Sombras como kilómetros

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No soy de hipérboles. Desde el 24 de julio he viajado tres veces en el Alvia que une Zamora y Santiago. En cada trayecto me he distraído machaconamente con recuerdos de aquella noche. 

 

 

A Pablo, miura. Felicidades

 

No soy de hipérboles. Desde el 24 de julio he viajado tres veces en el Alvia que une Zamora y Santiago. En cada trayecto me he distraído machaconamente con recuerdos de aquella noche. En la cafetería, el vagón que al amanecer presencié izar amasijado, el ruido de un cajón metálico me suena a Angrois. Para mí la tragedia es también un crujido: el de ese convoy posándose sobre la carretera. Veo cuatro monjas e intuyo el reportaje que habríamos escrito en ABC sobre ellas; la funda de un saxofón la imagino en el titular de una crónica; los pies descalzos, los acurrucados, la sonrisa de mi compañera de asiento, las instrucciones en caso de emergencia. ¿Y los espejos de los pasillos? Pienso en el golpe. Me acuerdo del aturdimiento de Guillermo cuando le entrevisté en la cuneta. Y de Cristóbal que, en su cama del hospital, se desahogaba con detalles. Un día quiero llamarle. De Orense a Santiago no dejo de mirar la pantalla que indica la velocidad. Kilómetros de más y de menos. ¿Las sombras van o vienen?

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