contraponían a los del delincuente. Todo esto ha cambiado ahora: “Los intereses y los sentimientos de las víctimas se invocan ahora rutinariamente para apoyar medidas de segregación punitiva”. Y añade un ejemplo: “En Estados Unidos los políticos llaman a conferencias de prensa para anunciar leyes que establecen condenas obligatorias y son acompañados en el podio por los familiares de las víctimas del delito”.

 

“El nuevo imperativo político es que las víctimas deben ser protegidas, se deben escuchar sus voces, honrar su memoria” y, por eso, el respeto de los derechos o del bienestar del delincuente se considera atenta contra el respeto por las víctimas. “Se asume un juego político de suma cero, en el que lo que el delincuente gana lo pierde la víctima y estar de parte de las víctimas automáticamente significa ser duro con los delincuentes”. Es el diagnóstico de Garland.

 

Garland describe, no juzga ni califica el cambio. Pero merece una reflexión. Es cierto que las víctimas merecen que se haga justicia, pero su satisfacción no puede convertirse en la medida de todas las cosas, no puede ser la vara que determine si el castigo es justo o injusto, no puede ser la coartada que impida el cumplimiento del derecho a rehabilitarse del delincuente o los derechos humanos.

 

Pero la nueva “ideología” pro víctimas es tan efectiva porque ha calado que cualquiera, en cualquier momento, puede convertirse en una y de ahí el apoyo generalizado. El público demanda protección ante esta nueva sensación de inseguridad que nos invade. Además, queda muy mal criticar a las víctimas, decir que se dejan llevar por los más bajos instintos, lógico, por otra parte, después de sufrir un brutal trauma. Pero el Estado, las autoridades, no pueden bajar a ese nivel. Deben resistir las presiones. 

 

A la autoridad moral de las víctimas y a la empatía del resto de la sociedad atribuye Garland la “cierta laxitud respecto de las libertades civiles de los sospechosos y los derechos de los presos y el nuevo énfasis en la custodia y el control efectivo”. También la escasísima preocupación del público por el riesgo que representan las autoridades políticas sin control, su poder arbitrario y la violación de libertades civiles.

 

 

Menos expertos y más cárcel

 

La necesidad de contentar a las víctimas, que ocupan los primeros puestos en cuanto a autoridad moral, y la creciente conciencia del público de que el riesgo de convertirse en víctima es muy elevado ha provocado que éste sea un tema medular en la disputa electoral. Se arrebatan las competencias a expertos y profesionales de la materia y se convierte en materia politizada. “Las medidas de política pública se construyen de una manera que parece valorar, sobre todo, el beneficio político y la reacción de la opinión pública por encima del punto de vista de los expertos y las evidencias de las investigaciones”, explica Garland. “La voz dominante en la política criminal ya no es la del experto, sino la de la gente sufrida y mal atendida, especialmente la voz de la víctima y de los temerosos y ansiosos miembros del público”.

 

Pero el hecho de que sea un tema muy politizado no provoca que haya debate entre posturas opuestas. Al contrario: hay una peligrosa unanimidad en la dureza de las penas a aplicar a los culpables.

 

Por todo ello, aunque las tasas de delito están descendiendo, las de encarcelamiento continúan aumentando. Aquí están las estadísticas europeas hasta 2009 y corroboran esta opinión. Aunque en las de los últimos años, entre 2009 y 2012, hay de todo. Eso sí, en España, la población reclusa está reduciéndose en los ejercicios más recientes, aunque nuestro país sigue liderando el ránking en número de presos por cada 100.000 habitantes. 

 

Garland dice que si antes de los años setenta la cárcel era considerada una institución problemática y necesaria únicamente como último recurso que poco servía para cumplir con los objetivos que se le habían encomendado y los Gobiernos llegaron a invertir muchos esfuerzos en la tarea de crear alternativas al encarcelamiento, ahora se está caminando en la dirección opuesta.

 

Pero hagamos un inciso: esto no ocurre en todos los casos. Las víctimas de la violencia de género son de segunda, al igual que las de los grandes delitos económicos. También, las del bando vencido de la Guerra Civil. ¿Por qué? ¿Tendrá que ver con la ideología dominante?

 

A ella está vinculada la segunda razón por la cual la justicia es cada vez más dura con los delincuentes. ¿Cómo se les diagnostica?, ¿cómo se les califica?

 

 

La criminalidad como síntoma de la enfermedad social

 

Antes, “la criminalidad era visualizada como un problema de individuos o familias defectuosas o mal adaptadas, o bien como un síntoma de las necesidades insatisfechas, de la injusticia social y del choque inevitable de las normas culturales en una sociedad pluralista aún jerárquica”. Los delincuentes, de alguna manera, eran también víctimas y, por eso, más que castigo, necesitaban protección. Porque “los individuos se volvían delincuentes porque habían sido privados de una educación adecuada o de una socialización familiar o de oportunidades laborales o de un tratamiento adecuado de su disposición psicológica anormal”. De ahí que antes de los cambios de mentalidad en la justicia penal que, casualmente, coinciden con el ascenso en el poder de las ideas neoliberales de los Chicago Boys que cristalizaron con la llegada al poder de Ronald Reagan en Estados Unidos y de Margaret Thatcher en el Reino Unido, “la solución frente al delito radicaba en el tratamiento correccional individualizado, el apoyo y la supervisión de las familias y en medidas de reforma social que mejorasen el bienestar social, en particular la educación y la creación de empleo”.

