Sofia: una anciana que no habla, pero que observa

0
244

 

A veces me preguntan: ¿qué es lo que convierte a Sofía en una ciudad bonita? ¿Qué es lo que la define? Entonces, durante unos segundos, siempre me quedo absorto, por la cabeza rondan explicaciones que me cuesta verbalizar y casi nunca consigo concretar una respuesta clara y coherente. Y tal vez sea porque Sofía realmente no es una “ciudad bonita”.  No tiene el esplendor de las capitales europeas que más atraen la atención de los turistas ansiosos por sacar una instantánea y publicarla en sus redes sociales. Sofía es una mujer vieja y sufrida que nació en la cuna del tiempo, pero que nunca ha tenido edad y se morirá apenas después de que todo haya acabado.

Situada en el valle más grande de Bulgaria y rodeada de montañas, los primeros pobladores de esta zona se asentaron hace miles de años, quizá atraídos por el silencio de los bosques y las generosas aguas que dan vida y prometen salud, futuro y sentido. Con la marcha de los siglos se fue formando el corazón de la ciudad al lado de las aguas minerales calientes. Arte y agua son la fuente de Sofía.

Hace más de dos mil años los tracios vivieron aquí y nos dejaron su herencia misteriosa. En aquella época la ciudad se llamó Sérdica, dicen que por la tribu celta Serdi. Durante un corto período, allá por el siglo IV a.C., fue gobernada por Filipo II de Macedonia y su hijo Alejandro Magno. Les siguieron los romanos, que treinta años antes del nacimiento de Jesucristo conquistaron la ciudad. Uno de sus gobernantes, Galerio Maximiliano, tenía tanto amor por ella que solía decir: “Sérdica es mi Roma”.

Ya durante la Edad Media continuó siendo una ciudad importante y codiciada por unos y otros. En el 809, Khan Krum, el primero de una dinastía de gobernantes búlgaros, tomó la ciudad. Era descendiente de los protobúlgaros que vivían en la Gran Bulgaria, proclamada en el 681 tras derrotar a las tropas bizantinas en la batalla de Ongala – un lugar alrededor del delta del Danubio, en lo que hoy es el sureste de Ucrania y noreste de Rumanía –. A partir de entonces Asparukh – nuestro primer gobernante – se dirigió rápidamente hacia los Balcanes. Ese fue el origen del que hoy quizá sea el Estado más antiguo de la Unión Europea. Un origen al que apelamos con orgullo, muchas veces para negar que, independientemente de que fuéramos un Imperio o una Grande, desde el inicio de los tiempos, la diversidad de pueblos y culturas que han poblado nuestra tierra ha sido una constante.

Con la entrada del nuevo milenio, en el 1018, Sérdica pasó de nuevo a estar en manos del Imperio Bizantino. Después, en el año 1185, Pedro IV recuperó la independencia para Bulgaria, dando así inicio al Segundo Imperio Búlgaro, con capital en Veliko Tarnovo, a pie de la cordillera de los Balcanes. Apenas dos siglos más tarde, en 1396, el Imperio Otomano conquistó Bulgaria y durante cinco siglos dio forma a Sofía. Y digo Sofía porque dos décadas antes, durante el reinado del zar búlgaro Iván Shishman, empezó a utilizarse por primera vez en mapas y notas este nombre en homenaje a la famosa iglesia de Hagia Sofia.

El 4 de enero de 1878, las fuerzas rusas tomaron la ciudad y, a partir del 3 de abril de 1879 reemplazaba su antiguo nombre (“Sredets”) para convertirse en Sofía, capital del Principado autónomo de Bulgaria y, posteriormente, en 1908, Reino de Bulgaria.

Desde la liberación en 1878 hasta septiembre de 1944, en la ciudad se vivieron cinco guerras, una casi constante inestabilidad, actos de terrorismo y períodos de prohibición de la expresión política. Aun así, durante esos sesenta y seis años, consiguió conservar las energías y se desarrolló gracias a empresarios y comerciantes que traían a Sofía las novedades del mundo en cuanto a arquitectura, moda y cultura. Todo lo conseguido hasta el momento en aquella época de catástrofes y sufrimiento, pero también de libertad, se acabó con la entrada de una nueva realidad totalitaria comunista. Casi medio siglo después, lo mismo, pero, al contrario. En 1989 llegaron, supuestamente, la libertad y la democracia. Y es de ahí de donde proceden las raíces de mi generación. Una generación que parece tener todo lo necesario, pero a la que, aun así, la vida parece saberle a nada.

Como se puede deducir de este breve resumen, hay de todo en este lugar. Aquí, querida Sofía, te encontraron, te concibieron y te fundaron, en el silencio de los bosques y las generosas aguas que dan vida y prometían salud, futuro y sentido. Aquí, donde tus hijos no son capaces de descifrar ese sentido, donde cada generación parece tapar con un velo y colocar una roca encima de la anterior. Y así el mármol y las piedras, más antiguos que la palabra antigüedad, observan desde hace milenios los fracasos, las caídas, las superaciones, los sufrimientos y los destinos de nuestra capital y nuestro pueblo. Porque las piedras no hablan, pero no son ciegas.

Sofía, tan anciana como el tiempo, inmaculada en tu belleza clásica y en cuyo vientre albergas sabiduría, fe, esperanza y amor. Mucha gente me pregunta: “si la ciudad es tan genial, ¿por qué parecéis tan infelices y os quejáis tanto?” Pues porque todo ese espíritu, en vez de rodearme, tengo que imaginarlo; en vez de ser las raíces de nuestros horizontes existenciales, son hojarasca que se desprende y dispersa con la llegada del otoño. Y porque en el acto de cultivar cultura florece todo lo bello. La cultura da sabor a la vida. Por eso en Bulgaria la vida apenas tiene sabor, porque nos manejan gente inculta y grosera incapaz de discernir entre lo bonito y la verdadera belleza de una anciana que no habla, pero que observa.

El 22 de septiembre marca el fin del verano, pero también la independencia de Bulgaria. Un verano más que se escapa. Un verano marcado por la pandemia y, una vez más, por las protestas.

 

 

Georgi Sofyiski es un bohemio trotamundos entusiasmado con la Península Ibérica, su geografía, naturaleza, historia, cultura, comida y gente. Intenta, a veces sin éxito, capturar migajas de verdad y vida a través de palabras en distintos idiomas.

Joe Manzanov es periodista y fotógrafo independiente. Ha vivido casi seis años en Bulgaria. Le gusta viajar, la crónica periodística, la fotografía documental, la gastronomía y vivir en general.

Print Friendly, PDF & Email
Artículo anteriorAl fresco
Artículo siguienteSueño
Un diván en la luna, luná
Un diván en la luna, luná es un espacio común en el que una dramaturga búlgara, un poeta y traductor andaluz y un periodista nómada contemplan y recrean las contradictorias realidades de Bulgaria, dando voz a los acontecimientos sociales, culturales y literarios del país, buscando y estableciendo relaciones entre Bulgaria y el mundo hispano.

DEJA UNA RESPUESTA

Por favor, deja tu comentario!
Por favor, introduce tu nombre aquí