Sole mio

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Imagino la salida a escena de Andrea Pirlo y Paolo Maldini enfundados únicamente en un diminuto slip como los que utiliza un colega marica cada vez que busca un poco de guerra. Azul metálico, por supuesto, como el de la selección italiana.

 

Como a la mayoría de actuaciones musicales que tiene lugar en este país me he dejado arrastrar por el sugerente título de Vibrazioni Mediterranee. Tampoco hay nada mejor que hacer un lunes por la tarde cuando no se tiene perro que pasear, televisor, ni hijos débiles a los que reírle las gracias para que no se conviertan en adolescentes cocainómanos traumatizados. Putin ya ha recuperado lo que era nuestro y los atentados suicidas libaneses ni siquiera inquietan a mi madre que me dice con cierto pitorreo cómo es posible que siempre mueran cuatro…

 

Vibrazioni… eso es lo que necesita mi maltrecho cuerpo después de tantas putas mañanas entumecido preguntándose, ¿y ahora por qué no hay tráfico? ¿habrán puesto otra bomba estos cabrones…?

 

Pero más bien debería admitir que lo mío ha sido un absoluto y vil autoengaño. Mientras espero la llegada de una amiga me deleito imaginando la salida a escena de Andrea Pirlo y Paolo Maldini enfundados únicamente en un diminuto slip como los que utiliza un colega marica cada vez que busca un poco de guerra. Azul metálico, por supuesto, como el de la selección italiana. No vibraríamos, reventaríamos de placer pero… La encargada del instituto italiano de cultura no nos ha traído, ni a mí ni al grupo de menopáusicas de Lombardía que copan la primera fila, a un fornido equipo de futbolistas. Los italianos, en cierta medida, siempre corren el riesgo de defraudarte. Te hacen creer que todos son atractivos, visten elegantemente y podrían conducirte deseosa a las puertas del infierno de Dante y, sin embargo, en el escenario ya asoma la barriga de un gordo marica que se tapa las carnes fofas con una camiseta larga. Es el batería, al que la música le ha hecho un tremendo favor sentándolo detrás de los platillos. Dante, viejo cabrón…

 

Del guitarrista qué comentar… tan feo como esos españoles que te encuentras cualquier viernes por la noche en un bar, enanos cósmicos, comportándose como si el universo fuera suyo. Ha domesticado con gomina cuatro pelos rebeldes, los pantalones le quedan grandes, su historia de una canción de amor que compuso para su perro y luego le dedicó a su mujer no consigue emocionar al público femenino que no le ve ni puta gracia al chiste… El bajista, en fin… Armani se pegaría un tiro…La camisa, dos tallas más pequeña, se le sube sobre el vientre redondo permitiendo la placentera visión de unos ensortijados pelos negros que se intuye deben de llegarle hasta la nuez. Que es calvo y acomplejado lo acentúa con un omnipresente sombrero negro que no se quita ni aunque estemos a 40º. Ejerce también de traductor, se esfuerza en hablar un macarrónico inglés porque nadie le ha dicho que aquí en Beirut los pijos se expresan en francés.

 

El cuarteto se completa con un carismático cantante que parece seguro de que se meterá a los fans en el bolsillo gritando sin la menor vergüenza “I love Lebanon”. El escaso sector masculino presente se revuelve en sus asientos, todos pensamos lo mismo: Cierra la boca cipote.

 

Cuenta el tipo que el tráfico en Beirut le ha parecido horrible, como si nos interesara su opinión sobre la mierda de ciudad en la que vivimos…, pero que esta mañana, cuando se ha levantado, ha visto enfrente de él el mar y saboreado un delicioso café. Venga ya… ¿Y este es italiano…? Que le retiren la nacionalidad por hereje. Decir que el café libanés está bueno… No tarda en hacer gala de los genes patrios afirmando que el Líbano está lleno de mujeres guapas como las operadas de mirada felina que ya hacen palmas con los bajos ante el ardor del macho italiano. Berlusconi repartiría en esta ciudad panna cotta a diestro y siniestro… Alguien debería desvelarle el secreto.

 

Pero cómo protestar cuando finalmente comienza a sonar ese maravilloso O sole mio y una se vislumbra comiendo kilos y kilos de gnocchis frente a la bahía de Nápoles, confiando inesperadamente en esa luz sorrentina que inspiró a Nietzsche, aguardando paciente a que el Vesubio vuelva a arder, a temblar, y con él el mundo entero.