Sol recobra la normalidad, el 15-M sigue su rumbo hacia todavía no sabemos dónde…

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Después de casi un mes acampados, los ‘indignados’ se han marchado de la Puerta del Sol. ¿Todos? No: permanece una caseta de madera que pretende mantener la conexión entre Sol y el movimiento del 15-M. Y se han quedado también unas 50 personas que no han acatado la decisión de la asamblea general de Sol de dejar libre la plaza. Lo cierto es que, poco a poco, el centro de Madrid va recobrando la normalidad anterior al movido mes de mayo, pero permanecen las huellas de la indignación en plazas de toda España. Persiste la pregunta de hacia dónde se dirigirá el movimiento. Las asambleas persisten; para algunos, demasiadas, y demasiado lentas. Supongo que, como diría Marx, necesitaríamos jornadas laborales de ocho horas por semana para tener el tiempo de participar en tanta asamblea. La toma de decisiones es lenta y a ratos desespera, pero tampoco olvidemos que la falta de costumbre hace lo suyo y que proponer cosas nuevas nunca fue fácil. En España, la participación ciudadana, la de verdad, es algo vanguardista, casi diría revolucionario. ¿Que es muy posible que el 15-M no consiga mucho más? Pues puede ser. Pero habrá dejado una semilla indeleble en la memoria de muchos españoles que entendieron -entendimos- dos aspectos fundamentales: uno, que la exigencia de participación política es un norte irrenunciable; dos, que todavía tenemos sangre en las venas para salir a las calles a gritarle a los poderosos que exigimos que nos den lo que nos pertenece.

 

Tal vez soy demasiado optimista, ojalá no, pero creo que el 15-M puede ser una piedra angular sobre la que articular la resistencia social ante una realidad cada vez más urgente: la crisis financiera, paradójica e incomprensiblemente, está dando alas a la derecha en Europa, en lo político y en lo económico. No hay tiempo que perder, no hay excusas para mirar para otro lado. Tampoco perdamos de vista otros movimientos sociales muy interesantes, como ATTAC, que lleva años gritando verdades cada vez más escandalosas. Y luchemos juntos.

Nací en Extremadura, pero soy -también- madrileña. Periodista por vocación y convicción, llegué a América Latina en 2008, a esa ciudad caótica y fascinante que es São Paulo. Después de unos años entre samba y tango, me establecí en Buenos Aires, desde donde trabajo como 'freelance' y colaboro para medios como El Mundo y Le Monde Diplomatique. Aunque, cada vez más, apuesto por los proyectos independientes: la revista Números Rojos, la web Carro de Combate -dedicada al consumo responsable y la denuncia del trabajo esclavo- y, por supuesto, este Fronterad.   Afincada por fin en Buenos Aires, una ciudad que me cautivó desde mucho antes de visitarla, cuando se me mostraba desde las páginas de Julio Cortázar, sigo descubriendo este continente diverso y complejo, este continente con las venas abiertas que, sin embargo -o por eso mismo-, tiene tanto que enseñarle al mundo.