 

Bajo esa praxis había una concepción optimista del ser humano. Podía cometer errores muy graves, pero era recuperable: el delito era un síntoma de socialización insuficiente, incluso de ciertas enfermedades sociales. Al ser éste el diagnóstico, era posible exigir ayuda al Estado para reparar quienes habían sufrido las carencias que les habían empujado al delito. No sólo las víctimas necesitaban rehabilitación, también los delincuentes. 

 

“Las teorías del control parten de una visión mucho más pesimista de la condición humana. Suponen que los individuos se ven fuertemente atraídos hacia conductas egoístas, antisociales y delictivas a menos que se vean inhibidos por controles sólidos y efectivos”, explica Garland. Por eso, si la antigua criminología exigía mayores esfuerzos en las partidas presupuestarias a la ayuda y el bienestar social, la nueva insiste en ajustar los controles y reforzar la disciplina.

 

Según las teorías dominantes actuales, el delito es un aspecto normal de la sociedad moderna cometido por individuos perfectamente normales y, por tanto, plenamente responsables de sus actos delictivos, sin que ninguna tara previa pueda servirles de atenuante, sin que se vea a través de ellos fallos, deficiencias o injusticias sociales que sea preciso atajar. Parece que no se quiere cuestionar el sistema socio-económico, sino sólo los comportamientos erráticos de los individuos, como si una cosa y la otra no tuvieran nada que ver. Pero, al mismo tiempo, la justicia ya no ve a una persona y a sus circunstancias para juzgar un delito. Ve el delito aislado. Y a la víctima. Sobre todo a esta última. Todo eso le da legitimidad para poner penas cada vez más duras, porque el legislador también se siente respaldado para hacerlo.

2 COMENTARIOS

  1. Corolario. El control es una
    Corolario. El control es una necesidad social de primer orden. Esto es un axioma en cualquier sistema económico del que hablemos; como se lleva a cabo es inseparable no sólo de la estructuras económicas, sino también culturales. Y, en este caso yo destacaría culturales. El correccionalismo del Welfarismo penal del que habla Garland empieza a tambalearse desde sus propias convicciones; hay una crítica (entre otras) que Garland define como tesis de la futilidad: ¡Nada funciona!. un sentimiento que se volvió común a finales de los setenta y durante los ochenta; esta tesis me parece particularmente importante porque encierra un cuestión nada despreciable; una cuestión que va mas allá del welfarismo penal del que estamos hablando: se trata de los deseos y propósitos de cambiar al ser humano; y lo que es peor ¿que tipo de ser humano?: ¿blanco y acomodado o negro y pobre?.
    El apoyo de los expertos en las ciencias sociales; la fe en los expertos en las teorías correccionalistas y en el tratamiento individualizado se da en un momento del periodo del Estado del Bienestar tanto en Estados Unidos como en Gran Bretaña, de tasas muy bajas de delito. Y sólo aquellos individuos que cometen actos delictivos graves son para considerar: patologías individuales, podemos definirlo así
    Ahora bien ¿cómo es posible que un sistema con toda una base Ideológica tan bien definida cae tan estrepitosamente?
    Hay dos cuestiones, que yo creo son determinantes: el paternalismo del que hace gala ese modelo y cuya crítica el mismo que surge del corazón mismo del correccionalismo y algo Garland menciona pero no analiza, desde mi punto de vista lo suficiente: La indiferencia de la base social hacia la que va dirigida el conocimiento experto y, lo que es aún peor el desprecio, en no pocas ocasiones del que hacen gala los destinatarios de sus reformas.
    Es muy importante todo lo que dices, Cristina respecto a que ya no se ve al individuo o las carencias sociales sino el delito. Yo creo que si se ve el individuo, pero se ve como un «instrumento» a utilizar; y ese «instrumento» si desde el welfarismo penal eran los pobres y negros, ahora es la víctima y sobre todo mujer. Tal vez la raíz mas profunda que existe en esta cuestión, es la incapacidad del ser humano para practicar la Igualdad; esta es la aspiración primera; la aspiración que siempre parte de aquellos que de alguna manera se ven sometidos; si ahora resulta más difícil criticar el victimismo, el centro de todo propósito: La Víctima; la ideología del victimismo que parece impera en el sistema de control social es, porque solo el hecho de cuestionarla te coloca en el lado de los malos. El simplismo que impera es tan potente como su propia simplicidad: el mundo se ha convertido en la lucha del bien sobre el mal. Era muy peligroso seguir avanzando en el control de las emociones; de ahí que la víctima no tuviera un papel
    central en el delito Y, esto eS fundamental, esto si que significaba progreso; ahora bien ignorarlas o Reprimirlas (la emociones) fue un error. Por qué en conocimiento de las emociones nos hace individuos y libres ¡que peligro!
    La tal vez la mayor de las reflexiones del libro de Garland parten de que no es un sistema económico lo que dice como debe ser y se ejerce el control en una sociedad, es más complejo o simple a la vez. El dilema de pobre y ricos; se ha convertido en algo mas simple y pernicioso; entre los buenos y los malos. Esto no ha sido un avance, sino un retroceso, ¿por qué?. Este es el reto. La víctima no tiene individualidad, se le priva de ella desde la ayuda; y este poderoso mecanismo solo lo controla el CONTROL. No es un juego de palabras es una triste realidad; la probreza ya no es lo sufientemente débil para controlarla. LaVícitma, si

    • Helena, muchas gracias por tu

      Helena, muchas gracias por tu interesantísimo comentario. 

      Y ésta es una gran casualidad, porque estaba empezando a escribir otro artículo inspirado en el libro de Garland. Precisamente, sobre las causas de la caída tan estrepitosa, como tú la defines, de ese conglomerado ideológico que pervivió desde finales de la segunda posguerra hasta los años setenta.  

      Espero tus comentarios y te mando un abrazo,

      Cristina

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