Son 77 las ventanas que me acompañan por las mañanas, pero sobre todo por la noche

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Son 77 las ventanas que me acompañan por las mañanas, pero sobre todo por la noche. Me explico. Por la mañana calculo la inclinación del sol en ese muro de ladrillo orientado al sur y observo el juego de persianas, cortinas y ventanas. A veces, las menos, se asoman unas manos y brazos que intuyo unidas a un cuerpo en la sombra, afanándose en limpiar los cristales o sacudir banderas disfrazadas de alfombrillas y manteles. Miro hacia ese, el lado de la luz, buscando cambios, movimientos y rutinas rotas, objetos reconocidos. Los busco para cerciorarme de que todo sigue igual, o no. Tal es mi interés por confirmar que los geranios, la lámpara de lágrimas de cristal, las cortinas acinturadas, el arbolito en la terraza y los colmillos de elefante siguen en su sitio, que me rindo a lo evidente. Ya forman parte de mi estancia.

Por la noche, el espectáculo de sombras y luces me hace envidiar la pericia de los pintores para apreciar las tonalidades de gris, blanco, azul, negro y amarillo que en un lienzo cobrarían más belleza, más vida. Y cuento las ventanas iluminadas que van desapareciendo con el sueño y la mirada intencionada o de soslayo al reloj, ya con planes y suspiros de quien cree saber lo que ocurrirá mañana.

Los paisajes que me faltan los recuerdo o los leo a través de ojos de amigos que escriben, autores conocidos o recomendados y hasta encontrados al azar de un título y una portada. Pero no consigo evitar la melancolía que me envuelve en este universo reducido. Me faltan el sol, la humedad y el viento sobre la piel. Añoro el mar y el campo, sobre todo en primavera. También me faltan los demás caminando con prisa o paseando, sobre zapatillas de colores o tacones presumidos. Mochilas, carteras, el pan y el periódico. Y, lo más divertido, el saludo breve por el que se reconocen los vecinos, el piropo de la mendiga sonriente que espera su premio, grupos de adolescentes de cuerpos desordenados con miradas que alternan el desafío y la expresión de cachorros grandes tentando a la suerte, la madre que tira del brazo de un hijo empeñado en prestar atención a la hilera de hormigas que van a alguna parte mientras pregunta ¿pican?, y tantas sorpresas que nos encuentran con solo tener curiosidad y salud.

Vuelvo la vista a las ventanas mantra y recuerdo mis últimos paseos en metro, los olores, los gestos, los pasillos, las escaleras espesas de tanto pisotón y, por fin, la salida a la luz elegida y, quizá, el café con leche, pero sobre todo sin prisas. Y se me cierran los ojos. Me abandono al ejercicio de ahondar mi huella en el colchón también sin agenda pendiente. La mañana termina deslizándose. Sigo.

 

 

 

 

Isabel Gutiérrez Cobos nació en México en 1960. A los 18 años se trasladó a España y estudió Geografía e Historia en la Universidad Complutense de Madrid. Trabajó en el sector de logística internacional, hasta que la enfermedad la obligó a retirarse a los 51 años de edad. Cómo se aprende a vivir sin pronunciar ‘perro’ y algo más fue escrito dentro del Taller de Periodismo Literario que imparte Doménico Chiappe. En FronteraD ha publicado también El día de la felicidad. RespirarLa memoria es un animal extraño, y más cuando la química del cerebro hace el espagatLo perdido, perdido. Luchando contra una esclerosis lateral amiotrófica y Los demás, los otros. La autora es paciente y voluntaria de FUNDELA.

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Autor: Isabel Gutiérrez Cobos

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Isabel Gutiérrez Cobos nació en México en 1960. A los 18 años se trasladó a España y estudió Geografía e Historia en la Universidad Complutense de Madrid. Trabajó en el sector de logística internacional, hasta que la enfermedad la obligó a retirarse a los 51 años de edad. Cómo se aprende a vivir sin pronunciar ‘perro’ y algo más fue escrito dentro del Taller de Periodismo Literario que imparte Doménico Chiappe.