Solos en la pista

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Jugué a tenis durante algunos años. Iba a clase dos veces por semana después del colegio. Con el tiempo llegaron los campeonatos, pero en ese momento dejé de jugar. El tenis era un deporte muy exigente y había que ser muy perseverante. Entonces empecé con el fútbol; ahí la responsabilidad era siempre compartida. No había tantos momentos de soledad en los que uno sabía perfectamente que iba a perder una vez más. Y por paliza.

 

 

 

Jugué a tenis durante algunos años. Iba a clase dos veces por semana después del colegio. Con el tiempo llegaron los campeonatos, pero en ese momento dejé de jugar. El tenis era un deporte muy exigente y había que ser muy perseverante. Entonces empecé con el fútbol; ahí la responsabilidad era siempre compartida. No había tantos momentos de soledad en los que uno sabía perfectamente que iba a perder una vez más. Y por paliza.

 

Siempre fui fan de André Agassi. Pete Sampras me parecía más guapo –más caballeroso, que diría mi abuela– pero yo quería ser como Agassi. Me había comprado toda la equipación, tenía sus raquetas –aquella Head Agassi con la que pensaba que me iba a comer el mundo– y nunca iba de blanco a los partidos. De todas maneras, aquí tengo que hacer un pequeño inciso: mi etapa de deportista acabó pronto. En el momento en que descubrí las discotecas en horario de tarde, los Lois acampanados rojos y el vodka con kiwi, dejé el tenis y me olvidé por completo de Agassi. Así era yo de comprometida.

 

Cuando leí Open, su autobiografía, volví a esos años y me llevé una sorpresa al ver cuánto odiaba el tenis el que había sido durante tanto tiempo un icono para muchos. El libro relataba la soledad que entraña estar siempre solo al frente del partido, el esfuerzo que supone salir todos los días a la pista y enfrentarse, ya no a un contrincante sino a uno mismo, a los fantasmas que todos tenemos.

 

Escribir me hace pensar en el tenis. Estás solo. Hay una mesa, un ordenador, una libreta, con suerte tienes conexión a internet. Puede haber gente a tu alrededor o puedes estar solo en casa. Sin embargo, aunque haya gente, cada uno juega su propio partido.

 

Supongo que nunca llegué a ser tenista porque no era demasiado buena, pero también porque nunca fui especialmente perseverante. Woody Allen afirmaba que la clave del éxito era insistir. Perseverar es una manera de insistir todos los días; de insistirse a uno mismo y cuando se juega al tenis o se intenta escribir es importante acordarse justamente de eso: de que hay días malos, días a los que es imposible arrancarles una línea decente o un punto vencedor.

 

A veces me gustaría que escribir fuera más parecido a jugar a fútbol, a irte a correr con un amigo que te anima, aunque estés cansado, a seguir hasta la próxima esquina. Y así hasta la otra. Y la otra. Porque nunca se sabe cuando llega el punto que marca la diferencia o la frase que estábamos buscando.