Solo se puede tener fe en el desastre

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A diferencia de la tesis pigliana de las dos historias, siendo la secreta la que va emergiendo poco a poco hasta hacerse visible finalmente, aquí en Adiós, buen domingo (Esto no es Berlín, 2019), de Daniel Treviño, hay también dos historias que no es que se no se vayan entrecruzando y una deje paso a la otra, pero es que lo hacen furtivamente, a fuerza de bifurcarse, como si los textos estuviesen partidos en dos, como si huyesen en direcciones opuestas; como si la vida no pudiese ser más que desgarro, estropicio e inutilidad.

Un padre fetichista, con narcolepsia (y que confunde el sueño con la realidad), que se parte de risa en los entierros y que cree a pies juntillas en el deus ex machina, una madre que soluciona sus problemas tocando el piano (y yendo a clases de canto) y que tiene conexiones extrasensoriales con palomas, un hermano que somatiza tempestades y una hermana que más o menos pasaba por allí. Y, por sobre todo, el narrador plenipotenciario y mentiroso, un veinteañero que es quien da cuenta de todas las peripecias familiares.

Este es el núcleo y el contexto de este conjunto de ocho relatos con aliento de novela. Unos padres socialistas y católicos y demócratas y tres hijos que, en apariencia llevan una vida normal, pero que no dejan de sorprenderse por los milagros cotidianos que suceden en su casa: “casualidades mágicas y perversas del devenir”. O dicho de otro modo, este es la historia y el retrato de una familia aquejada de felices e imaginativas falacias aplicadas a la coyuntura de eventos dispares. O de cómo una familia le aplica un credo -y lo sigue a pies juntillas- al azar más disparatado.

Así, Adiós, buen domingo se constituye en tanto que historia estrambótica de manías y paradojas de una familia madrileña de extrarradio. Huelga decir que en el disparate se halla un enorme potencial para la risa y lee uno los textos con verdadera devoción y asombro, esperando por el siguiente, que siempre surge con un crescendo inesperado y feliz. Todos los miembros de la familia, en uno u otro punto, pasan fases de extrañeza, delirio y júbilo.

Se diría que el centro de gravedad de todos los textos en su conjunto y, por ende, de la novela, es siempre el padre, quien se toma las rutinas muy en serio (sean estas cuales sean). Un hombre sencillo, racionalista y un tanto obtuso a quien la realidad (caprichosa y carnavalesca) devora plenamente.

Y ahí está el hijo para contarlo, sin sorna pero sí con un poco de malicia. Y es justo ahí, en esa suerte de ternura cómplice, más compasiva que desconsolada (aunque sí, también un pelín cafre); en esa inutilidad entrañable de la familia (dis)funcional donde la escritura de Treviño alcanza su plenitud.

Puede que, como se dice en la solapa de su libro, donde se anuncia la biografía del escritor, estos relatos estén basados (o no) en hechos reales – y que eso nada importa-; y es verdad, porque da igual, ya que nos los creemos fervientemente y, por ende, para nosotros ya son reales; o posibles.

Una primera colección de relatos de una familia que es igual que esos domingos improductivos en los que parece que se haya instalado en una misma y sola hora la realidad: la del desconcierto enternecedor y entrañable de quienes, a fuerza de forzarse a ser normales, parecen puros extraterrestres.

Y es que, seguramente, todas nuestras infancias y adolescencias fueron así, insulsamente excepcionales, solo que quizá no sabemos o no queremos acordarnos. Ahí está, por fortuna para todos nosotros, la pluma de Treviño que nos vuelve conscientes de la atípica normalidad de una familia extraordinariamente común.

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