Sola frente al toro

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Frente a la muerte y la muy pendeja no permite compañía. Veo a mi familia y amigos tras un cristal. Solo percibo algún “te quiero”. Miradas húmedas, también la mía.  Debería quizá sentir más expectación por pasar al otro lado y entender el cierre. El pánico es que sea una bajada de telón sin más; ni siquiera una mínima clac al fondo que de sentido a nuestra vida y de la mano a nuestra muerte. Hay quien lo soluciona escribiendo con la esperanza de que alguien lo lea; algo más evidente y soberbio: las estatuas, edificios, fundaciones, en una larga lista de vanidad y miedo. Teniendo en cuenta que la gestación y nacimiento de cualquier criatura parece mágico por más que nos lo expliquen, ¿por qué no nos parece aceptable la muerte que cierra el ciclo natural de la vida? Porque nos enluta el cuerpo y el espíritu. Cierto es que el terror a la muerte genera multitud de ritos, como en México hasta la “fiesta” que recuerda a la vez a sus muertos y lo celebra tal vez con la intención de confundir a la temible. Porque deja ese vacío en nuestra vida que nos apena siempre.

 

¿Seré ceniza y ya está o iré a algunos de los cielos o paraísos de las diferentes religiones?

 

—Oiga, perdone, yo es que me he dejado las croquetas a medias. Para mis sobrinos que no perdonan. Y me queda tanto que pensar, como me sorprendió mi hijo adolescente Álvaro jugando a ti qué te gusta o qué no te gusta. Y yo creyendo que sabía hasta el orden en que los diría, soltó sin punto y coma

 

 

—el fútbol la play, pero a mí lo que me gusta es pensar.

 

Silencio. Pensé en preguntar, sobre qué, pero enseguida me callé, no fuera a decirme

 

—terminar con el problema demográfico de España…

 

No importa el tema. Todavía hay esperanza. Y cambié de asunto. Pero se mueve. Dos años después, y mucho más alto, resulta que sí, que piensa.

 

Uf, me queda también la clase de claqué y acompañar a mis amores, viajar, mojarme de lluvia hasta el infinito.

 

La puñetera muerte, el puñetero misterio. Sé que la religión consuela y mata si se manipula, pero hoy no hablemos de esa barbaridad. Consolar es muy necesario, porque entender todo el galimatías… Por más que la globalización nos engulla, siempre nos falta perspectiva desde arriba y sin cuchicheos. Además, están los nuevos profesionales de la confusión, a sueldo o por afición y el ruido, mucho, un estruendo infernal. ¿Irán allí mis cenizas? Vaya plan. Con lo que me gusta el silencio, la música y la primavera. Por ejemplo.

 

Podría parecer un texto de humor negro, pero es muy largo y no bromeo. Me da miedo morir. No quiero separarme de mis hijos y pido a Dios que los cuide. Sí, yo y todas mis dudas sobre el big-bang, hablo con Dios para pedir y dar las gracias. ¿Que no está al otro lado del hilo? Siempre queda el universo infinito y, como  tal, nunca se llenará de peticiones o gratitud.

 

Todos morimos y repetimos nuestro deseo de longevidad, por eso el eco casi siempre responde:

 

—yo, el último.

 

Me disculpo por escribir sobre mi muerte y el susto que reconozco. Hay muchas personas en este trance. Estas palabras son mías, pero también libres para quien encuentre en ellas consuelo o lo que sea. Y pienso en mañana y pasado mañana y unos días más. El próximo año está lejísimos. Y recuerdo a mi hijo Alberto, al que con cinco años tenía que llevar al médico en horario escolar. Me asomé al cristal de la puerta. La profesora les leía un cuento todos sentados en círculo. Golpeé suavemente el cristal y abrí justo para presenciar la despedida del niño. Abrazo y beso mientras explicaba lo que para él era el tiempo.

 

—no te preocupes, otro día me lo cuentas.

 

Horizonte infinito como el universo. Seré una estrella. Azul cobalto y luminosa.

 

Isabel, la del ático, mirando el cielo con su telescopio nuevo, regalo de todos sus amigos.

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Isabel Gutiérrez Cobos nació en México en 1960. A los 18 años se trasladó a España y estudió Geografía e Historia en la Universidad Complutense de Madrid. Trabajó en el sector de logística internacional, hasta que la enfermedad la obligó a retirarse a los 51 años de edad. Cómo se aprende a vivir sin pronunciar ‘perro’ y algo más fue escrito dentro del Taller de Periodismo Literario que imparte Doménico Chiappe.

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